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El Vate Correa

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Parsifal

[Serapio Baqueiro Barrera]

¡Qué heroicamente vivió su anónima tragedia aquel hombre de aspecto estrafalario que se llamó José Correa Villafaña! El populacho que rezuma estulticia llamábalo el Vate porque creía que este límpido vocablo era un apodo denigrante, una piedra de ignominia para lanzarle sobre la alta frente signada con ese amplio surco inconfundible que imprime la quemadura del pensamiento… Pero el poeta, al sentir la herida de la intención aviesa, hacía aparecer en sus labios sardónicos una sonrisa terrible que tenía el brillo ofuscante y el filo de la acerada hoja de una faca gaditana cuando es abierta intempestivamente. Y después proseguía su camino, sin saber hacia dónde iba… impulsado por su contraria suerte, por su hado adverso que como un soplo cruel lo llevaba de aquí para allá, cual si hubiese sido una brizna seca de yerba. Y él no oponía resistencia, no hacía ningún esfuerzo para contrarrestar esta fatal sentencia del Destino. Por lo contrario, vivía de un modo peligroso para sacar el mayor placer de la existencia; como si hubiese aprendido el secreto para lograr los grandes éxitos interiores, para alcanzar los más altos triunfos del espíritu, bebiéndolo en la fuente pura de la filosofía nietzcheana.

Era Correa Villafaña el tipo exacto del hombre poseído por la locura demoníaca, así como lo analiza en su lírico libro de psicología Stefan Zweig, locura que no puede iluminar con ningún recurso científico, ni con ningún ensalmo de la terapéutica moral. Quien siempre vive una tragedia, muere como un héroe: y así vivió y murió el poeta Correa Villafaña, sin conocer la ternura del amor de una mujer: siempre en peligro, al aire libre, llevando una vida de solitario dentro del ruido aturdiente de la ciudad enloquecida de afanes. Tenía gran afinidad con Edgar Allan Poe, con Verlaine y con Gerardo de Nerval, clasificados entonces como seres saturnianos y que ahora serían considerados como posesos de increíble locura demoníaca.

Y hace muchos años… éramos estudiantes preparatorianos en el Instituto Literario del Estado, acabábamos de surgir del cascarón de la adolescencia y la edad viril se anunciaba en nuestras almas haciéndonos sentir inquietudes y ansias ardientes de disolvernos en el aire azul, y sentíamos la atracción tremenda de la celeste poesía y robándole muchas horas al estudio y al sueño, nos dedicábamos con ahínco digno de un fin más elevado a rimar los temas más cursis y de un ultrarromanticismo crispador. Pero, eso sí, éramos sinceros, nuestro romanticismo era medular, lo llevábamos en la sangre, lo teníamos hondamente enraizado en nuestro temperamento. Las crudezas de la escuela naturalista nos causaban repugnancia; entre las nebulosidades del simbolismo, por falta de comprensión, nos perdíamos en un Dédalo sin salida y de la impasibilidad del parnasianismo nos hallábamos situados espiritualmente muy lejos, porque vivíamos en una especie de frenesí. Fue en esta época cuando conocimos al poeta Correa Villafaña.

Acostumbraba pasar todos los días frente al Instituto Literario. Era muy alto, corpulento, caminaba lentamente, siempre erguido; iba como si no viese, como si todo lo que encontraba a su paso le causara repugnancia, dialogando consigo mismo… Mal cubría su enorme testa con su bombín apolillado y descolorido. Vestía un levitón de color gris, de bolsas profundas, siempre repletas de libros, de folletos, de periódicos que leía ávidamente en los parques y jardines públicos, que eran sus albergues nocturnos.

Un día penetró en el Instituto y en el acto lo rodeamos. Pero él, al principio, no pareció percatarse de nuestra actitud, llena de simpatía y de atenta curiosidad. Púsose a palpar las puertas de las aulas, que en aquel momento estaban cerradas; a frotar suavemente los pilares de los corredores, a tocar con visible emoción las piedras de los muros. Y después de salir de su éxtasis, nos sonrió dirigiéndonos una bella salutación lírica. Encaminóse al Salón de Actos Públicos seguido de nosotros y allí, ante cada uno de los retratos que pendían en los muros, dijo unas breves palabras que sintetizaban la historia de la vida de aquellos personajes. Ante el retrato del ilustre fundador del Instituto exclamó: -“He aquí a un héroe y a un mecenas que todavía espera un himno digno de sus glorias”. Quedóse mirando un instante el retrato del licenciado Olegario Molina y nos dijo: -“Tiene una voluntad poderosa, un carácter de canciller de hierro para ambicionar y quererlo todo. Yo creo con sólo esta cualidad no se alcanza la gloria”… Ante la efigie del licenciado Pablo García nos dijo: -“Ha sido considerado como un filósofo, pero yo opino que únicamente fue un aprovechado estudiante de filosofía; no tenía ideas propias, originales, para dar vida a un sistema filosófico”.

Después se despidió de nosotros el poeta, dejándonos más intrigados que nunca, más excitada nuestra curiosidad, pues no conseguimos desgarrar el velo misterioso de su vida trashumante. Continuó siendo ante nuestra expectación el actor de un drama obscuro, el caminante solitario que llevaba a cuestas el enorme fardo de un destino cruel, el cumplidor de una sentencia que no podía eludir porque le había sido aplicada por el pecado original de haber nacido; estaba poseído del demonio.

La vida anecdótica de Correa Villafaña es tan abundante como la del mismo y celebérrimo poeta don Francisco de Quevedo y Villegas. Para muchos no fue más que un repentista, un pasmoso improvisador de versos de juerga en la atmósfera ardida de las tabernas. Pero fue un poeta lírico de brillante imaginación; escribió muchas hermosas composiciones poéticas, algunas de las cuales reprodujeron los periódicos extranjeros, comentándolas elogiosamente.

Era muy culto; en el Instituto Literario hizo con gran aprovechamiento todos sus estudios, hasta alcanzar el bachillerato. Sus maestros le auguraban un brillante porvenir, pero quién sabe qué prematura decepción lo hirió en pleno corazón y desde entonces buscó refugio en el artificial paraíso del alcohol. Su sed de alcohol era implacable. Murió en un lecho de hospital silenciosamente; como un ser anónimo cualquiera; en el hospital en donde había pasado largas temporadas se extinguió su vida que había arrastrado por una larga senda erizada de peligros…

Como el gran poeta inglés Dante Gabriel Rosseti pudo expresar en un día de su juventud azarosa: “Mírame, yo soy aquel que pudo haber sido. También me llamo nunca, jamás, para siempre adiós…”

Mérida, Yuc., agosto de 1936.

 

Diario del Sureste, Mérida, 25 de agosto de 1936, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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