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El Negrito Poeta

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Una equivalencia de nuestro Vate Correa

Carlos Duarte Moreno

Allá por el año de 1750 –la fecha no ha sido posible precisarse– nació en la hacienda de Almolonga, del estado de Veracruz, José Vasconcelos, que al correr de los años sería llamado el Negrito Poeta, el cual se distinguió como versificador popular asombrando, según dicen sus biógrafos, a los hombres de la Colonia, pues tenía una inteligencia muy viva y una gran facilidad para improvisar. Y como tal ha pasado a la posteridad, figurando en la reseña biográfica antológica de escritores veracruzanos que en el puerto de Veracruz dieron a la luz pública en 1945 Francisco R. Illescas y Juan Bartolo Hernández, obra que fue prologada por José de J. Núñez y Domínguez y que comienza desde Juan P. Avalos, que nació en Jalapa en los primeros años del siglo XVII, y termina con María Carmen Dehesa, que nació en 1917.

Desde luego, el Negrito Poeta fue una equivalencia de nuestro Vate Correa, aquél inolvidable repentista de sabrosas ocurrencias. Andaba descalzo, según un dibujo de la época, y usaba un sombrero de anchas alas, siendo su vestimenta muy pobre. Con su nombre se publicó, por muchos años a lo que parece, un calendario. La portada de uno de ellos, que en reproducción tenemos a la vista, dice Calendario del Negrito Poeta para 1856. Primera parte. Ostenta una imagen del popular personaje hecha visiblemente a pluma, a cuyo pie hay esta mal hilvanada cuarteta:

 

¿Tú eres el Negrito Poeta?

Aunque sin ningún estudio

que a no tener esta geta

fuera otro padre Zamudio.

 

Y más abajo, terminando la plana se lee: “Se vende por mayor y menor en la Librería de Blanauel situada en la calle del Teatro Principal número 15”.

En 1772, el virrey don Juan de Acuña y Casafuerte estrenó una carroza, y el Negrito Poeta improvisó cuatro versos que ahora parecen inocentes pero que, si se toma en cuenta el ambiente reinante en aquellos tiempos, resultaban duros para el representante de la corona española, pues en ellos se hace incisiva la referencia al boato y a la ostentación sostenidos a base de la miseria del pueblo, amenazado, para mayor abundamiento amargo, hasta por las llamas de la Inquisición. Desde luego era exponerse mucho, pero este José Vasconcelos –el otro como todos sabemos fue el discutido autor de La raza cósmica– no tuvo empacho en escribir este atrevimiento:

 

Si sobre ejes de oro gira

esa estufa, Juan, advierte

que es el carro de la muerte

que te conduce a la pira.

 

¡Llamarle estufa a la carroza nueva del virrey! Una burla que pudo pagar muy caro. Pero la crónica no dice nada acerca de si enfrentó alguna dificultad por esta libertad que se tomó, toda vez que los referidos versos se popularizaron mucho. Pero son las cosas posibles de la vida corriente en que a veces el más pobre, sintiéndose ofendido por el lujo ajeno, le lanza una piedra.

Incuestionablemente el Negrito Poeta no tenía lo que pudiéramos llamar la limpieza literaria de nuestro ya mencionado Vate Correa, pues su preparación era nula, pero su vivacidad, su agilidad mental, su comprensión instantánea, representaban esa vena inagotable de los pueblos que se expresa por medio de alguno de los individuos que los componen, y que al expresarse de un modo espontáneo constituyen la seña de un caudal que está pidiendo que lo afinen y que lo muevan.

Negro –¡y en aquella época!– y nacido en una hacienda de aquella época, insisto en la mención, no era posible, pues tales vencimientos no les están reservados a todos los hombres que, con su pobreza, con su condición de prensado social, adquiérese disciplinas y purezas para manejar el lenguaje, sobre todo en verso.

Dícese –y notable es la coincidencia– que don Martín Peraza le ofreció un peso plata a nuestro Vate Correa si le encontraba consonante a la palabra patio, y éste, ni tardo ni perezoso escribió sin pestañear, y con la mayor naturalidad, la siguiente cuarteta:

 

El que no sabe latín

dice Horacio por Horatio

y aquí tiene don Martín

el consonante de patio.

 

De igual manera, se atribuye al Negrito Poeta que, al insinuársele para ponerlo en un apuro, que le encontrase consonante a la palabra indio, se dispuso a hacerlo y aunque con una clásica salida por la tangente, dio el salto sobre el embrollo de esta manera:

 

Un indio se equivocó

y por rindió dijo rindio

y de esta manera halló

el consonante de indio.

 

Como por su color se dudase de que había nacido en Veracruz, improvisó lo siguiente en una reunión:

 

Aunque soy de raza conga,

yo no he nacido africano,

soy, de nación, mexicano,

y he nacido en Almolonga.

 

¡El Negrito Poeta! ¡El Vate Correa! Días que pasaron y que no vuelven. O, en otras palabras, “tiempos de rosa cuando la vida parece hermosa”, que dijo uno de nuestros poetas mayores.

Y mientras tanto, los mortales comunes y corrientes seguimos en la lucha de encontrarles consonantes a las cosas raras y difíciles de la vida…

 

Diario del Sureste. Mérida, 9 de agosto de 1964, pp. 3, 7.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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