Ensayos Profanos (XXIX)

By on noviembre 29, 2018

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XXIX

EL MEDICO EN LAS ARTES

Continuación…

Bueno ¿pues en qué quedamos? ¿Existe esa literatura o no? Claro que existe y existe también la vocación literaria de algunos médicos. No de todos, por eso mismo de que “el don de la expresión, etc.” no se reparte por igual. Es sabido que hasta los tarugos tienen derecho a estudiar medicina. Y, como antes dije, no admito que se considere el estro artístico un producto de la clínica deformada, hijo del dolor o de la miseria, ya que la mayoría de los médicos no tenemos nada de miserables. El arte es condición innata que surge apresurada por los toques del ambiente. La medicina no hace literatos; los descubre.

Con una cita de Marañón comienza nuestro ilustre poeta Clemente López Trujillo su maravilloso ensayo “Yucatán, los médicos y la literatura”. Dice el genio español, por boca del escritor yucateco: “Yo desconfío de los médicos que no sientan la necesidad de dejar consignada para enseñanza de los otros la maravilla viva que es para todo profesional la observación de sus enfermos.” A lo que el poeta añade por cuenta propia: “De sus compañeros y amigos también, aunque no sean sus pacientes. Cada quien con sus síntomas psicosomáticos y su manera de ser real e idealmente un enfermo.”

Martí Ibáñez refuerza la idea de la dualidad profesional: “La clase médica ha dado más escritores que ninguna otra profesión, más que la abogacía, la ingeniería y demás profesiones liberales. Se exceptúa la clerecía que, por la perenne contemplación a que obliga del hombre y de Dios, ha producido en el pasado tantos grandes escritores como la medicina.” Con la ventaja, digo yo, de que, con hartas horas ociosas en su haber, los clérigos no se preocupan por las galas del siglo, ni tienen que velar por la familia, ni pensar en el condumio.

A pesar de la predominancia de literatos, estoy seguro de que muchos, muchísimos médicos han ensayado la creación en otra cualquiera de las Bellas Artes, sobre todo en las artes plásticas. He tenido antes los ojos muestras extraordinarias de esta inclinación, aunque no conozco o tal vez no recuerdo a un solo galeno que haya destacado con perfiles universales en la pintura o en la escultura, y mucho menos alguno que hubiese abandonado su ejercicio para dedicarse a pintar. Son a mi juicio dos las condiciones que determinan tal situación: de una parte, el hecho cierto de que para triunfar en lo pictórico se requieren factores que van más allá de la capacidad y la inspiración; díganlo si no los héroes del Impresionismo francés; de otra, el que la medicina en sí, su quehacer noble y honesto, proporciona sin sobresaltos un estatus social tanto o más elevado que el que puede lograrse con el pincel y la espátula, si es que no se tiene la proporción de genio. La profesión es estable, remunerativa y garantiza mejor el bienestar de la familia.

Al fin y al cabo, nuestra educación en el seno del régimen capitalista trae consigo tendencias burguesas altamente dominantes. Por eso el médico pintor o escultor se ostenta siempre como simple aficionado, sin rebasar las limitaciones que le impone su falta de oficio. Auténticos pintores de domingo, buenos copistas, aficionados al paisaje, a los bodegones, y a una que otra escena relacionada con los acontecimientos que su trabajo les pone ante los ojos. De que entre estos aficionados hay artistas de verdad, que descubiertos por los marchantes podrían figurar en las galerías de postín de París o de Nueva York, no me cabe duda. Y me estoy refiriendo sólo a los médicos nacionales, que son los que conozco. En ocasiones he tenido oportunidad de admirar en la Metrópoli muestras de esta afición y he quedado gratamente sorprendido. Aquí mismo entre nosotros, aplastados por la estrechez del horizonte regional, hay estimables coloristas en esta generación y en la anterior; conocidos a medias, mencionados al desgaire, jamás se han desenvuelto en plan de altura. Sería por la falta de tiempo, o tal vez por miedo a la crítica malévola y destructiva. Las listas que se den han de ser incompletas a fuerza. Es penoso advertir que, si algún día se escribe una historia artística de nuestro medio, serán muchos los que permanecerán de nuestro medio, serán muchos los que permanecerán en el incógnito, como han permanecido por modestia los artistas médicos de los siglos pasados.

No sé de ningún asclépida que sea bailarín profesional por más que el deseo de serlo, frustrado por las exigencias del recato, se manifieste a la primera ocasión en bailes reuniones y otras actividades sociales en donde la concurrencia esté integrada por gentes del gremio. Unos tienen soltura y gracia tan delicadas que arrancarían el elogio de Van Laban si el gran maestro húngaro pudiera admirarlos. Otros, en cambio, se explayan en contoneos ridículos con más lascivia que estética, de esos que prodigan las vedetes en las carpas; pero en cualquier caso el entusiasmo es grande y la disposición innegable. Sólo que, de plano, no creo que sea la danza la mejor forma de orientar el sentimiento artístico del médico. Otra cosa será cuando por razones del feminismo militante, las mujeres pasen a engrosar la corporación en grado superlativo. Quizás entonces llegue a darse el caso de una doctora que cambie la bata clínica del día por las mallas y velos que luciera en sus noches de gloria Isidora Duncan. Tal suceso, sin embargo, está por verse aún.

Carlos Urzáiz Jiménez

Continuará la próxima semana…

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