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Letras

Alberic Cahuet
(Traducción de Francisco Sosa Heredia)
(Especial para el Diario del Sureste)
Es necesario, hasta donde sea posible, hablar solamente de libros que hubiésemos leído. Parece que estamos diciendo una verdad vana, una perogrullada, una simpleza que puede causar sonrisas y hasta burlas. Y sin embargo, señora…
No quiero apenar a las amables personas que entre cuatro y siete de la tarde sostienen, acerca de “la novela del día”, conversaciones imprudentes. ¿”La novela del día”? No entiendo qué es eso de “la novela del día”. Diariamente se imprime media docena de obras, entre las cuales –si se da crédito a la publicidad de los vendedores– hay tres o cuatro obras maestras. No sé que una novela de Daudet, una obra de Loti, de Zola o de France hubiese sido, al publicarse, calificada de “libro del día”. ¿Serán “libros del día” aquellos que no deben sobrevivir más que un día?
La verdad, así lo creo, es que entre diez personas que en un salón se refieren “al libro de que se habla” y del que a toda costa hay que hablar, se encuentran cuatro lectoras y dos lectores que de ese libro no han visto más que la portada en las vitrinas de las librerías. Pero si no se hablase de lo que no se conoce, serían imposibles las tres cuartas partes de las conversaciones.
–Usted ha leído, naturalmente…
–Naturalmente que sí, querido amigo.
–¡Admirable! ¿No es cierto?
–¡Asombroso! (o “¡prodigioso!”)
O bien:
–¿Cómo ha encontrado usted el libro del señor X…? No he podido leer ese mamarracho hasta el fin.
–Y yo no he pasado ni de la primera página.
El que no ha leído corre poco riesgo al compartir el entusiasmo o la indignación del que ha leído. En este caso, solamente la contradicción sería peligrosa. A propósito del cautivante libro de Bedel, Jerónimo, recuerdo haber oído una discusión entre damas, de las que ni unas ni otras lo habían leído. Unas tomaban la defensa de Noruega, ridiculizada, según ellas, por la malicia del novelista. Otras, con bastante buen sentido, afirmaban que varios autores franceses, sin que se les reproche, han hablado de la sociedad francesa con un lenguaje tan satírico como el que el escritor juzgado usó en sus descripciones de la sociedad nórdica. La heroína del libro, la deliciosa, la ingenua, la vivaracha Uni, no dejó de ser alabada en esta discusión. Por otra parte, estas damas confesaban conocer el libro únicamente por la lectura de juicios contradictorios. Fue necesaria la llegada de una nueva visitante, la intervención en el debate de una joven noruega auténtica, para poner fin a esta inútil discusión.
–He leído el libro. Conozco a Uni, o a cualquiera otra que se le asemeje. Es tan ridícula como ese Jerónimo, el francés de la novela.
Por mucho tiempo la obra de Proust ha sido deformada o aminorada por habladurías de té o de salón. Hay proustianas y antiproustianas, estas últimas menos numerosas, vueltas reacias a las exaltaciones por una lectura difícil para sus alcances, pero cuidadosas de no contrariar una fama que les parece tener el carácter imperioso de una moda. Entre las proustianas, algunas, la minoría, han leído y leído bien. Se aventuran, con buena orientación, en el bosque verbal, donde las lianas se arrollan alrededor de los pensamientos preponderantes. Pero este esfuerzo no es muy comúnmente femenino, y muchas proustianas han preferido dejarlo a otras. Las sobras de críticas, asimiladas Dios sabe cómo, han bastado a veces para formar su religión.
–¡Oh, ese Proust!
–¿Y qué ha leído usted, querida señora, de Marcel Proust?
Alguna inquietud. Cita, preguntando, los títulos de las obras. La inquietud aumenta.
–¿Quizá todas?
–¡Oh, no! No todas. He leído… Dios mío, no quiero decir que he leído mucho a Proust… Algo así como unas veinte páginas… ¡¿Pero esto no es ya suficiente para…?!
Pues no, señora: eso no basta. A nada conduce leer veinte páginas de Proust. Confesar que no se ha leído más que veinte páginas de un autor que ha producido tan magníficas obras y por el que se expresa admiración con frases de éxtasis es peor que confesar que no se ha leído ninguna de esas obras y que no se sabe nada de ese autor. ¡Hay cien maneras de aprovechar una gloria literaria, y algunas de ellas bien impertinentes! La peor es alabar con frases ampulosas o en conversaciones insubstanciales, lo que se ignora por completo.
Hay también lectoras –deliciosas, ¡oh, siempre deliciosas!– que son la desesperación de sus autores.
–Querido maestro: vuestro libro, desde las primeras páginas me apasionó a tal grado que no tuve la paciencia de seguir el hilo de su desarrollo. Quise, al instante, saber cómo termina el argumento. Pero, en las próximas vacaciones, me propongo “releer” vuestra bella obra, en toda su extensión y con el mayor interés.
Jamás tendrá tiempo para “releerla”. Pero… Ya “la ha leído”, puesto que ya conoce el primero y el último capítulo.
Hay también las que mezclan los títulos y confunden los autores. Cuántas veces hemos visto a alguna exquisita admiradora, más bien llevada del deseo de agradar o de causar placer, citar con gracia ante un escritor algún pasaje de su obra, y después detenerse, inquieta, al notar que él sonríe.
–¿Por qué os sonreís, querido señor? ¿Habré dicho alguna tontería?
–¡Nada de eso, linda señora! El libro de que usted habla merece todos los elogios que habéis dicho. Y me es muy grato asociarme a esas alabanzas, puesto que la obra que me hace usted el honor de atribuirme es libro de otro autor.
Diario del Sureste. Mérida, 3 de mayo de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























