De la miel y las abejas (V)

By on febrero 13, 2020

V

Con la miel en la memoria

Canción del colmenero

Cuando me digan como me dicen

Poeta loco, ¿dirás por qué

por vez centésima te enamoraste?

Cándidamente responderé:

Tengo colmenas, y ha sucedido

que siendo el tiempo florido y fiel,

la abeja de oro salió temprana…

Había flores y trajo miel.

Arturo Capdevila, argentino.

Un panal más dulce que la miel firmemente plantado en una olla, a su vez posada sobre un platón con agua (para que no se subieran las hormigas), era parte de la cocina en mi primer hogar y uno de mis recuerdos más antiguos. Fácil hubiera sido servirse un poco de la miel virgen que chorreaba en la olla, pero era más divertido cortar un trocito de panal y chuparlo hasta que sólo quedara un bollo deforme de cera. Cuando esta obra de arte de la naturaleza se agotaba, era pronto sustituida por otra. Nunca faltaba miel en casa, ya sea para los buñuelos o como remedio casero para la tos (revuelta con jugo de limón es deliciosa y, en ocasiones, efectiva). A veces no éramos sólo nosotros, los habitantes de la Casa Vieja, quienes devorábamos el panal sino también algunas abejitas hambrientas que necesitaban el dulce para llevárselo a la colmena. Resulta entonces que la miel sí se hizo para la boca del hombre, de los niños y de las abejitas.

Tal vez nací sabiendo que las abejas fabrican la miel a partir del néctar de las flores; tal vez ya había aprendido en la escuela algo acerca de la maravillosa organización de una colmena. Con seguridad había leído que Napoleón puso abejas en su manto de coronación por considerar a estos animalitos ejemplo de laboriosidad y orden, y también que Virgilio en “La Eneida” comparó a los cartagineses que estaban construyendo Cartago con las incansables abejitas.

Los efectos mágicos de los productos relacionados con las abejas eran de sobra conocidos en casa. Según mi mamá, las picadas de abeja curan el reumatismo; alimentarse de polen y jalea evita las feas manchas de la edad; bañar a niños y niñas con miel y flores asegura que de adultos les lluevan los enamorados; untar miel en una herida acelera su cicatrización, costumbre heredada de los indios americanos; tomar leche batida con miel y un merengue alivia la bronquitis; los golpes y moretones desaparecen si se les unta veneno de abeja; si te alimentas con polen serás más resistente a las enfermedades. Por cierto, acabo de enterarme que la abeja tiene una bolsa pilosa en la pata trasera que le sirve para guardar el polen, y que este polen especialmente es usado en el tratamiento de varias enfermedades. Pero el comentario más asombroso que oí un día en el jardín de la casa se refería a un campesino, conocido de la familia, que había tenido hijos a los 82 años con la consiguiente incredulidad de quienes lo conocían, aunque bastaba verles la cara a los niños para darse cuenta de que eran sus hijos pues eran igualitos a él; ¿cuál había sido entonces la causa de esa paternidad un poco tardía? Que el buen hombre era apicultor y se tomaba la jalea real que sacaba de los apiarios de manera que, gracias a los efectos regenerativos de esta substancia mágica, no necesitó que Hebe, escanciadora de los dioses del Olimpo, le devolviera la juventud perdida.

El caso es que un día papá decidió que era hora de conocer un apiario en forma, recibir consejos de un experto, y de paso averiguar si al que anda entre la miel algo se le pega. Por cierto, siempre supe que el tajonal era una hierba mala debido a que no la comía el ganado; incluso los vaqueros del rancho que recibían un terrenito para sembrar su maíz (antes de que hubiera ANDSA y CONASUPO), decían que cuando veían algún brote de tajonal lo arrancaban porque “perjudica el maíz”. La reconciliación con esta mala hierba llegó el día que tuvimos apiarios y entonces dejé de sentirme culpable cuando miraba con alegría las orillas de la carretera amarillantes de tajonal.

La abeja miró con amor

un árbol muy joven

un esbelto árbol silvestre

cubierto de delicadas flores amarillas

rebosantes de néctar

En Yucatán el tajonal, desdeñado por los ganaderos, es una de las principales fuentes de néctar junto con el tzitzilché y las enredaderas, cumpliendo satisfactoriamente los principales requerimientos de calidad. Leí recientemente que el color de la miel depende del origen botánico del néctar y del clima; antes pensaba que la miel, especialmente la de color claro y agradable, venía solamente de flores amarillas como las de tajonal, y que esta planta era la melífera por excelencia; tal vez porque nací y crecí teniéndola alrededor, algunas veces oyendo hablar pestes de ella, y luego maravillas cuando empezó a rendir frutos. En épocas de floración intensa, al sentir ese aroma dulzón como entre melaza fresca y galán de noche que es el aroma característico del néctar, yo solía decir “huele a flor de miel” pensando en el tajonal, aunque me encontrara cerca de otras plantas. Aún ahora, cuando llega Noé del rancho, tengo la impresión de que huele a flor de miel, sobre todo en época de lluvias. Tal vez porque últimamente ha tenido mucha relación con problemas apícolas está adquiriendo ese aroma.

Bañarme con agua de lluvia

entre flores de miel y azucenas

Así que nos fuimos a visitar “un apiario en forma” con Elmer, no el Elmer Gruñón de los cuentos como me imaginé en un principio, influida por mis excesivas lecturas de este género, sino un joven amable y sonriente, hijo de don Edgardo Díaz, don Gato Díaz como le decía todo el mundo, notable apicultor y gran amigo de papá. Recibí una lección completa de apicultura: observé meticulosamente un apiario y el funcionamiento de todas sus partes, desde las cajas hasta los tambores de miel listos para la venta, pasando por las herramientas y el traje de apicultor, con todo y velo, semejante al de un astronauta.

Ese día no digo que fui a conocer la miel, emulando a un Buendía, porque ya la conocía, pero sí conocí en vivo la ciudad de las abejas. A pesar de que era un día nublado, mi memoria de la miel guardó para siempre esta grata experiencia que de tanto en tanto se unía a vivencias relacionadas con ella al azar. Un día supe que la Peregrina había conocido nuestros nectarios perfumados. Me estremecí con Amado Nervo porque obtuvo la hiel o la miel de las cosas cuando en ellas puso hiel o mieles sabrosas; otro día oí a Otelo llamar a Desdémona “panalito de miel” al llegar a Chipre, antes de que Yago destruyera el paraíso, y me pregunté si el moro era un hombre instruido pues su tierna expresión se parece a la del amado en el Cantar de los Cantares cuando dice “Novia mía, de tus labios brota miel” o “ya he probado la miel de mi panal”, junto a otras descripciones de amor sencillo, puro y transparente. “Lengua de miel y canto” llama Juana de Ibarborou a nuestra lengua castellana.

Cuando hablo de la ciudad de las abejas no estoy exagerando, aunque sería mejor decir que se trata de un reino material perfectamente organizado en donde cada quien tiene su lugar y su función, una sociedad aristocrática que no puede vivir sin reina, pero tampoco puede sobrevivir con más de una, pues cuando esto ocurre la o las reinas sobrantes son asesinadas por las obreras, siervas que sólo saben trabajar hasta morir. Pero en la colmena trabajar hasta morir es un arte en el que se combinan danza y música, color y olor, amor y muerte, tiempo sin fin, labor y holganza, crueldad y dedicación, promiscuidad de un día y castidad eterna.

Es general la admiración por estos insectos sociales maravillosamente organizados que construyen su panal geométricamente perfecto, producen miel y, a través de la polinización garantizan la perpetuación de la especie vegetal; pero su mundo es más complejo y fascinante de lo que parece a simple vista.

Ana María Aguiar de Peniche

Noé Antonio Peniche Patrón

Continuará la próxima semana…

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