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“Decidí regresar a vivir acá porque aquí están mis raíces. Apenas hace año y medio que estamos aquí mi esposa y yo; cuando compré este terreno solamente tenía este cuarto a medio construir, no tenía techo,” me dice al tiempo que señala la parte de atrás de la vivienda. “Luego construimos la cocina y el baño, y ya nos pasamos a vivir mi esposa Rosi y yo a esta comisaria llamada Emiliano Zapata. De acuerdo con el censo del INEGI de 2020, tiene 94 habitantes y 20 viviendas. Apenas tres kilómetros lo separan de Colonia Yucatán (Col.Yuc.) y la Sierra. “Aquí al lado vive mi hijo que ya mero se jubila; aquí estamos felices, muy felices y tranquilos mi esposa y yo,” me dice en amena plática David García González, oriundo de la Sierra.
“Sí, yo nací en La Sierra; mi abuela Felipa me recibió. Ella recibió en este mundo a muchos chamacos en La Sierra.”
“Mis abuelos fueron José García Ramírez –apodado el Huach–, oriundo de Guadalajara. Mi abuela se llamó Felipa Téllez, nacida en Querétaro. Vinieron a estas tierras huyendo de allá, porque mi abuelo se la robó en su caballo, como era el estilo en aquellos tiempos de plena época de la Revolución. Era la época de Pancho Villa. Bajaron hasta que llegaron a Yucatán.”
“Mi abuelo trabajó en los planteles henequeneros, vivieron un tiempo en Dzan, Yucatán, y de ahí fueron bajando. Cuando se enteraron de una empresa maderera que se estaba fomentando, ya eran grandes; fueron bajando hasta llegar al ‘Campamento La Sierra’ cuando apenas empezaba el plan de construir la empresa maderera y la Colonia Yucatán. Claro que tardaron mucho en llegar hasta aquí en lo que sería un centro maderero que ofrecía buen trabajo y buena paga. Mi abuela era cocinera en el ‘Campamento La Sierra’, que así se llamaba antes La Sierra; ella fue parte fundamental porque precisamente ella cocinaba. Mi abuelo empezó a trabajar en el arrastre de la madera con carretas de hasta seis mulas que jalaban los troncos hasta llevarlos a los tumbos, y de ahí al aserradero que estaba en La Sierra. Cortaban los troncos con discos grandes. Era más o menos el año 1936 o 1938; yo nací en el ‘47. Ellos fueron, lo digo con alegría y orgullo, pioneros del ‘Campamento La Sierra’. Ya estaban casados cuando vinieron, ya había nacido mi papá y dos de mis tíos; mi abuela ya tenía tres hijos, aparte de los que tuvo con mi abuelo; quince hijos en total. Mi papá era mayor que mis tíos Malafacha –José– y Abelino.
“Mi abuelo, el Huach, como le digo, empezó a trabajar en el arrastre de madera y un día sufrió un accidente: le aplastaron las piernas. Se cayó el cargamento de los pesados rolos sobre él y los animales que están jalando la carreta no pararon. Se lesionó, no fue muy grave, pero sí estuvo unos días fuera de circulación. Era muy alto, medía 1.80 metros. Así como mis hijos, mis nietos igual son altos, los genes se les quedaron. Mi hijo que vive aquí al lado mide 1.70, yo mido 1.65, mi hermanito Freddy igual es alto.
“Mi papá aquí conoció a mi mamá, que también era cocinera como mi abuela. Me decía mi mamá que cuando vivíamos en la Sierra, cerca del campamento se escuchaban los rugidos del jaguar, aullidos de los saraguatos, el canto de los pájaros…
“Te he comentado que mi mamá cocinaba. Iba a moler el maíz para hacer las tortillas. En esa época se cocinaba pavo de monte, venado, jabalí. No todo fue alegre, hubo sus tragedias. Recuerda que en ese tiempo no había letrinas, el baño era el amplio monte. Cuando alguien iba a hacer sus necesidades, sobre todo en la noche, a veces desaparecía. ‘Se la llevó el Tigre…’. La cosa es que cuando se escuchaba el grito ya se la habían llevado… Así sucedió varias veces.
“Una vez le hicieron una entrevista a mi mamá para la radio de Tizimín. Estaban algunos de Colonia presentes, también los habían entrevistado, y los dejó cortos por toda la historia de la Colonia y el campamento La Sierra que ella sabía. Lo que dijo fue que en La Sierra empezó todo, ella fue pionera. Comentó que, en donde estuvo después el taller de carpintería, había un motor grande, una cinta y dos sierras grandes para hacer los cortes de los troncos; una le servía a don Pedro Euán aunque, según supe, él nunca fue empleado de la empresa, pero don Venancio Flores –Don Beny- sí.
“En aquel tiempo vinieron algunos de Kantunilkín, Quintana Roo, eran mayeros. De allá vino don Fortunato Cauich, que en el Campamento La Sierra tenía una especie de restaurante o comedor; vendía comida y en las tardes se reunían a tomar café algunos señores como don Catalino Martín, el papá de mi amigo Víctor; con la familia Cauich vino también Eutimio –Timo–, que era de mi palomilla, y otro que le decían Chito. Eran tres hermanos ellos y nos llevábamos muy bien, estudiamos acá en Colonia, aunque era difícil porque solo había primaria y te las tenías que arreglar para salir de La Sierra o Colonia si querías seguir estudiando la secundaria, ir a Tizimín o a otro lugar. Yo estudié hasta el tercero de primaria en la escuela ‘Manuel Alcalá Martín’ de Colonia, la grande, la de madera, muy bonita. ¡Qué lástima que la hayan tirado!” se lamenta el tío de Malafacha esa calurosa mañana de julio, en amplia y amena plática en la fresca estancia de su nueva casa ubicada a la vera de la carretera de la comisaría Emiliano Zapata, cercana a Colonia.
Solo el ruido de los coches y los tráileres que circulan por la carretera se escucha por ratos.
Continuará…
L.C.C. Vicente Ariel López Tejero





























