El árbol

By on mayo 21, 2020

Salazar no supo cuándo había llegado el paquete. El remitente solo indicaba “La Tienda de Flores”. Tenía un vago recuerdo de haber ordenado un ramillete o algo por el estilo para el funeral de un compañero de negocios, pero eso había sido hace meses y nunca le dio mucha importancia ni al ramillete ni al compañero muerto.

Ya no tenía que preocuparse por nada de eso.

Llevó el paquete a la mesa de estudio que tenía frente a la ventana del segundo piso, la que miraba al jardín. Tomó un abrecartas y abrió el paquete, delicadamente adornado. Sacó el objeto en su interior y lo colocó en su mesa.

Era una maceta. Una maceta con una pequeña planta que apenas estaba brotando. Bueno, “brotar” no era la palabra, ya que parecía como si la cosa nunca hubiera recibido luz ni agua; marchita y seca, ni siquiera podría decirse si estaba viva.

Se sentó en su sillón favorito, mirando la maceta, intentando recordar cuándo había decido comprarla y, mucho más importante, por qué.

Notó que aún tenía el abrecartas en la mano. Había olvidado que lo tenía en su escritorio, casi nunca lo usaba y por eso había conservado filosa la hoja.

“Por si acaso”.

No pudo evitar sonreír. ¿Tan paranoico era? Ya no más. En esta nueva propiedad iba a comenzar su nueva y tranquila vida. Su nueva identidad y la seguridad de que nadie sabía dónde estaba (todos pensaban que estaba muerto) eran más que suficiente para asegurarle una “jubilación” como nunca hubiera imaginado.

Se levantó del sillón y tomó la maceta. Estaba de buen humor así que, en vez de tirarla, decidió colocar la planta en el centro de su jardín, justo donde daba su ventana. Tal vez hasta se tomara la molestia de regarla de vez en cuando.

En pocos días se había olvidado de ella.

***

La siguiente semana transcurrió sin incidentes. Salazar empezó a convencerse de que su coartada había resultado exitosa.

Su informante y único contacto con el mundo exterior le informó del fallecimiento de otro compañero de profesión. Esta vez no se tomó la molestia de ir al funeral. No tanto por el hecho de arriesgarse a ser visto, sino porque eventualmente descubrió que realmente no sentía nada por sus antiguos compañeros; ir a verlos a mientras descendían a sus tumbas era más una última muestra de respeto a su antigua profesión, y ahora incluso ese respeto se había ido.

Pensar en el último funeral al que había asistido le hizo recordar la planta.

Salió al patio para mirarla y se quedó mudo.

La planta había crecido. El retoño había crecido y ahora poseía un par de ramas que salían a ambos lados del tronco, y una más pequeña que se encontraba en la base. Aún se veía seca y gris, pero al menos ahora sabía que estaba viva.

Se preguntó si era normal que una planta creciera tanto en tan poco tiempo.

Un doloroso entumecimiento se apoderó de su mano izquierda. Se la frotó, aunque poco pudo hacer para amortiguar la sensación. “La mano con que sostenía la Glock”. Era un triste recordatorio de su antigua profesión, y también de lo rápido que pasaba el tiempo. Ya definitivamente no era el profesional de años atrás.

Entró de nueva a la casa, mientras abría y cerraba la mano entumecida. La planta absorbía la luz del atardecer.

***

Otra semana pasó volando. Eso sintió pues se la pasó gastando en bebidas, prostitutas y drogas parte de la fortuna acumulada por varios antiguos trabajos. Salazar no podía sentirse más satisfecho por el resultado de varios años de planeación.

Su único pesar había sido el persistente entumecimiento en su mano: había continuado por toda la semana y, aunque al principio pudo ignorarlo, se percató de que ahora la sensación se había extendido a todo su brazo. Temiendo un problema muscular severo, decidió acudir a un doctor local.

Salazar tenía más que suficiente dinero para llamar a un especialista que podría darle un diagnóstico más exacto, pero había estado moviéndose mucho los últimos días y no quería llamar la atención, a menos que fuera necesario. Además, la idea de desperdiciar tiempo, dinero y los servicios de un médico experto por un calambre le parecía ridículo.

Mintió acerca de su antigua profesión, afirmando haber sido trabajador de una construcción, eso sería suficiente para explicar sus dolencias. Aún así, el médico admitió que, aunque era común que personas mayores presentaran ese tipo de calambres, especialmente con el clima húmedo del verano, no podía explicar por qué se estaba extendiendo. Le prescribió algunos medicamentos que ayudaron un poco.

Se preguntó si habría alguna droga que le calmara las molestias, una que le pudiera pedir a su vendedor habitual. Entonces lo vio. Bajó y abrió la puerta del patio trasero.

La planta. No. El árbol. El árbol que había plantado ahora se alzaba a la altura del mismo Salazar. Una rama surgía de un lado, dividiéndose en otras cinco ramas más pequeñas; la rama parecía doblarse en su extremo. Era mucha más grueso y no terminaba en forma de punta, si no en un bulto que se inclinaba hacia adelante. Le recordaba la figura de un hombre encorvado, un pensamiento que le desagradó.

Aunque admitió que había perdido la noción del tiempo, estaba seguro que un árbol no hubiera arraigado en tan solo un par de semanas, mucho menos la planta que él había sembrado, considerando que él no le había dado cuidado alguno. Dudaba que la luz del sol y las lluvias de verano hubieran sido suficientes para que la planta llegara a este estado.

De vuelta en su sillón, se convenció de que estaba exagerando las cosas. El árbol solo había crecido y él no se había dado cuenta del tiempo consumido, eso era todo. Como un reloj natural, le recordaba así lo rápido del transcurrir del tiempo. Tal vez era ese pensamiento lo que en verdad le afectaba.

¿Siquiera sabía qué tipo de árbol era? Eran botánicos los que sabían de estas cosas, ¿verdad? ¿Conocía a algún botánico, o había alguno que viviera cerca?

Mientras pensaba, Salazar recordó algo que había enterrado hacía mucho tiempo en su memoria. Algo que había pasado en sus días de sicario.

Recordaba estar en un invernadero de noche. Su arma humeante en su mano. Frente a él estaba el cuerpo de una mujer de tez morena, de larga cabellera. Le había disparado en la cabeza, y la sangre había salpicado las hojas de unas margaritas, como remedando el rocío de la mañana. La mujer era una botánica conocida en todo Oaxaca, muy extraña, conocida por sus remedios caseros y naturales que a él le sonaban nada más que a otra mierda hippie de la New Age o algo así.

Como fuera, ella (ni siquiera recordaba su nombre) había estado suministrando al pueblo local “medicina natural” y similares que habían tenido como efecto eliminar la dependencia adictiva de muchos de los malvivientes que eran la clientela habitual de los proveedores de drogas en esa región. Esto no les gustó para nada a los capos. No pasó mucho tiempo para que mandaran a Salazar a “persuadir” a la mujer de parar sus tonterías.

La conversación fue corta y la mujer descubrió espantada que la Glock 9mm de su verdugo era bastante efectiva para terminar una discusión.

No vio a la niña sino hasta después de que disparó su arma. Escuchó un suspiro ahogado y la vio ahí, con lágrimas en los ojos. Salazar levantó el arma, listo para terminar el trabajo, pero desistió. Era muy poco profesional dejar a un testigo con vida, pero en la oscuridad de la noche sin luna dudaba que ella lo identificara. Además, sus jefes podían comprar por muy poco a todos los policías de la región, e incluso del estado. Se retiró sin más, sin siquiera mirar a la niña.

Una sensación punzante lo sacó de sus recuerdos. Su brazo izquierdo estaba invadido por un incómodo calambre que lo obligó a no moverse, esperando a que la sensación se fuera. Esto nunca pasó. Empezó a sentir sueño, resultado del cansancio de su día de juerga.

“La derecha” pensó mientras se deslizaba a la inconsciencia. “No soy zurdo. Siempre he sostenido la pistola con la derecha.” La sensación de entumecimiento recorrió su brazo izquierdo, mucho más allá del hombro. El sueño acudió a él mientras veía las ramas del árbol mecerse con el viento de verano.

***

El buzón de mensajes de la grabadora del teléfono sobre su escritorio lo despertó. Se percató de que la insensibilidad ahora invadía los dos brazos y que también tenía un calambre en ambas piernas, aunque podía deberse al haberse dormido sentado.

Escuchó la grabación: su contacto le había dicho por teléfono que otro de sus compañeros, su antiguo jefe, había fallecido también. ¿Era solo su impresión o todos sus compañeros habían estado muriendo muy seguido estos meses?

Sospechó de alguna especia de atentado organizado, pero usualmente los Cárteles era menos sutiles cuando se trataba de acabar con la competencia, y todas las muertes habían sido accidentes desafortunados, aunque bastante extraños.

El cuerpo de su antiguo jefe había sido encontrado en el desierto de Sonora, clavado en un montón de nopales. El sujeto del funeral al que no había asistido murió cuando una enredadera “accidentalmente” se enredó en su cuello mientras pintaba su casa, haciéndolo caer de la escalera y romperse el cuello. Así había otras muertes similares.

Salazar tuvo entonces un momento de lucidez. Intentó alcanzar el teléfono pero, al inclinarse, la sensación punzante le invadió toda la espalda. Esto no era un calambre. La sensación ahora lo arropaba con una manta de dolor que se manifestaba cuando se movía. A eso también se le añadía el hecho de experimentar un inmenso cansancio. Debería sentirse descansado tras haber dormido, pero sentía como si su cuerpo no hubiera tenido reposo en días. Tal vez era el efecto de la medicina que le habían dado, en combinación de las drogas que usaba, aunque estaba seguro de que no había tomado nada la noche anterior.

Desesperado, mientras barajaba la idea de gritar por ayuda, lo vio.

El árbol. La rama del árbol. Las ramas del árbol.

Ahora las dos ramas extendidas en ambos lados contaban cada una con las mismas cinco ramas pequeñas. El bulto superior ahora se había enderezado y mostraba algo que no distinguía inicialmente. Cuando lo hizo, experimentó un terror infinito, un miedo primitivo que nunca pensó podría sentir.

Intentó gritar, pero su mandíbula y sus dientes lo llenaban de un lacerante dolor al intentar emitir sonidos.

Pronto Salazar se quedó quieto, pensando qué hacer. Pensando. Pensando…

***

El joven suspiró. Había sobrevivido el mes más atareado de su. Como vendedor de bienes raíces novato, había pasado por lo que estaba seguro era la cima de su profesión: No todos los días logras vender la casa de un antiguo sicario a un precio razonable. Pero lo había hecho.

Todos esos días de papeleo, declaraciones policiacas, trabajadores yendo y viniendo para sacar todas las drogas y armas escondidas, etcétera. Usualmente la idea de alguien muriendo en una casa era la razón principal para desistir de algunos potenciales compradores. En este caso, la muerte del dueño anterior fue el menor de los problemas.

Después de terminar con todas las legalidades, se dirigió a la nueva propietaria de la vivienda. El joven tuvo que admitir que había tenido una suerte del demonio al poder obtener una oferta tan buena como la de la señorita Aura. Era un peculiar nombre y tal vez fue poco profesional en decirlo. Ella solo sonrió. Dijo que no era su nombre real, pues se lo había cambiado hace algún tiempo. Lo había tomado del título de su novela favorita.

El joven admitió que había disfrutado la compañía de la señorita Aura mucho más que la de otros clientes. La primera vez que la vio, no pudo evitar fijarse en su despampanante belleza y bien proporcionado cuerpo, así como ese curioso aroma de rosas que la acompañaba. Piel morena, cabello largo, envuelta en un vestido negro con una pequeña flor decorando el bolsillo cercano a sus abundantes pechos.

Esa flor era lo que había decidido usar como excusa si le llamaba la atención por estar viéndole los pechos; sin embargo, aunque más de una vez pareció que ella lo notaba, no le dijo nada. Lo cual era mejor porque terminó prestando más atención a la flor que su despampanante anatomía. ¿De qué color eran esos pétalos? No estaba seguro. Era como si no hubiera un nombre para ese color, tal vez porque en realidad no existiera.

Encontró a la señorita Aura en el patio, mirando el macabro árbol que se encontraba en el centro del patio. Aún no entendía por qué no lo había mandado a talar, aunque no parecía tener ningún problema con él. Después de todo, ¿no había dicho que era botánica o algo así?

El joven la observó a una distancia considerable, para darle privacidad.

Parecía susurrarle al árbol, lo cual no era lo más raro que había visto hacer a la gente en este negocio. Alcanzó a escuchar e identificó dos palabras: “Dolor” y “Amor”.

Finalmente, se alejó del árbol. Parecía mucho más satisfecha que cuando había llegado. Firmó los papeles restantes.

Ella preguntó al joven si conocía algún restaurante donde pudiera cenar, invitándolo a comer. El joven respondió que sí más rápido de lo que hubiera querido.

La diva, con una sonrisa seductora, dijo algo acerca de que después podrían pasar a su apartamento para que ella le mostrara “cómo sembrar sus semillas”. El tono en que dijo esa última frase estaba tan cargado de sensualidad, que era obvio incluso para el más obtuso de los sujetos lo que quería decir.

El joven cerró la casa en tiempo récord y siguió a la señorita Aura hasta su auto.

Afuera, el árbol se mecía con suavidad, mientras la conciencia que atrapaba en su interior clamaba por ayuda que jamás llegaría.

HUGO PAT

yorickjoker@gmail.com

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