Cuentan los años

By on abril 11, 2019

CuentanlosAnios_1

Jesús Fuentes

Rodrigo camina taciturno. La mañana fría, poco soleada. Cruza la calle hacia la banqueta donde el sol pega, esperando que le caliente un poco más. Medita el sermón del sacerdote sobre la Sagrada Familia. Él tiene esposa, tres hijos; la suya no es sagrada, sólo familia, piensa.

—Anda, ¡levántate! Vamos a misa —le dice a Blanca, su mujer.

— Mmm…mmm… ¿A dónde?

— A San José Obrero.

— Mmm… Hace frío, tengo sueño— contesta y, dando un giro, jala el cobertor guinda con blanco y se cubre hasta ocultar su cabello crespo.

Rodrigo la considera en silencio, y la mira con interés: Ella, en decúbito lateral derecho, en el borde — su orilla— de la enorme cama King size que los desune, aunque Blanca lo niegue. Ella afirma que duerme muy a gusto, mucho mejor que en la cama matrimonial que desecharon. Él le cuestiona que sus pies ya no se dan calor, que cada uno duerme por su lado en esa cama; ya no se entrelazan, mucho menos sus cuerpos.

¿Dónde? —se pregunta Rodrigo—. ¿Dónde quedaron aquellos días, las noches vehementes con derrame abundante de sus líquidos? Lo recuerda perfectamente. ¿Dónde el erotismo? Cuando sus bocas se pegaban hasta ahogarse.

Un viento suave, fresco, rozando su cara, alborota su pelo entrecano, revive de su evocación. Por las tardes, cuando vuelve del trabajo, encuentra a Blanca sentada en el sillón de la sala, viendo la televisión; ella finge que no lo ve entrar, y apenas si le responde el saludo. Rodrigo aprende a observarla así, sin emoción alguna.

En la calle, pocos automóviles circulan. Aún es temprano. La mayoría de los comercios permanecen cerrados. Al pasar frente a una fonda, lo envuelve el aroma de menudo recién hecho. Y de más allá, esa canción: “Cómo han pasado los años” —sus cuarenta años de matrimonio, otea Rodrigo—. La melodía escapa desde un lugar no identificado, en la voz de la española Dúrcal.

Camina un poco más aprisa. Percibe un vacío en el estómago. Su mano izquierda toca la bolsa de la chamarra. Lleva ya el envoltorio caliente, los tamales de elote que compró a la salida del templo.

—Le van a gustar; son estilo Sinaloa. Soy de Culiacán. ¡Están muy buenos, ya verá! —dice la Doña y murmura: ¿Vive solo, es viudo…, no tiene familia? Son varios los domingos que lo veo y viene solo, siempre lo veo solo.

Por respuesta, Rodrigo apenas sonríe.

Dentro, en la tienda de conveniencia de la Coral, cerca del tianguis de “Los Globos”, Rodrigo se prepara un café; sentado en la barra frente a los amplios cristales, cerca de la entrada, observa hacia la calle. Entre sorbo y sorbo de la aromática bebida, va leyendo el periódico, da unas mordidas al tamal… y el tiempo se deshace en sus manos.

Marca desde su celular al teléfono fijo de la casa. Escucha que timbra, timbra y timbra… Blanca no contesta.

Un auto color negro, de modelo reciente, con placas de California, se estaciona enfrente de los ventanales donde Rodrigo permanece sentado y mira hacia la calle. Una pareja viene en el vehículo. La mujer con lentes para sol; pelo castaño oscuro, rizado.

El resplandor que pega de frente al parabrisas, así como el promocional (Lleve seis, pague cinco) de una cerveza popular, adherido al cristal por delante de él, impide que Rodrigo vea con claridad los rostros de quienes llegan en el automóvil. Baja el conductor: moreno, vestido informal, gordo, de entre cuarenta o cincuenta años. Entra al establecimiento; la puerta queda entreabierta. Coge del refrigerador dos coca-colas en botella de vidrio; de los pasillos toma barritas de piña, pingüinos y otras golosinas. Comida chatarra, piensa Rodrigo.

—¡Los cigarros, no se te olviden! ¡Los cigarros! —exclama, ordena, la dama que se ha quedado en el auto.

“Esa voz, la voz. ¡No! ¡No puede ser!”

Rodrigo se levanta. Ese grito le inquieta. Sus ojos, en borrasca, le prohíben ver con claridad. Como ajeno al mundo. No puede, o no quiere, sujetar con firmeza el vaso con café, que se desparrama y es absorbido por el suplemento cultural del diario que leía.

Escucha encender de nuevo el vehículo. Y, al instante, el impacto, intenso. Una pick up azul golpea fuerte la parte trasera del auto negro, proyectándolo sobre los cristales del frente de la tienda, que caen estrepitosos, en medio del desconcierto, gritadera de miedo de los clientes y empleados que no aciertan a saber qué ha pasado.

La parte delantera del auto, destrozada; plástico y lámina en acordeón, vidrios rotos y fierros retorcidos. Al volante, el cuerpo, quejándose, apretado el pecho por la bolsa de aire, con una rajada en la cabeza — como una alcancía de cerdo— que sangra, es el amigo de los pingüinos. La mujer que lo acompaña está presa en su asiento, mueve hacia atrás la cabeza; tiene el cinturón puesto, trae golpes en la frente, el rostro ensangrentado. Y los lentes para el sol se le han caído.

Una oleada de curiosos, salidos de quién sabe dónde, están presentes y miran. Rodrigo de pie, como ausente, sigue a un lado de ellos; el bullicio de la gente apenas le llega y recorre su rostro. Se acerca a la mujer, le toma la mano, acaricia su pelo ensortijado. Ella lo mira, baja la vista, abundantes lágrimas escurren caen de sus ojos.

— Mis piernas, ay, ay, mis piernas…— se queja.

—Todo va a estar bien, ya lo verás. Todo estará bien— susurra Rodrigo, con piedad, contenido el llanto, tras un silencio atroz que se le clava muy dentro.

El ulular de una ambulancia se escucha próximo. Junto a los pies de Rodrigo, entre agua, aceite y desechos, la cajetilla de cigarros espera…

En tanto, Blanca, su mujer, aprisiona con fuerza la mano de Rodrigo que, cerrando los ojos, cuenta los años.

…Y empieza a ahogarse en los recuerdos.

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