Estigmas impropios en una mente atemporal (V)

By on junio 7, 2019

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V

(Concluye)

Juan José Caamal Canul

Camino por estos extraños lugares, o debo decir “me siento un extraño al caminar por estos lugares”, o tal vez “estos lugares extraños que camino”, dado que mi último recuerdo es haberme acostado en mi recámara y he despertado en este pasaje.

Pero no puedo detenerme a pensar en mis acciones conscientes, sino en este instante que está guardado o reconstruyo en mi memoria. No puedo detenerme. Siento que me impulsa una fuerza, me arrastra esta dinámica de los acontecimientos.

En estos recuerdos, arrastro la vieja noticia matutina de un suicidio, “una adolescente” dice la nota, que compartía casa habitación. El hermano la descubre. La imagen del periódico la muestra con todo el morbo posible, como solo la muerte te desnuda y expone explícitamente.

Sexo y suicidio son las circunstancias de este mar del trópico que nos rodea y ahoga. Ningún dique moral los contiene.

En la acera de enfrente, un individuo arrastra una bolsa con basura, dejando tras de sí un rastro líquido y hediondo, ¿el contenido de la bolsa?, ¿es el líquido que rezuma?, ¿o es la persona?

Aquí la noche es más profunda y cerrada por las tinieblas de los árboles del zoológico de enfrente y de lo que fue el asilo donde se guardaba la locura.

De la puerta del edificio principal, reciclado en recinto escolar para el cultivo de las artes bellas, solo hay una estela de luz blanca que se escapa del recibidor. Una luz aún más solitaria que mi alma.

Los vehículos pasan distanciados unos de otros, con suma velocidad. En un sector del parque las luces hacen guiños, haciendo más profundo el misterio que rodea su aparente soledad. La luz que ilumina andadores se detiene centímetros antes de las copas de los árboles.

Levemente primero, y después con vigor, se escuchan los rugidos de varias bestias y el graznido de aves de rapiña que despiertan en sus cautivos vuelos nocturnos. Ambos ascienden y se pierden en lo más cerrado de la copa de los árboles y la oscuridad, noche de la cual penden las luces de las estrellas.

Escucho aullidos de personas. Gritos que emergen de las profundidades de los patios y quizá se fugan y filtran por alguna grieta en la realidad presente. Son gritos sobrenaturales. También escucho llantos. Llantos y cantos fúnebres. Antes, sobre estos terrenos hubo una capilla y un poblado. Desparecieron como por encanto siniestro. Alguna enfermedad. Muerte súbita para sus pobladores.

Otros gritos se superponen a estos gritos. Del pasado reciente. El asilo de enfermos mentales.

Acelero el paso.

Hay una isla de luz de paz en el parque.

Entre los matorrales descubro una pareja. No sé si de hombre y hombre, o mujer y mujer. Están unidos por algo más que abrazos y besos. Paso junto a ellos y soy como un fantasma. La pasión y el amor desaforado los envuelve. El que recibe al otro se sujeta con ambas manos en la corteza de una areca gigante. Un haz de luz los ilumina: lo que imaginé cuerpos son solo sombras que provienen, se me antoja, del pasado.

Acelero mi andar y entro en la playa de luz de la isla del parque. Pero yo también me desvanezco. Soy el girón de un mal sueño que vaga por estas y otras calles de la ciudad.

Tanto agobio y pesadumbre para unos cuanto pasos y retratos de distintos momentos. Ha de ser la basura que se amontona por todos lados.

Los buenos recuerdos con malos presagios; la inequidad social; miseria y despilfarro presente y antiguo; la mar y su podredumbre; el desvarío en la mente y las miradas de las personas; la nostalgia por el amor y las ausencias; la locura que anula vidas y los fantasmas insanos del pretérito que arrasan la cordura de los paseantes en una noche de pesadilla.

Ha de ser todo una inadecuada proporción y mezcla.

Ha de ser la enfermedad de la sociedad.

Ha de ser el estigma de todos los tiempos que se resumen en este.

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