Desplegar las alas

By on junio 14, 2019

Desplegaralas_1

Rocío Prieto Valdivia

Ensenada, Baja California, México

Fue esa mañana de primavera. Recién la lluvia había cedido cuando salimos a cortar un par de margaritas, mi pequeña nieta y yo. Entre las ramas del arbusto, vimos una pequeña oruga luchando por subir hasta la cima de la rama más alta. La observamos por un momento; sus ocho pares de patitas se aferraban a la rama, mientras mordisqueaba los más tiernos brotes.

Seguimos buscando las margaritas silvestres y disfrutando del día tan soleado. La niña sostenía el bonche de flores, las cuales dejamos cerca de la rama donde aquel bichito estaba. Fuimos a cortar algunos nopales tiernos que habían crecido gracias al intenso sol y las lluvias de la primavera.

Quiero pensar que fue un accidente que la pequeña oruga trepara a las margaritas para llegar hasta la cocina.

Al día siguiente, mientras peinaba a mi cómplice de aventuras, vi a la oruga estirar sus patitas dentro del manojo de las margaritas y la planta de ornato. La nena la vio y se acercó, susurrándole: “Te dije que te escondieras. Ahora tendrás que salir al campo.” Fingí sorpresa al mirarla trepar la planta de ornato.

La traviesa nieta la cogió en sus manos, y buscamos un recipiente para devolverla al campo. Nos miramos y decidimos emprender una nueva aventura junto a la pequeña viajera.

Los días pasaron y una mañana de abril la oruga se envolvió en capullo. Durante días se mantuvo inmóvil. Era mayo cuando la vi luchar por romper su fuerte escondite, que la había protegido de las tempestades. Me cansé de verla y decidí salir por un momento a observar el día. Al volver a entrar en casa, el capullo ya no estaba.

Mientras bebía café tras de la barra de mi cocina, la vi moverse despacito. Aquel bichajo verde, con pequeñas patitas, se convirtió en mariposa. Desplegó sus alas justo frente a mí, la barra le servía de pista, y quise atraparla y ponerla en un frasco. Pero tanto fue su esfuerzo por salir de su capullo, que entendí que sería un acto egoísta de mi parte volverla a encerrar. La tomé con mucho cuidado entre mis dedos, para no lastimar sus frágiles alas. Y la devolví a la libertad.

En el pequeño jardín, entre las plantas, la vi libar el néctar de las flores; sobrevolar bajo. Ella se mantuvo ahí, y yo no entendía por qué, si ya era libre, no desplegó su vuelo más allá del pequeño jardín aledaño a la cocina.

Al llegar Ashly, mi nieta, de la escuela, buscó su bicho para contarle sobre su día y, al no verlo, me pregunto por él con cara de tristeza. Le conté y corrió directo hacia dónde estaba su bicho. La vi contemplarla. Se le acercó. Se susurraron al oído un adiós.

La mariposa voló tan alto hasta desaparecer, mientras mi nieta, con sus pequeñas manos, imitaba su vuelo.

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