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Caminando por las calles

Carlos Duarte Moreno
(Especial para el Diario del Sureste)
Ha vuelto a aparecer por nuestras calles el fotógrafo nómade. No importa que tenga varios rostros, varias edades, distinta indumentaria… ¡Siempre será el mismo! Recorrerá las calles, se estacionará en una esquina, en un parque público, esperando con los ojos ansiosos al cliente salvador…
Tragedia ésta del fotógrafo nómade, como todas las tragedias, con su poco de ridículo y su mucho de lo demás… Figura sin importancia, en el vivir diario, ya, cabe decir, molesta su presencia, su encuentro, a los señores aburguesados que no comprenden cómo es posible que la policía permita que se detengan en las aceras, con sus aparatos semiempolvados.
¿Quién se retrata ahora? ¿Quién piensa en imprimir su figura en el negativo? Pasan y pasan las gentes y el fotógrafo mira alejarse a los transeúntes. Cada paso de los que vienen es una esperanza, cada paso de los que pasan es una desilusión…
Como todos los casos humanos en el fatídico e irremediable “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, que pesa nada más para los pobres, para los desposeídos, para los parias sociales, el fotógrafo esperando siempre es el símbolo humano que gira lentamente con el fastidio de lo perenne y con la insensibilidad de lo que no tiene entraña para conmoverse.
Apenas el sol enfoca la ciudad, el buen hombre, nuevo y extraño Cristo, carga la cámara adaptada al trípode y vuelve a buscar rostros, a ver si impresiona placas que irán tal vez muy lejos, a la tierra nativa –si son extranjeros– al hogar recordado y distante, a la novia, a la madre, al amigo…
Tal vez cuando la mañana recibe al fotógrafo, en el hogar apenas se esparció el humo de un mal café, y los chicos, la mujer, los padres ancianos, vieron partir el aparato como una barca que fuese a buscar por mares indescifrables de fortuna el yantar del día. Siempre, a pesar de la certidumbre de que nadie, o muy escasas gentes, se retratan, el fotógrafo lleva prendida una esperanza, compensando el tiempo que falta para que suene la hora del almuerzo y el que estará en la calle. Porque, ¡qué caramba!, cómo no van a pasar hasta las once del día, si son aún las ocho de la mañana, tres o cuatro dispuestos a retratarse, para poder llevar así llevar el pan a la casa…
¡Cómo no va a ser! Y con esta filosofía consolatriz, coloca los modelos en el costado de la cámara y comienza a urdir su esperanza amarga y dulce y a la vez interminable. Pero los pies viajeros van y vienen indiferentes. Si acaso, una señora que por curiosidad husmea los modelos, algunos chiquillos que se detienen: dos muchachas que pasan y que, de pronto, creyendo reconocer en el rostro de alguna retratada el de una amiga, se detienen.
–¡Mira a Margot!
–¿Cuál?
–¡No es ella!
–¡De verdad!
–¡Pero qué parecida!
–¡Tú has visto!
Es aquí cuando interviene el fotógrafo.
–¿Quieren hacerse una fotografía, señoritas?
Mientras lo dice está temblando por la respuesta. Y la respuesta es negativa, con desparpajo, dicha e ignorancia de lo que representa. Y así siempre y siempre… ¡Esperando, esperando!… Como todos, con los ojos vueltos a la realidad que ambicionamos, que necesitamos y que no llega o que, esto es lo más lacerante, ¡pasa de largo!
El transcurrir de las horas es para el fotógrafo nómade como si fuera a cumplirse un término de muerte para él. Ese acercarse el horario, a fuerza de correr el minutero, a las once, a las doce, en la esfera el reloj, es terrible, de una angustia sorda y tenaz, de un estruendo que no oyen los que pasan, que no escuchan los que se van, que no sospechan siquiera los que vienen… Mientras los minutos tejen horas, por la imaginación de nuestro hombre pasa la visión del hogar, de la otra espera tan angustiosa como la suya, y se imagina ese sacar de cabeza a cada instante por la puerta de la calle a fin de ver si está viniendo la caja mágica con su cosecha exigua de centavos. ¡No importa que quien asome la cabeza para atisbar la calle, la esquina, sea la mujer, la hermana, el hijo, el padre canoso! ¡Cantará la misma angustia, el mismo desasosiego, la misma inquietud conectada al estómago! ¡Es la tragedia diaria y vulgar, terrible, goteante, impía!
¡Esperar!… ¡Nada más que esperar! ¡Fondo sin fondo en donde todo se encuentra y en donde no se encuentra nada!
¡Fotógrafo nómade! ¡Visión de la calle, que se hace manida por lo antigua, y que apenas sirve para escribir una crónica volandera!
Mérida, Yucatán.
Diario del Sureste. Mérida, 21 de julio de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























