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El auge maderero de la empresa Medval de Colonia Yucatán y La Sierra se debió principalmente a la exportación de sus productos de calidad hacia diversos países como Perú, Cuba, Puerto Rico, y los Estados Unidos entre otros.
Además, atendieron el mercado nacional: México D.F, Torreón, Guadalajara, Tampico, Sonora, Veracruz y Monterrey. En el modelo comercial, el puerto de El Cuyo fue pieza clave en el desarrollo de Medval, fundada por el ingeniero Alfredo Medina Vidiella. Emplearon varios hombres de mar en la construcción del muelle de madera (ya inexistente), y después en la recepción y estiba del material, como nos comenta uno de los sobrevivientes de esa época de oro de la industria maderera: don Baltazar Aguiñaga Calderón.
“Yo trabajé en la construcción del muelle, no éste que está ahora, el antiguo de madera que dirigió el maestro de obras, experto en construcción de muelles y puentes, don Florentino Rivera. Según comenta en sus memorias el ingeniero Felipe Rodríguez Ramírez (el Tigre F.R.R.), había otro muelle,” menciona don Balta, “pero estaba chico. Los barcos pegaban, pero no llegaban hasta el muelle porque estaba baja el agua; entonces, con una soga jalaban los lanchones y lo embarcaban.”
“Primeramente traían desde La Sierra y Colonia Yucatán la madera en plataformas arrastradas por mulas. Cuando venían acá era por rieles decauville, o sea, de vía angosta, separadas por cincuenta centímetros, de rieles pequeñas. Las plataformas –de seis a siete metros cada una– traían tablas y triplay. Después creo que les salió muy costoso y dejaron de traer la madera en plataformas; hicieron la carretera, compraron camiones y después los traían en tráiler.”
“Yo soy Baltazar Aguiñaga Calderón, para servirle a usted. Nací aquí en el puerto de El Cuyo hace noventa y tres años. Mis hermanos fueron Gaspar y Melchor, que ya murieron, solo yo quedo. Somos nacidos acá. Los Reyes Magos son los patrones de Tizimín, el nombre nos lo puso mi papá,” recuerda en voz alta, habla recio. A veces hay que repetirle la pregunta, ya que escucha muy poco, pero conversa de manera fluida cuando sus recuerdos afloran.
“Ahorita no recuerdo qué año, lo menos fue en el ’41,” responde después de pensar un momento. “Eso fue cuando hubo la última Guerra Mundial. En ese tiempo por acá volaban los aviones. Aquí en las noches, nos dijeron, que si veían luces en el pueblo esos aviones los bombardeaban; entonces vino la orden de que se apague la luz del faro, la luz del muelle y todo. Quedaba oscuro todo, porque eran como cinco o seis aviones volando por acá,” menciona serio don Balta, mirando a Mauricio Medina Sánchez (Licho) quien me llevó y acompañó a platicar con él. Mauricio es un pescador de Ciudad del Carmen, Campeche, que vino en los años ochenta a estos mares del oriente a pescar tiburón, pero se encontró una hermosa sirena y se quedó a vivir en este puerto.

“Recuerdo que fuimos treinta y tres los que trabajábamos agrupados en la cooperativa,” retoma don Balta la plática. “El administrador de la empresa en El Cuyo era don Arturo Millet, según cuenta en sus memorias el Ing. F.R.R. El líder de la cooperativa era don Aquiles Sánchez. Unos compañeros laboraban en el barco recibiendo la madera que llevaban en los lanchones, lo vaciaban, y venían a buscar más.”
Continuará…
L.C.C. Vicente Ariel López Tejero





























