Dos siglos de dramaturgia regional en Yucatán – XIX

By on enero 7, 2022

XIX

Juan García Ponce

 

Alrededor de las Anémonas

Comedia en tres actos

 

ACTO I

Continuación…

Por la izquierda entra ALBERTO. Es un muchacho de unos veintitrés años, no muy alto, pero tampoco bajo. Delgado y más o menos atractivo.

JOSEFINA: ¡Jesús! ¡Mira quién viene ahí!

MARÍA: ¡Es verdad! ¡Cállate!

(Se levanta.)

ALBERTO: Buenos días. (Sube hasta el portal.)

MARÍA: Buenas, Alberto…

JOSEFINA: Buenos días….

Un silencio. MARÍA y JOSEFINA esperan a que ALBERTO hable. Este se turba.

ALBERTO: Este… venía a ver si aquí… venía a ver si ya estaba lista Marcela.

MARÍA: ¿Vas a salir con ella?

ALBERTO: Si… si usted me lo permite…

MARÍA: ¿Adónde van?

ALBERTO: Anoche quedamos en ir a tomar ceniza, juntos.

MARÍA: Pero, ella no regresó contigo anoche.

ALBERTO: No, señora.

(Pausa. Después, con súbita inspiración. Rápidamente.)

Pero habíamos quedado antes…

MARÍA: No me refiero a eso. Lo que quiero saber es cómo permitiste que se quedara con otra persona, cuando yo se la había encargado a ustedes…

ALBERTO: Doña María, eso no es culpa mía. Yo se lo dije; pero ella estaba un poco enojada y no me hizo caso. Yo soy el que debería estar ofendido… Me dejó plantado a la mitad del baile.

JOSEFINA: Algo le habrás hecho.

ALBERTO: No.

(A MARÍA.)

Al menos, no como para que se enojara tanto, doña María. Yo le dije que me perdonara un momento, porque iba al baño; pero cuando regresé, la encontré bailando… y ya no quiso volver conmigo, que porque la había dejado por irme al bar. Pero no era cierto… yo no había ido al bar. Le doy mi palabra.

(Abatido)

También se la di a ella, pero no quiso creerme.

MARÍA: En cualquier forma, tu obligación era esperarla y traerla hasta aquí… ALBERTO: Yo la esperé; pero no quiso venirse conmigo…

MARÍA: Si fue así, gracias por habérmelo aclarado. Ya me ocuparé de regañarla. ALBERTO: No, doña María. ¡Por favor! No lo haga. Ella me echaría la culpa y terminaría enojándose más todavía.

MARÍA: Comprende, Alberto… y así se lo dije a tu tía cuando vino a pedirme el permiso, que esta niña está sola y que es responsabilidad mía velar para que nadie hable mal de ella. Cuando te doy permiso para que la acompañes, es porque sé que tú eres un muchacho juicioso; pero tendrás que evitar que las circunstancias me obliguen a pensar lo contrario, porque entonces, te negaré el permiso la próxima vez que me lo pidas.

(Volviéndose a JOSEFINA.)

¿Estuvo bien?

JOSEFINA: ¡Estupendo!

MARÍA sonríe satisfecha.

ALBERTO: (Sorprendido) No tenga cuidado, doña María. Yo evitaré… (Se calla al ver que MARÍA comienza a hablar con JOSEFINA)

MARÍA: Me estuve sintiendo todo el tiempo como el papá de Magdalena, la de la radio.

JOSEFINA: ¡Con razón a mí me pareció que ya había oído decir eso en algún lado!

(Después, mirando a ALBERTO)

María, creo que él quiere decirte algo.

MARÍA: ¿Quieres algo, Alberto?

ALBERTO: Si; preguntarle si está Marcela.

JOSEFINA: ¡Ay, qué distraída! No te habíamos dicho, ¿verdad?

ALBERTO: No, yo…

MARÍA: Pues, si está. Ana está con ella. Debe de estar terminando de vestirse.

(A JOSEFINA)

¿Quieres ir a decirle, por favor, que Alberto está aquí?

JOSEFINA: Si, María.

(A ALBERTO)

Ahorita le aviso… (Sale le por la derecha)

MARÍA: ¿Y estuvo animado el baile?

ALBERTO: (Muy animado.) Había una cantidad increíble de gente. Casi ni se podía bailar.

MARÍA: ¡Qué bonito! A mí me parece muy bien que se diviertan en el Carnaval: pero con la condición de que ahora, en Cuaresma, se acuerden de que es tiempo de hacer penitencia.

ALBERTO: Si… este… lo mismo dice mi abuela…

MARÍA: (Mirándolo fijamente) Tú te pareces muchísimo a tu tío Arturo.

ALBERTO: ¿Si?

MARÍA: Eres igualito. Sólo que él era un poco más alto que tú. Lo recuerdo perfectamente porque era del grupo de mi pobre Julia, la mamá de Marcela. ¿Tú te acuerdas de ella?

ALBERTO: Muy poco. Éramos muy chicos cuando…

MARÍA: Si. Tú tendrías tus siete u ocho años, cuando más. Pero este tu tío Arturo era un diablo. Todas las mamás le tenían miedo. En cambio, las muchachas lo adoraban. ¡Quién iba a decir que con el tiempo sería tan serio! Me acuerdo que, en su época, cada vez que una muchacha quería hacer viaje, hacía que tu tío la enamorara. Con eso bastaba: inmediatamente la mandaban fuera….

ALBERTO: Yo no sabía…

MARÍA: Pues así era. En cambio, tu papá siempre fue muy serio y sufría muchísimo con las barbaridades de Arturo. Pero ya ves: nada más se casó y ¿quién lo iba a decir? Se transformó en otro hombre. La esposa de tu tío era muy amiga de la mamá de Marcela. Siempre andaban juntas. Sólo cuando tu tío empezó a enamorarla, se separaron un poco, porque a tu tío siempre le había gustado mi pobre Julia y por eso ella prefirió hacerse un poco a un lado. Pero después de la boda, volvieron a ser tan amigas como antes. Así que, ya ves: Marcela podía haber sido tu prima.

ALBERTO: Yo prefiero que no lo sea…

MARÍA: No, claro. Tú no. Desde luego. Pero ahora que estás visitándola, me parece estar viendo a tu tío Arturo con mi pobre hija…

(ALBERTO sonríe.)

¡Hasta tu risa es la misma! Es increíble. En cambio… mira qué cosa: sus hijos no se le parecen nada.

ALBERTO: Dicen que el mayor si…

MARÍA: ¡No, qué va! Ese niño es idéntico a su mamá. ¿Quién dice esa tontería?

ALBERTO: Mi tía, la esposa de mi tío Arturo.

MARÍA: No me extraña nada. Las mamás son siempre las últimas en encontrar el parecido a sus hijas.

Por la derecha entra EMILIO. Es de regular estatura, pero muy delgado. Sin ser precisamente guapo, es muy atractivo.

EMILIO: (Subiendo al portal.) Buenos días, doña, Mari. ¿Está Marcela?

MARÍA: Sí, pasa y siéntate. Se está arreglando.

EMILIO: Gracias.

(A ALBERTO.)

¿Qué pasó?

ALBERTO: Hola.

EMILIO: (Sentándose.) ¿También estás esperando a Marcela?

ALBERTO: Si.

EMILIO: Ah.

(Pausa. Después, a MARÍA)

¿Cómo está usted, doña María?

MARÍA: Muy bien. ¿Y tú?

EMILIO: Yo también. Bien, como siempre.

MARÍA: Pero estuviste enfermo, ¿no?

EMILIO: El año pasado; pero ahora, ya estoy perfectamente.

MARÍA: ¿Estás seguro?

EMILIO: Sí; completamente. Eso ya pasó. El doctor dice que estoy completamente normal.

MARÍA: ¡Qué bueno! Tu mamá debe estar muy contenta. Le diste el gran susto,

EMILIO: No crea usted. Ella siempre pensó que lo que me pasaba era que yo ya no quería estar en México.

MARÍA: Eso te diría a ti. Pero tenía mucho miedo. Yo siempre la veía en la iglesia, rezando por ti.

EMILIO: Mi mamá siempre ha ido a la iglesia…

MARÍA: Sí, pero esos días iba por ti.

EMILIO: Ah, bueno…

(A ALBERTO)

¿Llevas mucho tiempo esperando?

ALBERTO: No; acabo de llegar.

EMILIO: (Consultando su reloj)

Pues si Marcela quiere llegar a tomar ceniza, todavía, tiene que darse prisa. Ya son casi las once…

ALBERTO: ¿A ti también te dijo que pasaras por ella?

EMILIO: Si, ayer, cuando vine a dejarla.

MARÍA: ¿Fuiste tú el que la trajo entonces? Llegaron demasiado tarde.

EMILIO: Sí, fui yo, con mi hermana y mi cuñado. No tenía con quién venirse y yo…

MARÍA: Alberto y su tía la estaban esperando.

(A ALBERTO)

¿Verdad?

ALBERTO: Bueno, mi tía ya se había ido; pero…

EMILIO: Ella misma me pidió que la trajéramos. Por eso lo hicimos.

MARÍA: Me lo imagino. Marcela es capaz de todo. Te agradezco mucho que te hayas ocupado de eso.

(A ALBERTO)

Y tú, no me habías dicho que tu tía se había ido ya. Debiste obligarla a salir con ella.

ALBERTO: Yo lo intenté, doña María: pero ella no quiso salir.

Por la derecha -de la sala- entran ANA y MARCELA. MARCELA tiene diecisiete años. Es muy bonita, alta y delgada, con ojos claros y pelo negro, peinado hacia atrás, con la así llamada cola de caballo. Aparenta más edad de la que tiene.

MARCELA: ¿Qué fue lo que no quise hacer?

(Besa a MARÍA, que sonríe y la acaricia ligeramente.)

ALBERTO: Le estaba explicando a tu abuelita que…

MARCELA: (Interrumpiendo a MARÍA.) Se metió al bar y estuvo allí dos horas y todavía pensaba que me iba a quedar esperándolo…

ALBERTO: No fueron ni siquiera diez minutos…

MARÍA sale disimuladamente.

MARCELA: Pues a mí me parecieron dos horas. Será porque te extrañé mucho. ALBERTO: (Convencido.) Me lo hubieras dicho y no me hubiera separado de ti un solo minuto…

MARCELA: Te estabas muriendo de ganas de ir al bar, o a ese otro lado al que dices que fuiste. A mí me da lo mismo. No tenía porque no dejarte ir, si eso era lo que querías.

ALBERTO: No es que quisiera, es que necesitaba…

ANA: (Interrumpiendo) Hola, Emilio. No te había visto. ¿Hace mucho que llegaste?

MARCELA: Ya no tenemos nada que decirnos.

(A ALBERTO)

¿Verdad Alberto?

ALBERTO: No. Si tú estás convencida ya de que yo tengo la razón… no.

MARCELA: Claro, hombre. Siempre lo estuve. No te preocupes por eso.

(A EMILIO)

¿Te fuiste a dormir después de que me dejaste?

EMILIO: Desde luego…

MARCELA: Así me gusta. Que cumplas tus promesas.

ANA: ¿Qué promesas?

MARCELA: Le aposté a que no se está quince días sin tomar….

ANA: ¡Uy, Emilio! Vas a perder…

EMILIO: ¿Por qué? Después de todo, no es difícil…

ANA: ¿Cuánto apostaron?

MARCELA: Eso es un secreto. Quedamos en que si alguno de los dos lo decía, se rompía el trato.

EMILIO: Así que ya lo sabes: prohibidas las preguntas indiscretas.

ANA: Uy, ¡qué misteriosos!

ALBERTO: Deberías hacer conmigo, una apuesta así.

MARCELA: Contigo no tiene chiste. Me ganarías fácilmente.

ALBERTO: Por eso mismo. Necesito dinero.

MARCELA: No fue dinero lo que apostamos. Así que no te apures.

Entra MARÍA con una bandeja en la que lleva varios vasos de limonada.

MARÍA: Pensamos que tendrían sed.

ANA: ¡Mucha, señora! Gracias.

(Toma uno de los vasos y bebe)

MARÍA: (A ALBERTO.) ¿Tú, no quieres?

ALBERTO: Si, gracias.

(Toma otro vaso)

MARÍA: ¿Tú, Emilio?

EMILIO: Sí, cómo no….

(Toma el suyo.)

ANA: ¿Estás crudo?

EMILIO: No. ¿No me viste, anoche?

ANA: Perdona. Me olvidé de que estabas bajo la protección de Marcela.

MARÍA: Y tú, Marcela: ve inmediatamente a desayunar…

MARCELA: Pero, abuelita. No tengo hambre.

MARÍA: No importa. Tienes que comer algo. De aquí no sales sin desayunar.

MARCELA: Está bien.

(A los demás.)

Espérenme un momento: no tardo nada.

(A MARÍA)

Por tu culpa nos vamos a quedar sin ir a tomar ceniza.

MARÍA: Pueden ir en la tarde. Anda, no pierdas más el tiempo.

Salen MARCELA Y MARÍA

EMILIO: Tendremos suerte, si salimos de aquí a las doce.

ANA: Eso no es nada. Si no llego a venir yo, Marcela estaría durmiendo todavía.

EMILIO: ¡Con el trabajo que me costó levantarme para no llegar tarde!

ALBERTO: Me lo imagino.

(Pausa.)

¿Ya no has hecho más versos?

EMILIO: No, qué va… La semana pasada publicaron los que tú leíste porque no tenían con qué llenar la página dominical. Yo nunca pensé que servirían para algo.

ALBERTO: Ah… Yo creía que ibas a dedicarte a eso.

EMILIO: No. Yo quiero seguir estudiando.

ALBERTO: ¿En México?

EMILIO: Desde luego, Aquí ni siquiera hay esa carrera. Tiene que ser en México. ANA: ¿Piensas regresar este año?

EMILIO: No lo sé, todavía. Primero tengo que hablar con mis papás. Pero ellos aceptarán. Aquí ya no me aguantan. Creo que darían cualquier cosa porque regresara.

ANA: No lo dudo.

(Pausa)

Oye… ¿es cierto que anoche Pepe llegó marihuano al baile?

EMILIO: ¿Quién te dijo eso?

ANA: Todo mundo lo dice. Me contaron que estaba diciendo que se sentía golondrina y que quería tirarse para volar. Yo vi cuando lo estaban deteniendo para que no se lanzara desde la terraza. Y, además, parecía conejo, de lo rojo que tenía los ojos.

EMILIO: Estaría borracho. Lo que pasa es que aquí les encanta hablar, por hablar. Y a ti, con más razón, cuando se trata de Pepe. ¿Verdad, solterona?

ANA: Pues mira, chiquito. Pepe será muy amigo tuyo; pero yo he visto a millones de borrachos y nunca y nunca les ha dado por sentirse golondrinas. Yo estoy segura de que eso era estar algo más que borracho.

ALBERTO: A mí, el otro día me dijeron que Pepe era maricón.

EMILIO: Es mentira. Lo que pasa es que aquí no pueden comprender que hay gente a la que no le atrae hacer lo mismo que ustedes. Pepe es como cualquier otro… probablemente mucho mejor. Y si se emborracha tanto, es precisamente por eso: porque no soporta este medio en el que sólo las que se hacen con prostitutas son cosas de hombres.

ANA: ¡Emilio!

EMILIO: ¿Qué? ¿Dije algo malo? ¿O es que tú no sabías que esas mujeres existen?

ANA: Prefiero hablar de cosas más agradables. ¿Ya saben el último chisme?

ALBERTO: ¿Cuál?

ANA: Dicen que doña Mercedes, la tía de Marcela, ya se enteró de que don Álvaro tiene una amante, y ahora quiere divorciarse.

EMILIO: ¡Eso sí que es desagradable!

ALBERTO: ¿Estás segura? ¡Sería un escándalo! ¿Ya lo sabrá doña María?

ANA: Qué va. Ella cree que don Álvaro es un santo. Dios quiera que nadie se atreva a decírselo.

EMILIO: Si, cómo no. Te apuesto lo que quieras a que, si eso es cierto, en menos de dos días ya está aquí su abuela haciendo preguntas inocentes.

ALBERTO: Eso a ti no te importa.

EMILIO: ¿Y qué? Tampoco a tu abuela debería importarle que se divorcie, se muera o se duerma la gente. Y, sin embargo, ya ves…

Entra MARCELA con JOSEFINA.

EMILIO: ¿Lista ya?

MARCELA: Lista. Ya me hicieron comer como loca.

JOSEFINA: ¡Es una barbaridad! Por salir a la calle, ni siquiera desayunas lo suficiente.

MARCELA: Pero, tía: no voy a la calle, sino a la iglesia.

JOSEFINA: Ni por eso debes desayunar tan poco. A tu edad, se necesita comer. MARCELA: (A ANA.) Para que estuviera contenta tendría que pesar lo menos cien kilos.

JOSEFINA: La gordura nunca ha hecho daño. A mí no me gustan los chilibes. Ustedes parecen lombrices.

MARCELA: (Señalando a ALBERTO y a EMILIO) Pregúntales a ellos que opinan de eso….

JOSEFINA: Opinen lo que opinen, yo digo que las mujeres tienen que comer.

MARCELA: Está bien, tía. Me rindo.

(La besa)

Y me voy ya, porque si no, no vamos a llegar nunca.

ANA: (Besa a JOSEFINA.) Adiós.

JOSEFINA: Adiós, linda. Cuídense mucho.

EMILIO Y ALBERTO: Adiós.

Entra MARÍA, casi corriendo.

MARÍA: Marcela, espera. Se te olvidaba la mantilla.

ANA: ¡Ay! La mía también.

MARÍA: Aquí (Se las da.) la traigo.

MARCELA: (Besando a MARÍA) Gracias. Regresaré a la hora de la comida.

ANA: (Besándola también) Adiós, doña Mari.

MARÍA: Adiós, y saluda mucho a tu mamá.

ANA: Si, gracias.

EMILIO Y ALBERTO: Adiós, señora.

MARÍA: Adiós, y cuídenlas mucho.

Salen por la derecha, ANA, MARCELA, EMILIO Y ALBERTO.

MARÍA: Van pensando en todo, menos en tomar ceniza.

JOSEFINA: Es la edad. María. Todos hemos sido así.

MARÍA: ¿Te acuerdas, todavía? ¡Qué memoria!

JOSEFINA: Pues sí me acuerdo. Me acuerdo perfectamente. Hace ya más de cincuenta años. ¡Cómo pasa el tiempo! Pero cada vez que veo el retrato en que estamos tú y yo, paradas junto a mamá, con ella tan oronda, con sus dos hijas a los lados me acuerdo perfectamente de los carnavales de entonces. Eran mucho más bonitos que los de ahora; con sus paseos en coche calesa y sus bailes de gran gala. Recuerdo que una vez, hasta vino un ministro de Don Porfirio y fue el gran escándalo porque empezó a salir con Rosa, la abuela de estos muchachos y luego resultó que era casado. Entonces sí que era bonita la batalla de las flores. No como ahora, que en lugar de flores se tiran piedras y huevos podridos.

MARÍA: Si, pero nosotros éramos mucho más serios y juiciosos que estos niños. ¿No crees?

JOSEFINA: Iguales. Acuérdate de cómo nos escondíamos de mamá para besarnos. Tú, con Álvaro y yo con aquel muchacho de Veracruz que luego nunca me escribió.

MARÍA: ¡Josefina, por Dios!

JOSEFINA: ¿Qué tiene? Si es la verdad. Nunca llegamos a más. Yo, por tonta. Pero buenos besotes que nos dábamos.

MARÍA: No quiero que hables de eso.

JOSEFINA: No hablaré, entonces.

(Pausa)

¡Pero es la verdad!

MARÍA: ¡Cualquiera que te oyera hablar pensaría que habías sido una pirujilla!

JOSEFINA: (Asustadísima) ¡María!

Lo piensa un poco y comienza a llorar.

MARÍA: (Muy turbada.) Perdóname. No quise decir eso. Tú sabes que… ¡Josefina! JOSEFINA: ¡Pero lo dijiste! ¡Lo dijiste! Y yo no era una pirujilla. No era una pirujilla.

Llora desconsoladamente. Se levanta y sale.

MARÍA: Josefina, por favor, espera.

(Intenta detenerla, inútilmente. Sale JOSEFINA.)

¡Pues haz lo que quieras!

(Se sienta en el sillón y comienza a columpiarse, fingiendo indiferencia. Se asoma JOSEFINA.)

JOSEFINA: ¡No lo era!

Vuelve a entrar, rápidamente. MARÍA se encoge de hombros y sigue meciéndose. Por la derecha entra MERCEDES. Tiene, aproximadamente, cuarenta años. Conserva un poco de su anterior belleza; pero a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, es evidente que tal belleza ha comenzado a desaparecer bajo una cada vez más notoria gordura.

MERCEDES: (Entrando a la casa.) Buenos días, doña Mari.

MARÍA: (Levantándose) ¡Merceditas! ¡Qué bueno que vienes por acá!

(La besa)

Siéntate, siéntate. ¡Qué alegría!

MERCEDES: Gracias.

MARÍA: (Se sienta también.)

José estuvo aquí toda la mañana. Acaba de irse.

MERCEDES: ¿Sí? No lo sabía. Se salió de la casa sin avisarme. Está castigado.

MARÍA: ¿Por qué? ¿Por lo de ayer? ¡Pobrecito!

MERCEDES: ¿Ya le contaron…?

MARÍA: Me lo dijo Ana, la hija de Ana Gutiérrez. Acaba de salir de aquí, ella y Marcela. ¿No las viste?

MERCEDES: Sí. Me crucé con ellas. Me dijeron que iban a la iglesia. Por cierto que Marcela estaba con el Emilio ése. ¿Lo sabía usted?

MARÍA: Salieron juntos, desde acá. Pero también con Alberto. ¿No iba con ellos? MERCEDES: Sí, lo vi conversando exclusivamente con Ana, a diez metros atrás, al menos. Tiene usted que tener mucho cuidado doña María, porque la gente ya empieza a hablar.

MARÍA: Lo sé; pero esta chiquilla es un diablo. Hace lo que le da la gana. Por más esfuerzos que hacemos su tía y yo, no podemos dominarla. Ahora, yo sé que en el fondo ella es muy buena. Lo malo es que es demasiado alegre. Por eso habla la gente; pero son puros chismes. Yo le tengo confianza.

MERCEDES: No crea usted. A veces los chismes tienen una base verdadera.

MARÍA: Es cierto, por eso hay un refrán que dice que cuando el río suena, es que agua lleva. ¿Verdad? ¿Qué es lo que dicen de ella? No será nada malo….

MERCEDES: No. Malo no. Pero creo que ayer dejó plantado a Alberto para irse con Emilio.

MARÍA: Yo ya estaba enterada de eso. Fue porque Alberto le hizo una grosería. Ya tuvieron aquí una explicación. ¿Tú no viste cómo fue?

MERCEDES: Yo no fui al baile.

MARÍA: No me digas. ¡Qué pena! ¡Tan animado que dicen que estuvo! ¿Y por qué no fuiste?

MERCEDES: Porque tuve un pleito con Álvaro. De eso, precisamente, quería hablarle.

MARÍA: (Alarmada.) No será nada serio…

MERCEDES: Muy serio, doña María.

(Pausa.)

Voy a divorciarme.

MARÍA: ¡Por Dios, Mercedes! ¡No digas eso! ¡Una mujer de tu educación, no puede hablar así! ¿Y tus responsabilidades de madre? Piensa en tus tres hijos y en tu posición en la sociedad. No estás hablando en serio, ¿verdad? ¿Qué es lo que ha pasado que te obliga a decir algo tan grave? ¡Eso no puede ser!

(Comienza a lagrimear.)

MERCEDES: Pues va a ver, doña María. Estoy decidida. Son precisamente mis hijos los que me han hecho tomar esta determinación. He sabido que Álvaro tiene una amante y yo eso no puedo permitirlo, doña María. ¡No puedo permitirlo. ¡Lo sabe todo el mundo! ¡Es un escándalo! Todo mundo se ríe de mí, a mis espaldas.

(Llora desconsoladamente.)

MARÍA: (Consolándola.) Pero, Mercedes, por Dios. Esos son chismes. Tú no debes creerlos. No hagas caso, niña. No debes hacer caso.

MERCEDES: (Abrazándola, sin dejar de llorar.) ¡Es verdad, doña María! Yo, al principio, tampoco lo creía; pero ahora estoy convencida. Y yo no puedo permitirlo. No me importa nada; de mí no se va a reír nadie. ¡Voy a divorciarme! ¡Yo no soy como las demás! ¡No me importa lo que otros hagan! ¡Yo voy a divorciarme!

MARÍA: Pero, Mercedes… no… Tú no puedes hacer eso. Es imposible… Tu educación… tus principios. ¡Dios no te lo perdonaría! ¡Nunca! ¡Ni yo tampoco! Sería espantoso. Tú… Alvarito… No, no puede ser verdad. Debes estar equivocada. La pasión te ciega. Mercedes… Piénsalo… Él es muy bueno y muy serio… Eso no puede ser verdad. Te estás portando muy injustamente. No tienes derecho a hablar así de mi hijo… Piénsalo.

MERCEDES: (Se separa de ella.) ¡Su hijo! ¡Claro! ¿No sé cómo no lo pensé! Usted le dará la razón ¿verdad? Y yo que creí que usted lo arreglaría… Pero no me importa lo que diga. Ya lo verá. Voy a divorciarme. ¡A divorciarme! ¡Por muy bueno y muy su hijo que sea! De mí no va a burlarse nadie.

MARÍA: No, Mercedes, no es eso… Yo no lo defiendo… Es sólo la sorpresa; pero voy a averiguarlo, te lo prometo. ¡No vayas a hacer ninguna tontería! Ten calma. MERCEDES: ¡Calma! Es a Álvaro, al que debiera decirle eso, no a mí… Pero, ya lo verá: me divorciaré. Eso es seguro. Ya se arrepentirá de no haberme creído.

(Se levanta y sale)

MARÍA: (Siguiéndola.) ¡Mercedes! ¡Espera! ¡Niña! Yo voy a hablar con él. ¡Espera!

(Pero MERCEDES ha salido ya.)

MARÍA: (Desplomándose en una de las mecedoras.) ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué?

(Pausa.)

Josefina, Josefina.

 

Entra JOSEFINA

 

JOSEFINA: ¿Qué pasa? ¿Quién vino?

MARÍA: ¡Ay, Josefina! Mercedes… Alvarito… ¡Ay!

JOSEFINA: ¿Qué cosa? ¿Qué es lo que pasa?

MARÍA: (Rompiendo a llorar.) ¡Van a divorciarse!

JOSEFINA: ¡A divorciarse! ¡Dios mío! ¡Como en el radio!

 

Telón

Fernando Muñoz Castillo

Continuará la próxima semana…

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