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El Centro Mexicano de Escritores

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Antonio Magaña Esquivel

Pronto cumplirá el Centro Mexicano de Escritores quince años de existencia –se fundó en 1951– y comienza la política literaria, y la otra, a dificultar su camino y a estorbar sus fines. Ha trascendido esa situación ahora, a propósito de la separación de Ramón Xirau, que desde 1952 venía sirviendo el cargo de subdirector.

La vida del Centro Mexicano de Escritores es solamente, claro está, un capítulo o un aspecto de la vida literaria de México; pero, como el orden intelectual es, esencialmente, el orden humano más genuino, todo cuanto trastorne la obra de la inteligencia tendrá especial significación. El Centro, desde su fundación, está dirigido por una extranjera, Margaret Shedd, novelista norteamericana avecindada hace muchos años entre nosotros; y en sus dos primeros años de vida fue sostenida totalmente por la Fundación Rockefeller, con la idea de ser el vehículo natural para el discernimiento de la beca mexicana que desde mucho antes entregaba aquella Fundación. Poco a poco, conforme el Centro encontró apoyo económico creciente entre personas e instituciones de México, fue dejando de depender de la generosa subvención norteamericana. Hoy, es cierto, la Fundación Rockefeller no ha retirado totalmente su apoyo al Centro; pero es mínimo, comparado con el que otorga el Banco de México, la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, la Universidad Nacional de México, el Instituto Nacional de Bellas Artes, Tubos de Acero de México, el periódico The News, y un particular, Ramón Beteta.

Es ya, pues, muy propia esta denominación de Centro Mexicano de Escritores, porque son elementos y recursos de México los que lo sostienen en cuanto a su materia prima, que es la economía, y se supone que también lo guían en su obra cultural. ¿Cuáles han sido sus frutos en estos quince años? Los mejores escritores jóvenes de México, y algunos de habla inglesa, han sido becarios del Centro y han podido así, libres de presiones económicas, entregar todo su tiempo y su esfuerzo a la realización de una obra creativa o de investigación de singular calidad; además, gracias a las reuniones semanarias a que se obligan los becarios, se ha establecido entre ellos relaciones de solidaridad y vínculos de colaboración.

Por otra parte, el Centro Mexicano de Escritores realiza un programa de traducciones con objeto de divulgar la obra de sus becarios entre el público de habla inglesa, establece normas amistosas entre sus becarios y algunas casas editoriales extranjeras, participa en diversos cursos de periodismo y literatura, promueve intercambio de publicaciones y de escritores nacionales y extranjeros, y desarrolla otras actividades académicas y de difusión.

Todo ello, por supuesto, en la teoría, el ideario, el programa escrito y prometido por el Centro Mexicano de Escritores. La separación de Ramón Xirau del cargo de subdirector ha puesto al descubierto, así de pronto, lo que ya se advertía bajo los naturales disimulos. Si en vez de una persona norteamericana hubiera otra de nacionalidad cubana, rusa, europea, que dirigiese el Centro, ya se vería la enorme oleada que se alzaría en contra de una supuesta labor cultural a la que se atribuirían propósitos ocultos de infiltración y propaganda subversiva. Ya se habrían denunciado las maniobras para la creación de una moderna burocracia literaria, y de grupos de agitación peligrosa. Y aun se habría alzado la bandera nacionalista para censurar que una persona extranjera haya venido a dirigir una empresa, una institución literaria sostenida con dineros mexicanos y que distribuye becas conforme, más que a los méritos de los elegidos, a una política oscura de recomendaciones y padrinazgos.

Basta revisar el índice de becarios para advertir ausencias y sobrantes, y una preferencia a grupos y capillas de protección hereditaria. Cuando esta política hizo crisis y determinó la salida de Ramón Xirau, de quien no pocos becarios son deudores de sana orientación, estalló el pequeño escándalo; pero no se ha dicho todo cuanto en verdad se debate en el interior del Centro y por encima del ruido de la calle. Sería justa, desde luego, una labor de nivelación de fuerzas, de unificación auténtica; y acabar de entender la diferencia que hay entre la nobleza de una idea, que es blanca, como señaló alguna vez Alfonso Reyes, y la sombra de esa idea, que es negra.

México, D. F., julio de 1964.

 

Diario del Sureste. Mérida, año XXXIII, tomo CXXXI, 1 de agosto de 1964, pp. 3, 7.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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