En los alrededores del Hospital O’Horán

By on agosto 11, 2022

Primeras Letras

Como parte de mis tareas escolares me encargaron observar y ver lo que sucede en los alrededores del Hospital Escuela O’Horán. Al llegar, llamó mi atención que, a un costado de la transitada Avenida Itzáes, se encuentra este hospital conocido por atender a las personas de escasos recursos que van a solicitar atención médica.

De entrada, este lugar se queda corto de espacios para los pacientes y el público en general; también es conocido por las diversas carencias, maltratos médicos, falta de dignidad, entre otras.

La zona me causó incertidumbre: me pareció un lugar extraño por el canto de las aves combinado con el ruido del intenso tráfico del rumbo, algo muy común. Pero entonces se escucha la sirena, los carros aceleran, empieza el caos.

Me encuentro frente a la puerta de urgencias de este hospital; cerca de ahí, el olor a carne asada de los puestos ambulantes me llama la atención y despierta el apetito. Observo áreas de oportunidad para los venteros de la zona y de las familias que, con angustia y preocupación, consiguen un poco de alimentos y bebidas.

Pude notar en las caras de las personas de esta taquería que se encuentran cansados y con ganas de estar en cualquier lugar menos ahí. A unos metros se encuentra una tienda de conveniencia donde encuentro un espacio para sentarme y observar. Decido quitarme los audífonos para escuchar mejor el ambiente.

Justo entonces me hace plática un caballero de la Tercera Edad, vestido con ropa holgada y una gorra de un partido político. Jorge Ramos se llama, me pregunta si estoy esperando a alguien. Ante mi respuesta negativa, me platicó la situación que estaba atravesando: su esposa tenía dificultad para respirar y también presentaba síntomas como tos y fiebre; él no quería llevarla a consultar, pero ella insistió y ante su súplica accedió. Vinieron desde Hunucmá, desde las seis de la mañana del sábado salieron para ser atendidos temprano, para estar en casa al mediodía y descansar. Pero eso no sucedió: los hicieron esperar, no les daban acceso al área médica, Cerca de las 12 del día pudo pasar, mas no ingresar con ella, ya que la doctora le dijo que por sus síntomas era probable que ella tuviera COVID; él renegó que no era posible, que se cuidaban, pero no pudo hacer mucho.

Es triste observar el sufrimiento de personas que no pueden acompañar a sus seres queridos que están enfermos; la incertidumbre predomina en la zona aledaña al O’Horán.

Las horas pasaron y aquel señor de la Tercera Edad seguía afuera, esperando noticias, sediento, cansado, acalorado, sobre todo preocupado ante la ausencia de noticias de su esposa. Tan solo podía quedarse afuera, esperando algún aviso. A las seis de la tarde con veinte minutos, una puerta se abrió y un doctor con un traje de protección azul, cubierto de pies a cabeza, con careta, guantes y cubrebocas gruesos, hizo su aparición. Su salida alertó a las personas, incluyendo a don Jorge quien, apresurado, cruzó la calle para escuchar noticias de su familiar, junto con otras personas que estaban en la misma situación que él.

Ni tardo ni perezoso me di a la tarea de acercarme para escuchar al médico de guardia quien, con voz fuerte, preguntó por los familiares de los pacientes. La única “información” que recibirán. Las personas que escuchaban el nombre de sus familiares se veían angustiados y al mismo tiempo esperanzados porque no tendrían que esperar más con la angustia de no saber nada. Entre los nombres se escuchó el de Eugenia Pech. Don Jorge levantó la mirada y pude ver su cara de esperanza al escuchar el nombre de su esposa. El doctor le explicó que su mujer efectivamente tenía COVID y que su estado de salud no era el mejor, le dio indicaciones y le explicó el proceso que debía seguir, ya que su esposa se quedaría en observación. A pesar de su notable preocupación estaba atento a las indicaciones a seguir.

Luego de un rato me dio las gracias por acompañarlo, por tomarme el tiempo de escucharlo. Me comentó que no tenían hijos que pudieran acompañarlos en esta situación tan delicada.

En los alrededores del hospital O’Horan es palpable la desesperanza de muchas personas que sufren al internar a algún familiar, y la de aquellos que padecen Covid y no pueden recibir visitas.

Me quedé un rato más, observando y apreciando un poco más lo que sucede a mi alrededor. Estaba cerca de la sala de ingresos, donde el ambiente se vuelve pesado y desalentador. Escuché a un grupo de personas llorando amargamente. Decidí quedarme con la duda de lo que sucedió, por la expresión de la familia podía asumir que las personas estaban sufriendo por el fallecimiento de un ser querido.

La tarde llegaba a su fin, la noche comenzaba a oscurecer la calle, cuando llegaron unas personas a repartir un poco de alimento a las que estaban esperando noticias de sus familiares ingresados. Muchos de ellos son de escasos recursos y casi nadie está preparado para una situación de emergencia. La noche se llenaba de personas que vendían comida cerca del hospital, el olor a tamales recién horneados salía de la vaporera.

Esa noche me fui a casa con muchas cosas que, como cronista, no puedo expresar con emociones, pero sí mientras redacto.

Fue una experiencia dolorosa, angustiante y, sobre todo, triste. A pesar de la mala noche, siempre llegarán personas con el afán de hacer el bien.

GUILLERMO MEDINA TREJO

gmediat94@gmail.com

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