Visitas: 12

Rocío Prieto Valdivia
Amar a otro es una urgencia que nace del deseo de dar sentido a la vida. No es un acto inocente: amar nos expone, nos abre, nos vuelve vulnerables a la pérdida y al cambio. Por eso el Amor puede doler, no porque deba doler, sino porque toca lo que está vivo. El Amor no es una herida buscada, pero sí una herida posible.
Las Santas Escrituras dicen que “el Amor es sufrido, es benigno”. No celebran el sacrificio, sino la capacidad del Amor para sostener, para resistir sin quebrarse.
Hemos confundido esa resistencia con la idea de que el Amor verdadero exige padecimiento, como si el sufrimiento fuera una prueba de autenticidad cuando el Amor que vale la pena no destruye: engrandece. No hiere por capricho: transforma.
La Naturaleza lo muestra con claridad: los árboles acogen a los pájaros, pero también reciben sus heridas; el ser humano ama el mundo, y al mismo tiempo lo hiere con sus manos; el mundo, en respuesta, lo hiere con plagas.
Amar implica tocar y ser tocado. En ese roce inevitable se producen marcas. Algunas duelen, otras enseñan; todas nos recuerdan que estamos vivos.
Jorge Humberto Chávez escribió alguna vez que “la ternura también es una forma de resistencia”. Esa idea ilumina el corazón de este ensayo: Amar no es rendirse al dolor, sino sostener la vida incluso cuando duele. La ternura es la fuerza que permite que el Amor no se vuelva violencia, que la herida no se convierta en destrucción.
Sin embargo, el Amor no se queda en ese instante de roce. Trasciende. Permanece en los gestos que otros repiten, en la forma en que enseñamos a mirar el mundo, en las decisiones que alguien toma porque un día se sintió cuidado.
La trascendencia del Amor no depende de su duración, sino de su calidad ética. Un acto de bondad puede tener más fuerza que cualquier declaración grandilocuente. A veces basta una palabra para que alguien recuerde su dignidad; basta un gesto para que el mundo sea menos hostil.
El Amor es una de las pocas fuerzas humanas que continúan cuando nosotros ya no estamos. Sobrevive en los descendientes, en los amigos, en los desconocidos que reciben el efecto de un acto que nunca supieron de dónde venía.
Trascender no es ser recordados, sino haber transformado algo. El Amor, cuando es auténtico, transforma.
La trascendencia del Amor no se busca: ocurre. Surge cuando amamos con bondad, sin cálculo, sin la obsesión de dejar un legado. Porque el verdadero legado del amor no es la memoria, sino la continuidad del bien que provoca.
A veces solo requiere una caricia, una palabra, un acto de fe. Lo esencial no necesita adornos.




























