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Como músicos veteranos, la idea de formar un proyecto con otros experimentados instrumentistas originalmente buscaba tan solo llenar el vacío que los cinco integrantes sentían por haber atrás las presentaciones en vivo. La mayoría eran abuelos y las responsabilidades familiares dejaron espacio para un ensayo semanal, en casa de uno de los guitarristas.
Ese desahogo fue cobrando forma poco a poco, hasta encontrar el sonido que lo distinguía dadas las capacidades instrumentales de todos. Eric y Héctor provenían de diferentes escuelas guitarrísticas: el primero tenía sus raíces en el blues y el hard rock, mientras que el segundo tomaba el progresivo y el metal como ejes. Quizá por eso el sonido conjunto era interesante, se complementaban de alguna manera. Mike era un bajista muy experimentado, había sido parte de una banda muy famosa de baladas en los años 90, pero ahora quería tocar rock. Edgar en realidad era un baterista de jazz; como Mike, quería experimentar por primera vez otro género musical que lo apasionaba. Domingo, el cantante, era un intérprete, más que un cantante profesional, logrando lo justo para quedarse en el puesto.
Seis meses después, los viejitos estaban entusiasmados con su avance; sus versiones de Creedence Clearwater Revival, The Doors, Deep Purple, Led Zeppelin, Pink Floyd, Alan Parsons Project, Alvin Lee, Stevie Ray Vaughan, Gary Moore y Black Sabbath sonaban con mucho poder. La mezcla de experiencia era el principal aval del proyecto que terminó llamándose “El Testamento”, una especie de broma al ser hombres de entre 60 y 75 años. Añadiendo al nombre ‘Rock & Blues Band’ se escuchaba apantallador.
El panorama para tocar en vivo era complicado. La ciudad estaba llena de bandas más jóvenes y las audiencias no requerían exquisiteces orgánicas, aquel sonido maduro no les interesaba particularmente. Tras intentar algún contrato pagado, decidieron organizar un evento privado invitando a sus familiares y amistades cercanas, pero la cercanía de los festejos navideños impidió concretarla.
El desánimo comenzó a manifestarse cuando Domingo los convocó para plantearles una propuesta. A través de una conocida que trabajaba en el ambiente de los bares nocturnos, les llegó una invitación para tocar en “El Congal de doña Lily”, un antro ubicado detrás del periférico citadino, casi a la salida de la capital a otro estado. Analizaron detalles medio sórdidos como lo antiguo y descuidado del local, el tipo de público que acudía (principalmente camioneros, conductores de ruta foránea, albañiles y rudos obreros). En el sitio predominaban mujeres pasadas de peso con excesivo maquillaje.
Cada uno de los puntos en contra fue desechados con frases como: “Las meseras pueden ser buena onda, no debemos criticar su aspecto”, “Incluso en la clase obrera hay quienes gustan del Rock”, “Sé de camioneros que cubren sus rutas escuchando el tipo de bandas que tocamos”, etcétera.
Un viernes por la noche, en dos vehículos, los cinco integrantes de “El Testamento” llegaron a “El Congal de doña Lily”, estacionándose en una especie de patio bardeado que colindaba con el edificio principal, el cual por cierto era el único de la zona, al quedar a 8 cuadras de la única carretera principal.
El interior del bar no era amplio, pero suficientemente adecuado para instalarse en un pequeño escenario, de tan solo de medio metro de alto. La dueña del lugar, doña Lily, regordeta y canosa, amablemente lo recibió, estrechando la mano a cada uno. Les dijo que todas las bebidas y alimentos corrían por su cuenta, que si requerían cualquier cosa se apoyaran en Damián, su asistente –un enano con voz grave que semejaba la de un locutor radial. Finalmente, comentó que, si al público le gustaba la banda, podían contar con un pago y una invitación para presentarse cada viernes.
Los viejos roqueros bebieron con moderación, entregando una sentida actuación que arrancó aplausos de todos los presentes, clientes y meseras, que incluso bailaron alegremente cuando sonaron “Susie Q”, “Pretty Woman”, “Love me two Times” y “I Feel Good”. Fue un éxito rotundo, los clientes les invitaron cervezas, tragos, les pidieron tomarse fotos y firmar autógrafos. Las meseras les coquetearon descaradamente, como si siguieran indicaciones de la dueña, propiciando que los músicos se animaran a enfiestarse.
Ya era de madrugada cuando Héctor comenzó a desconectar los equipos para guardar cables, extensiones, pedaleras y demás. Doña Lily los llamó para que, antes de que se fueran, comieran un caldo especial cuya receta secreta era la que atraía a tantos comensales a su negocio. Sonriente entregó a cada uno un fajo de billetes, señalando que su bar podía oler medio gacho, que sus chicas podían ser gorditas y su clientela sudorosa, pero dejaba mucho dinero; tanto, que podía ser generosa con ellos.
Agradecidos y comprometidos con todos los sucesos, cenaron el caldo y bebieron un poco más, antes de despedirse, alabando el guiso.
Pasaron semanas sin que nadie supiera nada de aquellos cinco músicos desaparecidos. Las autoridades visitaron “El Congal de doña Lily”, siguiendo la pista señalada por los familiares de Domingo, Eric, Héctor, Edgar y Mike. La propietaria declaró que estuvieron aquel viernes, tocaron, comieron y se fueron. Incluso presentó videos y fotos tomadas con diversos celulares donde se veía que la pasaron bomba en aquel lugar desde que llegaron hasta que se fueron. Las marcas de huellas de sus vehículos fueron confirmadas saliendo del lugar con rumbo a la carretera principal.
El comandante Trejo, a cargo de la investigación, agradeció a doña Lily ser tan accesible y amable en todo momento. Por eso con gusto aceptó la invitación que le extendieron y a todos los agentes para probar su famoso caldo, cuya receta secreta seguía complaciendo todo tipo de paladares…
RICARDO PAT





























