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Letras

Roldán Peniche Barrera
Cosa dulce es el perder alguna vez el juicio.
Horacio
Yo le recuerdo nítidamente, en un día bendecido del Señor, exiguo de nubes y desmedido sol. Era por Cuaresma, según mis cuentas. El hombre de mi historia vagaba por la acera de las calles de un vecindario del Oriente. Le ahogaba –en la canícula– la abotonadura inhumana de un traje raído de años y rasguños. Los pelos blancos de la irreverente barba –sin afeitar– le habían tejido en el rostro sumiso la máscara bondadosa de un patriarca que ensayaba la radiante sonrisa de quien se ha olvidado para siempre del mundo. Además de la implacable indumentaria, que daba la impresión de asfixiarlo, gastaba un sombrero viejo, algún Stetson de 1940.
Así lo miré yo aquel mediodía hirviente cuando se introdujo al jardín de una mansión y, tomando la manivela, comenzó a echarse encima chorros de agua fría durante un tiempo que me pareció excesivo. Y así le vi bañarse, extasiado ante su visión edénica, echándose el agua sobre los pantalones y la camisa y el chaleco y la corbata, sin zafarse siquiera los zapatos que fueron, en esos momentos, humildes y discretos, absortos en su filosofía estoica, ciudadanos naturalizados de los pies empapados del anti-héroe.
Al término de esa suerte de purificación tan menguada en solemnidad, tan poco práctica para los pragmáticos del capitalismo, el hombre fácil en la sonrisa, hedonista y de algún modo socrático, se me fue esfumando por mi perplejidad hasta desaparecer completamente de mi vista.
El Juglar núm. 234. Suplemento del Diario del Sureste. Mérida, 16 de noviembre de 1995, p. 2.
Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández





























