Ensayos Profanos (XXXIV)

By on enero 3, 2019

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XXXIV

A LA SOMBRA DE SU CEIBA

Continuación…

Entre 1920 y 1930, sin que yo pueda precisar la fecha, se publicó la primera edición de “En medio del camino”, libro que reafirma los valores que habían ya apuntado en “Evocaciones”. En la segunda edición de 1930 –que es la que yo poseo– aparecen “La casa de Montejo”, “Las noches de Mérida”, “Manelich”, “El mal sembrador” y alguna gema más, aunque lo mejor de la obra poética de Mediz Bolio surgió entre 1930 y 1950 a la manera de un grano aquí, otro grano allá, y anda diseminada en múltiples publicaciones. Sólo en este momento el poeta alcanza la plenitud de su potencial creativo y rompe con el pesado lastre de los antecedentes y los ismos de moda. Yo fui legítimo dueño de una antología editada por Don Manuel Zapata Casares que contenía los poemas más acreditados del maestro. Desgraciadamente, vino un duende lector de esos que nadie ve, ni nadie siente, y me lo birló. Creo que para siempre. Atenido a mi gusto, sostengo que “Mater admirábilis”, correspondiente a la última época citada, es lo más propio, el más acabado y el más universal de los poemas de Mediz. Pero, por la fuerza de su contenido, no queda muy atrás el que tituló “Mi tierra es mía”. Estos dos botones bastarían por sí solos para cimentar la gloria de cualquier autor. No creo que haya mucha discrepancia al respecto.

Asoma en las preferencias temáticas del maestro algo que preocupa y escuece la mollera a los críticos sagaces. ¿Hispanista? ¿Mayófilo? Lo primero se invoca en todo denigrante, con la boca torcida. Es lo mismo que decir gachupín o realista o simpatizante con los que fueron nuestros acérrimos enemigos en un momento dado de la historia. Lo segundo suena mejor, pues va de acuerdo con los postulados de la revolución. ¿Qué tendrá que ver una u otra filiación en cuestiones meramente estéticas? Sin embargo, se niegan en encono, o se afirman con terquedad, y surge la polémica. No falta entonces el espíritu conciliador que salta a la palestra y trata de poner las cosas en orden. Desde el punto de vista teleológico, todo se justifica con la aceptación de supuesto mestizaje, de una mezcla de razas que imprimen a la par sus impulsos. Como, según la Biblia, la sangre es el alma y la carne, y como hasta donde puede colegir la razón el estro es el alma de la sangre, resulta que cogido entre dos fuegos el pensamiento del poeta va de aquí para allá, de una península a la otra. Lo mismo se pastorea por la depresión de Tarragona, que regresa al suelo nativo y se pierde en los desolados eriales del Mayab. Tonterías. De haber tal mestizaje sería únicamente espiritual o cultural. Y basta. Si la autoridad de Don José Ma. Valdez y Acosta no me desmiente, sostendré que Mediz Bolio fue un criollo de quinta cepa, con algo de catalán, y que en sus venas no circuló jamás un solo glóbulo rojo de origen maya. Sus únicos cruces posibles son los muy remotos de celtas y visigodos, y los menos acedos de moros y sefarditas. Ahora que si lo que se quiere dar a entender es que era yucateco hasta las cachas, o que tenía de tal el dejo y la traza, ese es otro cantar. En esta tierra que no se parece a ninguna, la cercanía de los cenotes, el girar de las veletas y sobre todo el vaivén de la hamaca, sólo necesitan tres generaciones para producir una cabeza redonda y un cuello corto. De la nariz no se dice nada. Y esto, sin el concurso de mestizaje alguno. Lo que desde luego no elimina ni niega las dos tendencias temáticas apuntadas por los observadores. Ambas son evidentes. Tanto, que llaman la atención del lector común desde la primera ojeada. Y si es cierto que lo de la hispanofilia podría ser criticable en rigor de patriotismo, digamos que fue enfermedad pasajera, una especie de fiebre eruptiva propia de la inmadurez. Su mayismo fue mucho más consistente y largo. Con muy mala intención se podría invocar una postura. Y no. el amor a la tierra natal prevalece en los textos con firmeza que nuca flaquea. Y no menos firme es la preocupación por esa raza triste caída en desgracia, que sueña a ratos con su pasado esplendor. Admiración por la grandeza que se perdió, y compasión por la misérrima condición actual. Así es. Claro que sus sentimientos no pasaron de la teoría, y jamás llegaron a la práctica. Como quien dice, letra pura. No importa. considérese que él era poeta, no gobernante ni ejecutivo.

Por el contrario, nuestros anales registran el paso de muchos defensores pragmáticos de los mayas, que rindieron protesta en favor suyo. Tantos, que a veces los prójimos aborígenes sentirán el deseo de exclamar la resobada frase de “no me defiendas, compadre”. En el mejor de los casos, es muy poco lo que tales adalides han conseguido. Ni modo. Su esfuerzo, jamás puesto en tela de juicio, se olvidará mucho más aprisa que este párrafo soberbio que tiene el aliento del huracán y la eficacia de un choque: que incorporar al indio a la civilización, repetimos, lo mismo que decían los conquistadores hace cuatro siglos. Y sea como sea, cabe preguntar: ¿A qué civilización pretendemos incorporar al indio? ¿A esta civilización de injusticias, de miedo, de ocio, de matanzas, de mentiras, de degradación del alma, de enfermedad del cuerpo, de despojo, de los bienes materiales, de desprecio a los bienes del espíritu, de locura y de denigración de la especie humana? Aterra pensar lo que al indio, inocente, dolorido y silencioso hermano nuestro, le podemos ir a ofrecer en su humilde obscuridad y en su pacífica miseria”.

Quien dude todavía del indigenismo –platónico, desde luego, o poético si se prefiere– del Lic. Mediz, debe leer y releer estas palabras una a una y, sólo después de analizarlas con cuidado, sacar una serena conclusión. Nadie que no fuera sincero consigo mismo podría escribir algo tan bello. Aunque la lengua sea avispada o atrevida, no se puede expresar con belleza lo que no se siente.

Si bien Antonio Mediz Bolio fue ante todo poeta, no escribió exclusivamente poesía. Escritor completo le llama Clemente López Trujillo, otra de nuestras cumbres literarias. Sin ser lo que se dice un polígrafo, dedicó muchas cuartillas al teatro, al ensayo, al artículo periodístico, y hasta se aventuró con tres o cuatro guiones cinematográficos. Parte de su obra está dispersa. A lo mejor perdida. Todos, o casi todos, sus dramas y juguetes escénicos se representaron en su tiempo aquí y en la capital de la república. Algunos quedaron impresos y circularon de este modo. Hoy se han vuelto incunables. Escritos en su mayoría durante el primer cuarto de siglo, tuvieron entonces buen éxito. Unos son cuadritos líricos saturados de frivolidad. Otros expresan las preocupaciones sociales del autor, valga decir, sus ideas revolucionarias. Pero el tiempo no los perdonó y van en vías de pasar al olvido. En cuanto a su prosa propiamente dicha, está contenida en su parte medular en cuatro libros que son: “Palabras al viento” (Mérida, 1916), “El libro del Chilam Balam de Chumayel” (traducción del maya, Costa Rica, 1930), “A la sombra de mi ceiba” (México, 1956) y “Ocho ensayos mayistas” (Mérida, 1970). Son los libros menos leídos o menos comentados del poeta. Cuando decimos vanidosa o sentenciosamente que hay, podría hablarse de una obra menor. Con todo, en muchas de sus páginas la forma literaria alcanza alturas insospechadas y tiene destellos de exquisitez. “Palabras al viento”, que lleva como subtítulo “Crónicas de Cuba”, es un librito amable, escrito durante el exilio en la capital antillana. Más que crónicas, yo hablaría de estampas. De escasa circulación, es en la actualidad verdadera rareza bibliográfica. Seguramente pocos yucatecos lo han leído, lo que es una lástima. No se espere mayor trascendencia en el asunto. Es tan solo la expresión de un alma atribulada que busca sosiego en la algarabía de una ciudad extraña. Todo llama su atención: la luminosidad de la bahía, la silueta del Morro y la Cabaña, los cañones que retumban con regular estruendo a hora fija, la música callejera, la belleza de las mujeres, el calor de la amistad. Temas fáciles que el lector devora con placer. Como si leyera a Gómez Carrillo. Su fuerza está en la calidad sintáctica. La prosa de juventud, fresca, rica en sustantivos, armoniosa y directa, alcanza en estos ensayos su mejor textura.

El libro del Chilam Balam de Chumayel” es una traducción del maya al español que ha levantado comentarios adversos. Según declaración del autor, lo que pretende en su trabajo es evitar que la narración resulte obscura y, al mismo tiempo, que conserve en lo posible el tono literal de la expresión maya, sutilísima, misteriosa, y en ocasiones abstracta. Cabe decir que, más que una interpretación científica, es una versión artística que deja a los que estudian estos dilemas escritos entenderlos y aclararlos. Hagamos lo propio ahora.

A la sombra de mi ceiba” apareció en 1956, un año antes de la muerte del poeta. Es una colección de pequeños ensayos publicada anteriormente en “El Nacional” y otros periódicos. No es con exactitud un cajón de sastre; aunque queda cerca de esto. Su contenido es vario: un tanto de historia vernácula, impresiones del diplomático viajero, testimonios políticos, recuerdos de juventud, y lo que no podía faltar: algo cerca de los que él llama indios. Ya hemos visto que en los últimos tiempos este tema se le metió muy adentro y contribuyó a cimentar su fama de indigenista.

Su libro póstumo, publicado en 1970 por el gobierno del estado, lleva por título “Ocho ensayos mayistas” y no añade mucho a la biblioteca conocida, ni conquista nuevos lauros. No sé si estos ensayos figuraron antes en alguna revista, y por lo menos dos de ellos se incluyen en su libro anterior, el de 1956. Los temas, sacados del Popol Vuh, el Chilam Balam de Chumayel y otros escritos antiguos, son interesantes y están tratados con la ingente solvencia del escritor de oficio. Aunque el espíritu poético de Mediz Bolio se filtra incontenible en toda su producción, incluyendo la prosa, es evidente que estos relatos surgidos en la alta madurez han perdido parte del dejo místico que hace un salmo de “La Tierra del Faisán y del Venado”. Tal parece que, con los años, la prosa se endurece un tanto. Es una evolución lógica.

La vida de Don Antonio no fue demasiado difícil; pero tampoco fue regalada. Que tuvo momentos de amargura, es innegable, pese a su constante aparente buen humor, a su alegría innata. En el artículo “Encargo a Enrique Uhtoff” concluye, luego de referirse a un grupo de amigos que lo precedieron en el viaje eterno: “No sé cuándo he de llegar a ocupar mi sitio allá arriba, hermanos míos. Pero espérenme, que tarde o temprano llegaré. Los días son cada vez más cortos. Entre tanto, Enrique, salúdamelos a todos y diles que llevo un chiste nuevo y tengo una vieja tristeza que contarles.” El artículo no está fechado. No obstante, se puede situar alrededor de la quinta década. Fue por ese tiempo que el maestro padeció penosa enfermedad, y es voz del pueblo que incluso se le llegó a considerar desahuciado. Aquí, en el clima amoroso de su tierra, y en las manos de uno de nuestros buenos médicos, recuperó la salud.

Sus últimos años los pasó en plena actividad, repartida su energía senil entre la política y la literatura. Bueno, quizás no escribió mucho, pero dijo mucho y enseñó mucho en sus veladas culturales de Ochil. Su muerte, ocurrida cuando un promisorio horizonte político abría sus galas ante él, fue inesperada y sorpresiva. A pesar de que cumplía 73 años, se le veía fuerte como un roble. Claro, esto nunca dice nada. Hay una ley biológica ineluctable según la cual la muerte es necesaria para que la vida siga. Y nadie se puede escapar.

¿En dónde está ahora? ¿Qué hace cuando nosotros los vivientes lo dejamos en paz? ¿Habrá visto a Enrique Uhtoff? Y si acaso lo vio, ¿en dónde? Es difícil cuestión.

Sin embargo, queda una probabilidad que trataré de imaginarme. Para dar a mi idea visos de hecho real, utilizaré algo del lenguaje místico que el poeta desgrana en sus leyendas: Estará en un vasto cielo maya en el que descansa a la sombra de una ceiba porque, según se afirma en las viejas crónicas del Petén: “los hombres buenos, cuando mueren, van a sentarse debajo de la ceiba grande, que está arriba del cielo alto. Allí tienen buen tiempo y alegría y lo mismo es para ellos un año que otro año.”

Pero eso nadie puede saberlo.

Mérida, octubre de 1984.

Carlos Urzáiz Jiménez

Continuará la próxima semana…

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