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José Juan Cervera
El duende de la redacción induce deslices que matan la arrogancia de los centenarios y la negligencia de los vivos de todas las edades.
Mezclar hiel con tinta produce trastornos que merman la credibilidad paralizada en fase embrionaria.
Nada puede dar vida a un despojo nacido senil desde raíces hundidas en cieno que ningún maquillaje oculta.
El salto de páginas interiores para escalar titulares de primera plana es ejercicio de entrañas turbias que buscan la superficie en exhibición dominical y decembrina.
Alguien preguntará si un error tipográfico puede mellar torrentes de maledicencia que una centuria registra en ausencia de pudor.
Ninguna fórmula guarda efectividad eterna, ni hay careta que asegure enajenación duradera. Las caídas simbólicas pregonan la inmovilidad de figuras decadentes.
La fibra retrógrada pulsa cada día su acento oscurecido, sumando frivolidad y devoción de utilería. Si algo sabe de la vida es lo que enseña, de rebote, su hálito artificial.
Llega a donde siempre lo reciben mientras multiplica las fuentes en que extrae forraje mezquino, servido en remplazo generacional para la continuidad de sus rebaños.
Insiste en proclamar el juicio falaz de la historia, impedido de acallar ecos lejanos de una gloria ajena a sus posesiones.
Celulosa estéril de cauda centenaria, tinta rapaz que se estanca en las fisuras de una moral de pantano.





























