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De la gentrificación y otros horrores

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La semana pasada, en la Colonia Condesa de la CDMX, un grupúsculo de inconformes vandalizó negocios y sembró terror entre los habitantes, protestando contra la gentrificación de la zona. Portando pancartas, lanzando consignas, circulando panfletos con leyendas como “Mata un gringo”, azuzaban a los habitantes extranjeros de esa colonia, y acabaron rompiendo vitrinas de un negocio mexicano que lleva décadas en el lugar.

La Real Academia Española define Gentrificación como el “Proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo”. Sin duda, es vox populi, quien pretenda adquirir una vivienda en la CDMX deberá desembolsar una significativa cantidad de pesos para lograrlo.

Ahora bien, ¿es culpa de los extranjeros que la vivienda haya subido de precio, que sus salarios alcancen para rentarla, o es acaso consecuencia de la insuficiente oferta inmobiliaria de las autoridades encargadas de la vivienda? ¿Es con desmanes y destrozos como pretenden los enardecidos manifestantes convencernos de que tienen la razón al protestar?

En realidad, ante las duras acusaciones de los Estados Unidos que acusan de lavado de dinero a Vector, la institución bancaria de uno de los allegados más cercanos al expresidente, y ante el riesgo de que pronto se conozcan más detalles de todos los involucrados en esas actividades, más bien la protesta de marras parece una (ooootra) inmensa cortina de humo para distraer la atención.

Pero en este México bárbaro, lo que más duele es la indolencia ante la crueldad de los asesinos. Este pasado fin de semana, apenas unos días después de que su madre había aparecido asesinada, tres hermanitas fueron ejecutadas sin piedad en Sonora; días antes, las autoridades confirmaron el hallazgo de los restos de casi cuatrocientas víctimas en un crematorio clandestino en Ciudad Juárez.

La presidenta se nota agobiada, revistiéndose de nacionalismo y discursos con datos cuestionables, mientras intenta mantenerse a flote bajo la creciente marea de inconformidad, deuda, acusaciones e inseguridad.

En este mundo que vivimos, rodeados de tantas señales de barbarie, ante tanta irresponsabilidad y desvergüenza manifiesta, en cada uno de nosotros recae la responsabilidad de cambiarlo y componerlo, por nuestro bien y el de los nuestros, por las generaciones actuales y por las del futuro.

Comencemos por abrir los ojos y reconocer la distopía que estamos viviendo. Como bien dicen los que sí saben de esto: “El primer paso para sanar es reconocerse enfermo”.

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