Cuando el Amor acaba

By on septiembre 5, 2019

Ella fue la primera mujer que realmente me importó, la primera y la última en despertar en mí profundos sentimientos.

La conocí en una fiesta de ex compañeros de la preparatoria y, aunque al principio no sintió atracción por mí, yo quedé fascinado con su belleza.

Sabía que era divorciada y mayor que yo. Eso no resultó un impedimento en mis afanes de conquista, que ocuparon la mayor parte de mi tiempo con sobresalientes resultados.

Iniciamos lo nuestro con paseos, cenas, cine y la playa, donde por fin consumamos nuestro primer encuentro sexual.

Al amanecer, en la playa, en compañía de mi diva hablamos de nuestras respectivas intimidades, detallando cuántos amantes habíamos tenido. Entablamos un romance en el que el placer era el máximo aliciente y nuestras personalidades, diametralmente opuestas, nuestro peor enemigo.

Con mi amada alcancé el máximo pináculo de gozo carnal. Nuestras entregas fueron cada vez más intensas hasta que llegó el momento en el que debimos sincerarnos con nuestras respectivas parejas (yo mi novia, ella con su amante ocasional) para poder estar juntos sin nada que nos impidiera separarnos.

Fueron meses en los que juntos descubrimos nuevas rutas de lujuria, aderezadas todas ellas con nuestro amor.

Nos enamoramos perdidamente uno del otro. Nos necesitábamos y nos espantaba la posibilidad de que todo terminara.

Para mantenernos unidos debíamos luchar contra el escarnio social por las diferencias de edad (mugres 7 años), nuestros gustos dispares, creencias religiosas (ella católica disfuncional, yo ateo recalcitrante) y, claro, nuestros celos que se encendían con enorme facilidad.

Fuimos el uno para el otro y pudimos ser mucho más…

Pero nuestra cobardía ganó y poco a poco nos comenzamos a lastimar.

Su alcoholismo y mi soberbia no hacían buena química.

Le advertí que era capaz de dejar tendidos a golpes a cualquiera de sus ‘amigos’, aquel que se atreviera a invitarla incluso a tomar café. Ella correspondía llamándome a toda hora, investigando quiénes eran mis mejores amigas, y contactándolas para advertirles que no se atrevieran a enredarse conmigo.

Nuestros respectivos amigos nos aconsejaban dejar todo por la paz. Para todos era fácil la resolución, pero para ambos era espantosa. A pesar de todo, debimos afrontarla para poner punto final.

Comprendimos lo que significaba decir adiós a nuestro cariño, decirle adiós a nuestro amor, dejar atrás nuestros encuentros, encerrar en muros nuestra ilusión, enterrar en lodo nuestras mutuas risas, desollar entero nuestro corazón, vomitar entrañas de placer insano.

Aceptar con hechos que todo había acabado…

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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Diario del Sureste