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David García González (ii)

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Un truck jalado por una mula,” retoma la conversación sonriendo, recordando su infancia el hermano de mi condiscípulo Fredy, “nos llevaba de la Sierra a la escuela de la Colonia. A las seis y media de la mañana salíamos todos los días que teníamos clase, así llueva, truene, con frío o con calor; en la puerta de la nevería nos dejaba y nos íbamos corriendo a la escuela. Luego nos pusieron un tractor que servía también para pasaje de La Sierra a Colonia y viceversa, lo manejaba uno que le decían Mauri. Ese mismo tractor lo llevaron luego al aserradero para acarrear las góndolas de retacería de madera que servirían para alimentar las calderas de la fábrica. Ya después metieron un camión que manejaba el tío de mi esposa, don Beto Rivero Pérez; le apodaban Cocoyol porque tenía grandes los cachetes, como el personaje de Kiko de la serie de TV El Chavo del Ocho; hace dos años murió. Luego lo manejó el coqueto Braga y ya después don Ramón Vidal, que vino como dueño, él trajo su camión urbano y él mismo lo conducía.

Te voy a contar una anécdota que me sucedió un diez de mayo en el Festival del Día de la Madre. No sé si recuerdas a los Uribe. Yo tenía cuatro años y nos pide la maestra que todos los niños que tengan viva a su mamá que se pongan en el pecho una flor roja, y los que desgraciadamente no, que se pongan una flor blanca. Ese canijo de Uribe, entre su relajo, era medio maloso, creo tenía un poco de autismo. Se me acercó y me arrancó la flor roja de mi solapa y empecé a llorar. Fíjate que solo tenía cuatro años y no se me ha olvidado hasta la fecha.

Como te dije, solo estudié hasta tercer grado. Como no pude seguir estudiando, me metí al taller de carpintería, con don Beny Flores, haciendo las cercas de las casas. Éramos Calandria (Mario Villafaña) y yo; don Luis Canto era el administrador. Había un ingeniero antes, pero no me acuerdo cómo se llamaba.

Te repito, estudié hasta tercero de primaria en la Colonia, desde las seis treinta de la mañana nos quitábamos de La Sierra para ir a la escuela. No recuerdo quiénes fueron mis compañeros. Entre los maestros que recuerdo estaba Conde, que creo daba sexto grado. Los mesabancos eran dúplex. Yo era travieso: ponía las manos firmes en el mesabanco y me impulsaba, me levantaba, y me ponía de cabeza. En una de esas, resbaló mi mano y me caí, precisamente sobre mi mano derecha: se rompió mi muñeca. La maestra Gloria me llevó al hospital y me curaron.

Un día que no fuimos a la escuela,” comenta el vecino de La Sierra entre risas, “mi hermano Nico, Wito Berzunza, su hermano Carlos y yo nos fuimos por las ruinas donde había un Álamo grande (Populus alba). Esa mata tenía unas lianas largas. Ya era tarde, casi era la hora de salir de la escuela, a la que no fuimos ese día. Entonces agarré una liana, me subí y me empecé a mecer. De repente, se tiró mi hermano Nico y se colgó de mí, pero la liana no soportó el peso: se rompió y ¡al suelo! Mi hermano cayó sobre mí. Esa vez me rompí la cabeza y además quedé paralizado, con los ojos fijos. No me moví durante unos segundos, quedé tieso. Wito y su hermano Carlos se asustaron, pensaron que me había muerto y se fueron corriendo. A los pocos segundos desperté. Mi hermano no me dejó, me levanté y así sangrando nos fuimos a la casa, pensando en el camino qué decirle a mi mamá ya que no fuimos a la escuela. Toda mi camisa blanca del uniforme estaba manchada de sangre. ‘Tú di que un chamaco te tiró junto al camino y te lastimaste,’ me dijo mi hermano Nico. Pero ¿y las raspaduras que no tenía?

“Total, llegamos a la casa y mi mamá ordenó que me lleven al hospital de la Colonia. Afortunadamente estaba el urbano y me llevaron al hospital, me curaron y caminando nos regresamos a La Sierra. Al pasar por el aserradero se fijó mi hermano que estaba sangrando de nuevo. Al llegar a casa, mi abuelo me puso un pañuelo en la cabeza y me llevó de nuevo al hospital. El doctor Daniel Ríos me curó, me suturó la herida. Solamente por una membrana no llegó mi cerebro a exponerse. La enfermera que me atendió antes solamente me curó superficialmente, no lo hizo bien o tal vez no se fijó. Si se hubiera roto esa membrana, nos dijo el doctor, se hubiera lesionado el cerebro y estaría más grave la cosa. Se molestó el doctor por ese trabajo mal hecho de la enfermera que la corrieron porque no supo hacer bien su trabajo. Allá la ley era la ley. ¿No sabes hacerlo? ¡Adiós! La corrieron por eso, por mala atención. Tenía yo como 10 años en ese entonces.

“¡Cada cosa que me pasó en ese tiempo! Era yo un niño muy travieso. Una vez, en la montaña rusa, estaba echando relajo y me agarra no sé quién el pie. Estábamos jugando pesca-pesca, pierdo el equilibrio y caigo con las manos por delante. La muñeca derecha se me corrió hacia dentro, quedó como sumida. Mi abuelo era sobador, pero dijo ‘Noooo, esto no es mío, eso es cosa del doctor. Vamos al hospital de la Colonia,’ ordenó mi abuelo. ‘¿Otra vez tú, muchacho?,’ dijo don Ramón cuando me vio. ‘¿Y ahora qué te pasó? Él manejo el urbano para llevarme al hospital de la Colonia. Me estaba doliendo mucho la mano; pues, mientras me distraía con sus preguntas, el doctor me jaló de golpe la muñeca. Cuando pegué el grito, ya había quedado mi mano en su lugar. Me pusieron cabestrillo como diez días. Como era la mano derecha, no podía escribir.”

Continuará…

L.C.C.  Vicente Ariel López Tejero

vicentelote63@gmail.com

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