Días violentos

By on enero 9, 2020

Editorial

El signo de estos primeros momentos de un nuevo año ha sido el de la violencia, indeseada sí, pero presente en virtud de grandes intereses mundiales que incitaron un asesinato en la zona más conflictiva del planeta, el Oriente Medio, el cual se agregó a la muy extensa lista de agravios a la paz incurridos por los Estados Unidos.

Sin el mínimo rubor político, esta potencia mundial reconoció y validó tal acción como suya, vanagloriándose de su buen éxito con un cinismo inaudito.

La pregunta es obligada: ¿Por qué un país de América, potencia mundial, el más poderoso en la historia de la humanidad, anda metiéndose en conflictos con países pequeños que no lo están agrediendo y no podría “aunque lo quisiera” convertirse en un enemigo del Goliat americano?

La respuesta involucra petróleo, control territorial, de fondos y recursos económicos en cantidades inimaginables. Ese líquido bituminoso mueve el gigantismo de las grandes potencias mundiales.

México lo entendió a tiempo y lo nacionalizó en el momento adecuado, cuando las condiciones políticas lo propiciaron. Nuestro potencial se ha afirmado y aumenta con nuevos mantos petrolíferos descubiertos y pozos extraordinariamente productivos que ya están ubicados, y/o en actividad.

En el área del conflicto y asesinato son varias las potencias mundiales con intereses manifiestos en el petróleo de la zona y, aunque los Estados Unidos quedan muy distantes de tales territorios, su presencia con tropas, buques, armas estratégicas, bases militares, ha sido constante y permanente.

La violencia engendra violencia. La zona histórica en donde ese combustible es ahora extraído ha sido escenario constante de conflictos raciales, territoriales, bélicos, sociales, políticos, religiosos…

La violencia está ahí presente desde hace siglos, quizá milenios; la sangre y los muertos han fecundado espacios aún vitales para la presencia continua de la vida humana.

Paralelamente a eso, el sentido de pertenencia de los pueblos se mantiene vivo y vigente a través de las sucesivas generaciones. Los pueblos del área comparten las mismas raíces, y han fecundado los campos con la sangre de sus antepasados.

Es entendible su disgusto cuando desde otro continente, América, les llega una violencia importada de intereses creados, no locales, para inducir, en su hábitat de muchas generaciones, desasosiego por apetitos financieros e intervencionismos censurables, cuando su anhelo es vivir y convivir en paz.

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