El Canto de la Tierra (XIII)

By on enero 17, 2020

XIII

El Canto de la Tierra

(Canto final de Elegía por las ciudades mayas)

 

He olvidado de pronto la memoria

y quemé los papeles

del poema perverso:

las bárbaras endechas

de las primeras morenas restregadas

contra el hierro sudado

y el azafrán enfermo.

Ya otros me nombran en las venas

y en mis ojos se asoman dos abuelos

que están plantando olivos y maizales.

Una alondra mestiza sueña y canta

en la trunca pirámide.

Ahí mi corazón sacrificado

ritualiza nupcias

con la hermosura en fuga de los pájaros

y las hondas caricias de la muerte.

Y sin embargo soy,

sigo siendo el que escribe este poema.

Y estoy aquí, en la noche,

en la nutrida noche,

que surcan las candelas de mi nombre

(Jesucristo embriagado con balché,

Balam que escribe con símbolos latinos

lo que ha soñado en maya).

Y soy en mis hermanos, soy el viento,

soy el agua, los fuegos y la arcilla

que cantan en los bosques patriarcales.

Y aquí espero la señal de los tiempos

para encender al Sur, sacudir las sonajas

y devolver a la tierra la poesía.

Despierten los chilames de mi canto,

derrámese mi voz que es sólo sangre,

sangre abierta de luz y pedernales

para decir su ofrenda a las ciudades.

Mérida, te estoy mirando

y se me nubla la voz cuando te miro.

Manos de flamboyanes se levantan

y ante mí doblan sus dedos incendiados.

Se levantan copales, fogatas y campanas,

osamentas de templos, densos humos, luces

extrañas, gritos, metales y sonidos, voces

incomprensibles: lenguaje que otras aves

sembraron en tu vientre, en tus palabras.

Ciudad: vaso lleno de América,

de esta sola esperanza adolorida.

Te estoy buscando, ciudad americana,

y te busco y te quiero

entre estas sombras altas;

miro cómo te enciendes

en las sonoras playas

del continente amargo

hasta el fondo de todas

las cosas que me hablan.

Están vivas las cosas

y conmigo te buscan

el labriego y las gentes más sencillas.

Canta el pueblo y dispara.

Estoy con el obrero

cuando rompe las piedras que te ocultan;

se levantan los hombres y te encuentro

en la aurora que encienden los fusiles;

suda el hombre la vida

bajo nuevas ciudades que despiertan

sobre ojos y selvas que se apagan;

siento la flor y el canto

golpearme la garganta

y así herido de sol y de paisajes,

desato en mis palabras los tigres de la sangre

y oigo voces antiguas, oigo voces

que vienen de lo oscuro…

¡Ciudades! Alta es la Edad,

hondo hasta el corazón, el polvo canta.

Oh, tierra, ciudad mía, madre mestiza

nuestra, con un golpe de soles

educando el recuerdo yo te daré

un poema que será como un hijo.

Acaso será el día

en que todo se despierte

y todo hable.

Seré entonces poeta,

mis huesos serán verdes:

las torres para el canto

que soñó Pizlimtec.

Podré decir tu nombre y tu linaje,

alumbraré tu rostro, despertará el polvo,

nacerán en espigas los muchachos celestes

y los hombres sabrán por qué nacieron.

Yo ya seré mi voz únicamente.

Estaré en Chumayel

y hablaré las Escrituras:

Despertará la tierra por el norte,

Itzam despertará

y lo dirá la oropéndola

en aquel nuestro idioma

de tiernos universos.

El Alba pintando las sílabas del viento.

Saldrán todos los ríos de los pozos sagrados.

Y volverá a brotar la Flor de las Auroras.

Y cumplirán su justo destino los poemas.

(Mérida, 1974 – Toluca 1976)

Raúl Cáceres Carenzo

FIN.

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