Desde Canadá (II)

By on enero 23, 2020

Perspectiva

II

De un artículo de cuya procedencia no me puedo acordar, tomé y conservé en la memoria uno de los múltiples detalles triviales que hacen la vida tan interesante cuando te enteras. Decía que al menos la mitad de la superficie que conforma al país de Canadá está congelada, en virtud de su cercanía al Polo Norte de nuestro globo terráqueo.

Recuerdo haber inclinado la cabeza y haber considerado que tenía todo el sentido del mundo, y que seguramente eso haría la vida difícil a sus habitantes, sobre todo en invierno. Pues bien, permítanme contarles un poco del clima y costumbres canadienses en esta época invernal.

Poco antes de viajar a Montreal, aún en Mérida, tomé la precaución de consultar regularmente el estado del tiempo en las localidades cercanas a Morrisburg, que es donde se encuentra la empresa para la que trabajo. Desde noviembre, me habían informado, ya había caído la primera nevada de la temporada, y comenzaba a bajar la temperatura.

Aquí vale la pena hacer un paréntesis con respecto al fenómeno que es la nieve. Para que la nieve logre precipitarse de las nubes al suelo, la temperatura debe encontrarse alrededor de los cero grados centígrados; cuando la temperatura se encuentra por debajo del cero, la nieve se congela en las nubes y no se precipita. Luego entonces, cuando está nevando no hace tanto frío como cuando no está nevando, y es precisamente a estos escenarios a los que hay que temerles en invierno.

Cuando se viaja a un lugar con temperaturas de congelación, porque eso son y eso pueden ocasionar, aunque sea sumamente engorroso debido a sus características y dimensiones, necesariamente hay que portar un abrigo, guantes y un gorro (la bufanda es opcional, siempre y cuando el abrigo cubra todo el cuello) cuando abordas el avión, o el transporte que te llevará a tu destino.

Lo anterior lo aprendí de la manera difícil la primera vez que vine a Canadá, hace ya más de 12 años: el abrigo, la bufanda, los guantes y el gorro los tenía en la maleta que documenté, y tan solo vestía una camisa de manga larga cuando hicimos escala en Nueva Jersey, para abordar el vuelo a Ottawa. Al caminar por el tobogán que comunicaba la sala del aeropuerto con el avión, el frío traspasaba con facilidad las paredes metálicas, y mi cuerpo me hizo comprender mi error haciéndome castañear involuntariamente los dientes.

Pues bien, con esta lección aprendida en el pasado, y sabiendo que iba a arribar a temperaturas de -10 grados centígrados en Montreal, toda la parafernalia de invierno viajó conmigo en la cabina, excepto un par de elementos que resultan igual de importantes: calcetines calientes y calzado que cubra los tobillos, preferentemente botas, porque la nieve, y principalmente el deshielo y el lodazal que crea, no respetan zapatos bajos. Otra lección aprendida, pues, porque eso encontré al arribar: nieve alta, y lodo. Brrr…

En esa primera semana que pasé en Morrisburg me enfrenté a las diferentes facetas del invierno canadiense aunque, según me informan aquí, aún me faltan unas cuantas.

Así, ha nevado copiosamente (más de treinta centímetros se depositaron sobre el suelo el fin de semana pasado); ha llovido agua-nieve (que al día siguiente obliga a rascar el hielo que se forma sobre el parabrisas de los vehículos); ha habido días y noches con vientos superiores a los 30 km/h (que, a mi juicio, ha sido lo peor) que hacen que el factor de congelación aumente, colocándonos en -21 grados; y también ha habido días en los que el sol brilla esplendorosamente, mientras el termómetro marca -16 grados centígrados.

No hay mucha gente caminando en las calles cuando la temperatura se encuentra dos dígitos debajo del cero, y todo mundo se resguarda en sus casas cuando hay avisos de tormenta de nieve, evita manejar cuando hay avisos de agua-nieve (se congela la carretera y se vuelve pista de patinaje), y constantemente monitorea las condiciones meteorológicas, para prepararse a iniciar, o concluir, el día.

Vivir sin calefacción en estas latitudes es arriesgar la vida, hay que dejarlo en claro. A mí me acompaña el Amor de mi familia, de mis seres queridos, de mis amigos, aunque estemos separados temporalmente por miles de kilómetros, y eso siempre conserva tibio mi corazón.

Desde esta perspectiva, si bien el clima pudiera considerarse lejos de ser perfecto en estos momentos, lo cierto es que también tiene su encanto y es un buen maestro, severo, pero muy buen maestro. Y el calor que proviene del afecto y del cariño hace maravillas en todo clima y en todo lugar.

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

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