Inicio Nuestras Raíces Cuento del mar

Cuento del mar

25
0

Visitas: 15

Justo Sierra Méndez

A la señorita Ángela C***

Una parte de la costa de la península yucateca, en la extensión bañada por las aguas del golfo de México, se compone de larguísimas lenguas de tierra que se adelantan bordando el litoral del estado, del que están separadas por brazos de mar que se llaman ciénegas, afamadas por sus magníficas salinas.

En algunos lugares de aquella orla de tierra, en donde el mar bate, formando mil caprichosos contornos que vistos a vuelo de pájaro parecerían el adorno afiligranado de una iglesia gótica, se hallan pequeñas ensenadas tan pronto llenas como abandonadas por el océano en la constante oscilación de sus mareas.

Allí la vegetación surge a veces con una exuberancia primitiva, o se manifiesta en las rocas cuajadas de sal por uno que otro raquítico cacto.

A la salida del sol, aquellos estuarios presentan un magnífico aspecto. Las flores se abren exhalando los vivaces aromas tropicales, los árboles agitan suavemente sus enormes brazos; desde las rocas áridas parten ligeras las gaviotas, o lanza el alcatraz su grito agudo y prolongado, y a la orilla de la ciénega se levantan los bordes de las salinas como una baranda de cristal en donde visten los rayos del sol todos los colores del iris, y que va a perderse en la playa que limita la azul inmensidad del golfo.

En medio de esas pequeñas lagunas, hay dos o tres montículos que sólo pueden comunicar con la tierra firme, cuando la marea está alta y se puede hacer uno de las chalupas de pescar porque, en el reflujo, la mar sólo deja algunos canales rodeados de tembladeras.

En el estuario de Palmas sólo había uno de estos islotes, y en la cima estaba construida, con algunas piedras y dos o tres palmas de cocotero, una cabaña de pescadores. Desde lejos, aquella extraña habitación parecía un nido de procelarias. Las gigantescas palmas que la rodeaban se veían desde el mar, y los alciones y las gaviotas colgaban sus nidos en la punta de aquella roca soberbia.

Se llamaba la Telaraña, porque a causa de sus innumerables picos rodeados de una corteza de sal marina, parecía, cuando reflejaban en ella los rayos solares, una gran telaraña fijada en los bordes de la ciénega.

En aquella especie de arrecife vivía una niña, íbamos a decir un pájaro, debíamos decir un alga, una planta del mar. –Se llamaba Laya, abreviatura cariñosa de no sé qué nombre. –En los huecos de la roca había sembrado algunas flores; en su cabaña vivía con algunos pájaros marinos, y se alimentaba con la pesca. Laya corría por los picos de la Telaraña con una presteza prodigiosa; se lanzaba al mar en los días de norte sobre una chalupa endeble, que hacía palidecer a los viejos marinos que la veían volar por el golfo. –Pero Laya hacía lo que no hay memoria que alguno haya hecho: lo que sólo el diablo hace, y eso según. –Laya pasaba corriendo por una tembladera.

La tembladera es una de esas trampas horribles que guarda el mar en sus playas. El mar, que en su misterioso seno abortó al pulpo, da a luz y acaricia de continuo ese terrible engaño que se llama la tembladera. Costeando las playas hay grandes porciones de arena movediza que es muy difícil distinguir de las demás. Desgraciado del que llega a poner un pie en ellas. La arena se va hundiendo, hundiendo bajo las plantas. –Cada esfuerzo que se hace para salir, hunde más; los latidos de nuestro corazón nos van sepultando. Después de aquella horrible agonía, después de la absorción del hombre por aquel poro espantoso de la mar, la tembladera sigue presentando su superficie unida y brillante.

Figuraos cuál no sería el peligro que desafiaba Laya, atravesando aquel juguete cruel del océano.

Así pasaba la vida la pobre niña, mirando al cielo con sus grandes ojos verdes, tendiendo su cuerpecillo delicado en lo más alto de su roca querida, única herencia de sus padres, separando de cuando en cuando las largas mechas de pelo negro que el terral arrojaba sobre su rostro, y cantando sin cesar tiernas baladas marinas, con una entonación dulce y monótona.

Laya tenía, a pesar de su exagerado candor, un gran corazón; Laya amaba, pero jamás se le había antojado decirlo ni cómo explicar aquel sentimiento que ella misma no podía explicarse.

Laya tenía un hermano de leche, y cuando lo veía, sentía que su corazón cantaba; y cuando su hermano de leche se casó, Laya perdió la última chispa de inteligencia que brillaba en su cerebro, y sólo envidiaba el vuelo de las garzas blancas que se perdían en las nubes. Entonces cantaba, con una indefinible expresión de tristeza, su playera favorita:

Es la vida del alga en los mares,

vida de un día;

que no amarguen, Señor, los pesares

la vida mía.

Garzas blancas que vais por el cielo

en pos del vendaval,

yo quisiera seguir vuestro vuelo

tendiendo las alas al viento boreal.

Ya hemos dicho que Laya desafiaba los elementos, pero esa valiente criatura tenía un miedo indecible a la esposa de su hermano de leche.

Había en efecto no sé qué fiereza terrible en la mirada de la Linda, como la llamaban los pescadores. Sus ojos brillaban como los de la hembra del jaguar: su hermosura era espléndida, magnetizadora.

Jorge, el hermano de leche de Laya, estaba loco desde que la Linda era su esposa. –Pasábase sus días en su cabaña besándole las manos y llorando.

Una ocasión la Linda no quiso salir al mar porque amenazaba el norte y dejó partir a su marido. Jorge se vio solo en medio de los elementos irritados. –Una especie de vértigo se apoderó de él, y recobrando la maravillosa agilidad que la distinguía desde niño, empezó la lucha con el océano con un ardor febril.

Ya tocaba a la playa cuando se acordó de su esposa y al punto sus fuerzas le abandonaron; se deshizo en llanto, y principió a llamar a la Linda, como el chicuelo llama a su madre creyéndola perdida.

Una enorme oleada hizo pedazos el barquichuelo y lanzó a Jorge sobre la playa. El choque le hizo perder los sentidos.

Cuando volvió a la vida, sintió sobre su rostro la impresión de tiernísimos besos, la tibia huella de las lágrimas. Se hallaba en una barquilla que bogaba en dirección del estuario. Abrió los ojos y reconoció a Laya.

 Mucho tiempo hacía que no veía a su hermana de leche. –En su infancia la había amado con vehemencia, pero desde que vio a la Linda, no volvió a pensar en su dulce hermanita, en la pobre huérfana, cuyos padres habían recogido a Jorge y le habían hecho hombre.

Laya no olvidó nunca. La pobre niña espiaba las ocasiones en que la Linda abandonaba su cabaña, y procuraba ver a Jorge por un intersticio de las palmas que cubrían la habitación. Aquella mirada contenía de nuevo el desbordamiento de la amargura en su alma.

¡Cuántas cosas se dijeron aquella vez los dos hermanos!

Al separarse, Jorge le dio un relicario que tenía en el pecho, y en donde su madre al morir había mezclado un rizo de su cabello a otro del de su hijo.

Laya, feliz con aquel presente, corrió a la roca y colocó el relicario al pie del Cristo que protegía su choza.

Pasaron algunos días. –La Linda percibió la falta del relicario y preguntó a Jorge. Éste se lo contó todo.

La Linda brincó como la leona a quien arrebatan sus cachorros. –Tomó la chalupa de un pescador, y remó en dirección de la Telaraña. –Laya había salido al mar.

El reflujo estaba al concluir cuando Laya volvió. –Encontrando seca la laguna, decidióse a pasarla a pie. –Amarró su barca en la playa, caminó durante seis minutos por la orilla del estuario, y recogiendo la falda de su saya, se lanzó a la tembladera.

La ligereza de aquella muchacha era prodigiosa, sus pies rozaban apenas la arena movediza. –Volaba, podía decirse, porque con la menor detención estaba perdida.

Un grito estridente como el del tigrillo resonó en la Telaraña. –Laya alzó la vista. En la punta de la roca estaba en pie la Linda, agitando entre sus manos crispadas el relicario de Jorge.

Laya palideció intensamente y comenzó a hundirse.

El suplicio fue horrible, pero corto: –la arena cedía con espantosa rapidez.

La víctima no arrojó un grito siquiera; pensó en Jorge.

La Linda miraba fijamente la tembladera.

Cuando ya la arena le llegaba al pecho, Laya hizo un movimiento convulsivo de desesperación y se hundió más.

Entonces al sentir una bocanada de brisa volvió los ojos hacia la entrada de la laguna y notó que el flujo comenzaba y la laguna se iba llenando de agua.

La pobre niña dobló la cabeza; una lágrima, una perla, rodó por sus mejillas.

Pocos minutos después, cuando el estuario presentaba el aspecto de un inmenso tapiz de agua, la Linda desató su chalupa y ganó la orilla vecina.

 Era ya de noche. –Una paloma de mar, blanca como la nieve, se balanceaba sobre las olas en el mismo lugar en que había perecido la pescadorcita. –De improviso hundió su cabeza en las olas y en seguida se lanzó al espacio llevando una perla en el pico.

Era un ángel, que llevaba el alma de Laya al cielo.

 

Violetas. Periódico Literario. Tomo I. Veracruz, Imprenta del Progreso, 1869, pp. 21-23.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.