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Credulidad digital, la verdad en tiempos del algoritmo

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Visitando algunas páginas de Facebook, encontré una llamada Gold Wolves. Publica historias falsas de eventos pasados, creando fotos creadas con IA para acompañar los textos. Dicho espacio se define como un canal de noticias generales, que actualiza de forma rápida y precisa los acontecimientos políticos, económicos, sociales y de la vida nacional e internacional. Pese a esto, en uno de tantos dedicados a Bruce Lee en esa página, toda la información es falsa. En mi humilde opinión, lo ético sería que en su definición admitieran que en realidad son un espacio de fabulación periodística.

En la publicación se aseguraba que en 1972 Jean Claude Van Damme insultó a Bruce Lee en un programa de televisión en los Estados Unidos, lo que resulta absurdo.

En primera instancia, pensé en hasta dónde ciertos espacios son capaces de llegar con tal de atraer vistas; pero creo que es más interesante analizar el comportamiento del lector, que es un enfoque más profundo y útil para el público. El verdadero tema no es si páginas como Gold Wolves deben existir o no, sino por qué millones de personas aceptan como ciertas historias que nunca fueron verificadas.

La credulidad digital crece no porque la gente sea menos inteligente, sino porque las redes están diseñadas para favorecer el consumo rápido de información. Muchas personas leen un titular, ven una fotografía convincente, y comparten el contenido sin preguntarse quién lo publicó, de dónde salió la información, o si algún medio confiable la confirmó.

Antes, un lector asumía que, si algo aparecía en un periódico, había pasado por filtros editoriales. Hoy, en redes sociales, el diseño de una publicación puede imitar perfectamente el aspecto de una noticia, aunque carezca de fuentes, contexto o evidencia.

El algoritmo no distingue la calidad periodística; privilegia aquello que genera interacción. Una historia falsa, pero emocionante, puede difundirse mucho más que una nota rigurosa. En ese contexto, la herramienta más importante ya no es únicamente la moderación de la plataforma, sino el pensamiento crítico del usuario.

Inventar declaraciones y acompañarlas con imágenes generadas por IA para hacerlas pasar por hechos reales no es periodismo, es desinformación. Bruce Lee jamás participó en ninguna de las historias publicadas en Gold Wolves; tampoco se enfrentaron nunca los campeones mexicanos de boxeo, Salvador Sánchez y César Chávez. Páginas de este tipo operan en una zona gris o aprovechan los límites de las políticas de moderación.

Es muy importante señalar que existe una diferencia muy clara entre una página dedicada a la ficción («¿Qué hubiera pasado si…?») y una que presenta historias inventadas como si fueran hechos reales. Cuando además se autodefine como un «canal de noticias» que informa «de forma rápida y precisa», el riesgo de desinformación es mucho mayor.

El problema con páginas como Gold Wolves es que publican relatos ficticios presentados con apariencia de noticia o de anécdota histórica, muchas veces sobre personajes fallecidos como Bruce Lee, Elvis Presley o Michael Jackson. Lo verdaderamente importante es entender por qué millones de personas aceptan como ciertas historias que nunca fueron verificadas. Eso traslada el foco del emisor al receptor, que es donde hay un fenómeno social digno de analizar.

¿Por qué un caso tan burdo como este de Bruce Lee es dado como real por miles de personas? ¿Un caso donde no existía una relación pública entre ambos que pudiera dar pie a un intercambio de ese tipo? Si esta publicación es ficción, o una recreación hecha con IA, debería indicarse claramente. Presentar relatos inventados como si fueran hechos reales solo contribuye a la desinformación y termina perjudicando el legado de figuras históricas.

Tras 42 años dedicados al oficio, siempre defiendo un principio básico del periodismo: distinguir claramente entre información, opinión y ficción. Esa frontera es cada vez más importante con la facilidad que ofrecen las herramientas de IA para generar imágenes y relatos convincentes.

También estoy convencido que cada vez veremos cada vez más páginas de este tipo, que no buscan informar, sino maximizar interacciones. Publican historias emocionalmente llamativas porque generan comentarios, compartidos y reacciones, aunque sean completamente falsas.

Cuando estas historias falsas se repiten una y otra vez, muchas personas terminan recordándolas como si hubieran ocurrido realmente. Ese es uno de los efectos más preocupantes de la desinformación.

Sin embargo, admito que el mayor riesgo no es que existan páginas que inventan historias.

El verdadero riesgo es que millones de personas hayan dejado de preguntarse si lo que leen es cierto.

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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