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Germán Dehesa no escribía para el día siguiente; escribía para la memoria. Esta frase describe perfectamente el efecto que los libros de este talentoso columnista y periodista mexicano, autor de 25 libros, numerosos artículos y de diversos guiones para televisión dejan en sus lectores.
Nacido el 1 de julio 1944 en la CDMX, don Germán tuvo siempre la virtud de que, si bien comentaba la actualidad, el centro de sus textos eran las personas, sus contradicciones y el asombro cotidiano.
Germán Dehesa fue de esas voces que marcaron al periodismo mexicano de finales del siglo XX y principios del XXI. Descubrí su obra a principios de los 80s, encontrando particularmente interesante la forma en que logró convertir la vida cotidiana en literatura, sin perder el rigor crítico.
Siempre me pareció admirable su estilo. Poseía una voz inconfundible: bastaban dos o tres párrafos para saber que estabas leyendo a Dehesa. No dependía de frases grandilocuentes ni de un lenguaje rebuscado; construía cercanía. Parecía que un amigo muy culto se había sentado frente a ti con un café para conversar.
Fue un escritor profundamente generoso con el lector. Nunca escribía para demostrar cuánto sabía, escribía para compartir. Esa diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la experiencia de lectura: el lector nunca se sentía examinado; se sentía invitado.
Entre sus obras más emblemáticas están “La familia (y otras demoliciones)”, “Fallaste corazón” y “¿Cómo nos arreglamos? Prontuario de la corrupción en México”, donde concentra su agudo sentido del humor, su inigualable manejo de la crónica urbana y su implacable crítica a la realidad política y social del país. También son recomendables sus libros “No basta ser padre”, “Los PRIsidentes” y “Las nuevas aventuras de El Principito”. En todos ellos aparece la misma constante: una mirada crítica, pero profundamente amorosa hacia México.
Considero que una de sus máximas virtudes era que escribía desde la experiencia humana, cuando la mayoría de los columnistas construían sus textos desde la confrontación política. Podía comenzar una columna hablando de un desayuno con sus hijos y terminar denunciando la corrupción gubernamental. Esa mezcla parecía sencilla, pero requería un enorme dominio narrativo.
Su famosa columna «La Gaceta del Ángel», publicada durante casi dos décadas, era esperada diariamente por miles de lectores. En ella convivían la política, el humor, la literatura, el fútbol, la familia, el lenguaje popular y la filosofía cotidiana, escrito con una naturalidad que hacía pensar al lector: «Yo también he vivido eso, pero nunca hubiera sabido escribirlo así.»

Quizá mi principal afinidad con don Germán era la manera estupenda de utilizar el humor como herramienta crítica, demostrando que este no disminuye la profundidad. Sin utilizar ofensas, de manera inteligente se reía de sí mismo antes que de los demás. Cuando criticaba a los políticos, bastaba con describir sus contradicciones. Quizá por eso recordaba a otros grandes cronistas como Carlos Monsiváis, aunque, mientras Monsiváis era más erudito e irónico, Dehesa resultaba más cercano y conversacional.
El jurado que le otorgó el Premio Don Quijote de Periodismo destacó precisamente su capacidad para unir el Español culto con el habla popular mexicana. Eso convirtió su escritura en una referencia del buen uso del idioma sin caer en solemnidades.
Germán Dehesa pertenece a los grandes cronistas de México, como Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Ricardo Garibay. Al igual que ellos,
comprendió que una ciudad también puede narrarse a través de una conversación familiar, una fila en el banco o un partido de los Pumas.
Tristemente, en agosto de 2010 anunció públicamente con serenidad y con humor que padecía cáncer terminal. Admirablemente, continuó escribiendo hasta pocos días antes de fallecer, el 2 de septiembre de 2010. Nunca convirtió su enfermedad en un espectáculo; la asumió como un episodio más de la vida, del que también podía extraerse una reflexión.
Estaré eternamente agradecido a don Germán Dehesa porque nos enseñó que el periodismo no consiste únicamente en informar, sino sobre todo en acompañar al lector.
Extraño esa conversación íntima que Dehesa establecía cada mañana con miles de personas. Su manera tan divertida de conducir en la televisión reflejaba ese estilo con el que demostraba que un buen periodista podía ser crítico sin perder la calidez, culto sin resultar pedante, y divertido sin sacrificar la profundidad.
Confieso que es uno de esos autores a quienes vuelvo una y otra vez. No porque necesite recordar lo que escribió, sino porque cada relectura me confirma que los buenos escritores nunca terminan de decirnos todo.
RICARDO PAT





























