El sexo no consensuado como moneda de cambio en la mitología grecorromana

By on septiembre 3, 2020

Aída López

La mitología griega y romana contiene una fuerte carga sexual, al punto que podríamos considerar casi imposible que pudiera existir sin esta. Violaciones, incestos, castraciones, asesinatos, suicidios, adulterios, parricidios y todo un abanico de trasgresiones conforman la historia de estas dos culturas, en donde el apareo entre dioses y mortales, consensuados o violentados, forjaron la historia de la humanidad.

El sometimiento de las mujeres en la cultura grecorromana fue una práctica habitual al considerarse a estas incapaces de controlar sus pasiones. La masculinidad se evidenciaba a través de la dominación femenina; no hacerlo significaba perderla, algo inaceptable en una cultura que necesitaba de la guerra para extenderse y consolidarse.

Según la mitología, la fundación de Roma fue gracias a la intervención de Vesta, la diosa del hogar, ante el rey Amulio, para que no asesinara a su sobrina, la Virgen Vestal Rea Silvia ya que, producto de una violación del dios Marte, estaba embarazada de los gemelos Rómulo y Remo, fundadores de Roma. El rey mandó a enterrar viva a Rea y arrojó al Tíber a sus hijos.

La violación de Lucrecia, arquetipo de la castidad, por parte del primo de su esposo, Sexto Tarquino, hijo de Lucio Tarquino el Soberbio, dio fin al régimen monárquico para dar paso a un sistema consular, después del suicidio de aquella, clavándose un puñal en el pecho por la deshonra.

El arte se ha inspirado en las narraciones mitológicas, y en la pintura podemos encontrar representados los momentos que han marcado la historia desde tiempos remotos. La afrenta sexual a Lucrecia quedó plasmada en la obra de Tiziano.

Más adelante, Rómulo organizaría juegos deportivos en honor a Neptuno para hacerse de mujeres, ya que había escasez. Los de la Sabinia fueron con sus esposas, quienes fueron raptadas en medio del espectáculo por los romanos, para hacerlas sus mujeres. La condición de las sabinas fue gobernar el hogar, haciéndose cargo únicamente del hilado. Tiempo después, los sabinos, indignados, enfrentaron a los romanos en el Capitolio, pero las mujeres intervinieron ya que perderían de un lado y de otro a sus padres y hermanos, a sus esposos e hijos. Conclusión: final feliz formando una diarquía.

Con la unión entre los titanes Urano (cielo) y Gea (tierra), siendo que esta última lo concibió, asistimos al primer incesto de la humanidad, volviéndose natural de aquí en adelante la unión entre padres e hijos, y entre hermanos, como Rea y Cronos. Este último castró a su padre Urano a petición de su madre: siendo el hijo más pequeño de la pareja, accedió a la petición de Gea, ya que Urano no dejaba que nacieran sus hijos. Enojada, talló una hoz que cortaría los genitales de Urano, de donde se formarían dos gigantes.

Repitiendo el patrón, Cronos se unió a su hermana Rea, engendrando varios hijos, entre ellos Zeus y Hera, que a su vez se unieron para procrear. Ambos sobrevivieron al apetito voraz de su padre Cronos, quien sin empacho los devoraba ante el temor de ser derrocado por uno de ellos, como vaticinó su padre, habiendo sido herido por él.

Si bien Hera fue el primer amor del apasionado Zeus, no fue la única violada. Este dios fuerte y longevo, enamorado de la belleza femenina, fue capaz de cualquier número de tretas para poseer jóvenes y maduras, vírgenes y casadas, con tal de saciar sus instintos. Contaba con el poder para metamorfosearse en lo que fuera necesario, si a la buena no conseguía salirse con la suya. El mortal príncipe troyano Ganimedes fue su víctima mientras cuidaba un rebaño de ovejas como parte de su educación. Zeus recurrió al rapto trasfigurado en un águila, para llevárselo al Olimpo y convertirlo en su erómeno. Adoptar formas animales, de personas o fenómenos meteorológicos, fueron algunos de los ardides del dios más importante del Olimpo para ejercer su poder.

Se convirtió en cisne para posarse en Leda, casada con el rey Tíndareo, con el pretexto de ser perseguido por un águila. ¿Cómo penetrar en una celda de bronce para poseer al objeto de nuestro deseo? Pues Zeus se convirtió en lluvia de oro para preñar a Dánae, a quien había cerrado su padre por temor a que el hijo de esta un día lo asesinara, según el oráculo, lo que a la postre se cumplió. La mayoría de las transformaciones eran zoomorfas: convertido en un blanco toro, raptó a la princesa fenicia Europa, mientras acariciaba al animal y se montaba en él, situación que aprovechó el dios para nadar hasta la isla de Creta y luego revelar su verdadera identidad.

Zeus no tenía inconveniente en transmutarse en mujer, si con eso lograra su cometido. Enamorado de la ninfa Calisto, la más bella, no dudó en volverse la diosa Artemisa y embarazarla. Calisto tenía voto de castidad, ya que era requisito para ser parte del séquito de cazadoras de Artemisa quien, al enterarse del embarazo, la echó de su selecto grupo; Zeus, para evitar que Hera se enterase, convirtió a Calisto en una osa que Artemisa con su flecha disparó hacia el firmamento, convirtiéndola en constelación, junto con el fruto de la seducción: la Osa Mayor y la Osa Menor.

Los enredos amorosos no solo sucedían con los dioses importantes, ni quedaban siempre impunes. La metamorfosis también era una salida para las mujeres. A veces estas recibían valiosos beneficios y presentes a cambio de su virginidad. La ninfa Cloris, tras ser violada en un escenario primaveral por el dios del viento Céfiro, presentó varias transformaciones comenzando por su nombre, al llamarse Flora. Su estatus cambió de ninfa a diosa, de soltera a casada, de transformada a transformadora, al volverse dueña de un imperio divino regalado por su ahora esposo. Su intento inicial de escapar quedó recompensado con paisajes de eterno verde y fuentes de aguas cristalinas. Poseedora del paraíso, desplegó su poder metafórico a través de las flores; las Gracias acudían a entrelazar coronas en sus cabellos celestes, como podemos apreciar en “La Primavera” de Botticelli.

Bóreas, dios del viento frío, hermano de Céfiro, también deseaba a Cloris. Ante la imposibilidad de tenerla, raptó a la princesa ateniense Oritía. El padre de esta se oponía a la unión, por el frío que imperaba donde vivía el dios. El mal carácter de este desató furiosos torbellinos para llevársela a Tracia, engendrando cuatro semidioses. El momento del rapto fue representado por Rubens y Boucher en sendos óleos.

En el bosque sagrado romano habitaba la ninfa Cardea con su lanza y red. Asediada por dioses y mortales, los encaminaba a una cueva y ahí se perdía para liberarse de ellos. El juego no funcionó con el dios de las puertas, Jano, quien tenía dos caras: una mirando el pasado y otra el futuro. Esta habilidad le permitió violar a Cardea, convirtiéndola en diosa como pago a su virginidad. La nueva diosa sería la encargada de las bisagras y los umbrales; su poder estaba en cerrar lo que estaba abierto y abrir lo que estaba cerrado, algo muy importante en la cultura romana. Su ahora esposo le dio una varita mágica, hecha de espino blanca, que ahuyentaba a los malos espíritus, protegía las entradas de las casas, y también alejaba a los vampiros y a las brujas de los bebés.

La náyade Lotis fue acosada por Príapo, dios de la fertilidad, cuyo padre no está claro quién era, ya que su madre Afrodita le fue infiel a Dionisio con Adonis. La desgracia del dios era que nació con un miembro extremadamente grande por maldición de Hera, quien desaprobó la conducta de Afrodita. Lotis, estando dormida, iba a ser violada, pero alcanzó a salvarse convirtiéndose en Flor de Loto. Bernini inmortalizó en una escultura al dios de las artes Apolo y a la ninfa de los árboles Dafne en el momento en que esta se convirtió en árbol de laurel para evadir el acoso del dios. Dafne imploró a su padre y este cambió su piel en corteza, sus brazos en ramas y su cabello en hojas de laurel. Apolo la amó eternamente y le dio eterna juventud, siempre verde para coronar las cabezas de los héroes.

Quizá el mito más inverosímil sea el de Heracles (griego) o Hércules (romano), a quien asociamos con la masculinidad, fuerza y valentía. El semidios, en castigo por un asesinato, fue vendido como esclavo por tres años a la reina Onfalia, viuda y heredera al trono por la muerte de su marido. Hércules enfermó y, según el Oráculo de Delfos, se curaría hasta después de cumplir su condena, el pago devengado sería entregado a la familia del muerto. Onfalia se la pasaba en la rueca, empoderada, y a manera de burla afeminó a Hércules con sus vestidos, mientras ella se colocaba la piel del león de Nemea con todo y garrote de olivo que traía él, fruto del primer trabajo de los doce que debía de cumplir. Esta confusión con el ropaje es lo que la libró de ser poseída por el dios Pan, quien se metió a la alcoba y, al creer por la vestimenta que era la reina, se deslizó entre las sábanas, descubriendo que era Hércules a quien acariciaba. Finalmente, la pareja se enamoró y se casaron. Es posible que el mito tenga origen en rituales primitivos de fertilidad, donde se daba la subordinación del dios masculino a la diosa madre.

La civilidad y las leyes que rigen los comportamientos en la actualidad hacen impensable que pudieran tolerarse estas formas de actuar. El abuso de poder de los dioses y héroes en la narrativa, y el que ejercían reyes y gobernantes en la realidad, así como la aceptación de las mujeres jóvenes e indefensas en su mayoría, fue la manera como construyeron la sociedad. La incursión de la religión judeocristiana conformó una red ideológica de valores para la vida personal y social. Las creencias también cambiaron, los dioses olímpicos fueron sustituidos por un solo Dios, marcando un antes y un después en la cultura grecorromana, convirtiendo estas historias fantásticas en lo que hoy denominamos como mitos.

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