Ceremonias y Leyendas Mayas (VIII) – XAAN (La casita de palmas)

By on agosto 24, 2016

Ceremonias_portada

Ceremonias y Leyendas Mayas

VIII

XAAN

(La casita de palmas)

Nadie lo siembra, ni nadie lo riega; los pájaros esparcen las semillas y crece silvestre entre los montes y sabanas de la tierra del Mayab.

Xaan en nuestra lengua maya: Huano o palma, en español.

Cuentan que en los tiempos antiguos existieron dos indios enamorados. Ella se llamaba Musulkay, porque cantaba muy bonito; a él lo nombraban Xaan y era un guerrero. Su desdicha fue haber nacido entre tribus guerreras rivales, por lo que no podían verse siempre.

Cuando ella salía de su casa para sacar agua del pozo, él la miraba desde lo alto del árbol del Pochote y le enviaba signos de amor con esas flores que vuelan en los meses de mucho viento. Ella las recogía y las guardaba y, después de dejarle agua para que mitigara su sed, corría de regreso a su casa con el temor de que los hubieran visto.

Las tribus rivales peleaban siempre y vivían en pequeñas chozas mal construidas con palos y zacate que llamaban Paceles. No era el tiempo para el estudio, ni la siembra, ni la armonía entre los mayas.

Musulkay y Xaan se veían cuando no había luna. Sentían que una nueva era de paz vendría, y decidieron huir lejos de sus tierras para encontrar su propio destino.

Los astros los guiaron por diferentes caminos, contemplaron ríos y cascadas y llegaron al mar. Así peregrinaron por muchos lugares, pero no encontraron el lugar apropiado para vivir. ¿Regresar? Musulkay no estuvo de acuerdo y decidieron esperar un tiempo más.

Aquel verano fue intenso, los árboles secos y sin frutas, los animales dañinos merodeaban por todos lados; tenían que dormir en la copa de los árboles previniendo los peligros. Por todo esto decidieron regresar, no importando lo que pasaría al llegar con sus tribus.

El regreso era largo y las lluvias vendrían pronto. Estaban lejos de su tierra cuando comenzó a llover, los senderos eran intransitables y no encontraban alimentos. Una noche, la lluvia se transformó en tormenta; las aguas subieron de su acostumbrado nivel y no tenían donde guarecerse. Treparon a un tronco y la fuerza de la corriente los impulsó por largos canales. Se detuvieron después de muchas horas en una orilla, cerca de un árbol extraño. La lluvia seguía, pero bajo aquel árbol la lluvia no caía: sus largas y anchas hojas lo impedían, y junto a su tronco pasaron la noche.

Amaneció y salió el sol. El lugar era distinto: la vegetación exuberante, árboles con frutas, animales y pájaros. Decidieron quedarse y formar su hogar todavía lejos de su tierra. Xaan comenzó a formar su casa con palos y bejucos; pero, para protegerse de las lluvias y del sol, tendría que encontrar algo mejor que el zacate. Recordó que la noche de la lluvia habían dormido bajo las hojas de aquel árbol extraño que los había protegido. Salió al campo y encontró muchos de ellos; entonces con sus hojas cobijó el techo de su casa. Con tierra y zacate cubrió la forma circular de la misma, y las puertas las formó con bejucos y palmas.

Llegó el invierno y tenían que protegerse del frío. Musulkay con palmas más pequeñas formó un petate que les brindó calor. Durante estos meses, Musulkay jugaba con las hojas y hacía largas y angostas tiras que le servían para trenzar sus cabellos; sus hábiles manos habían logrado tejer un tosco sombrero que la protegía del sol.

Llegó la primavera con sus flores por todo el campo. Al llegar el verano, el agua escasea y las tribus salen a conseguirla por todos rumbos. Aquel verano fue muy intenso y no había agua en las sartenejas; los emisarios recorrían grandes distancias hasta localizarla. En su peregrinar, los guerreros de la tribu de Xaan lo encontraron: era el hijo del jefe de la tribu. Lo regresaron a su tierra, junto con su amada Musulkay.

¿Tendrían algún castigo? No, los viejos jefes lo perdonaron y aceptaron que su amada viviera con ellos. Después de algún tiempo, Xaan les platicó de su viaje y del árbol que los protegió de la lluvia, de los vientos y del Sol. Sembró las semillas que trajo consigo, y al poco tiempo las hojas juntas cobijaron la primera casa de los mayas.

La noticia llegó hasta otras tribus, embajadas vinieron y aceptaron un pacto de paz con la condición de recibir semillas y la enseñanza para construir sus casas. Xaan estuvo de acuerdo y los jefes también. Les pidió que también perdonaran a su amada Musulkay. Todo fue aceptado.

Los indios recibieron las semillas y al árbol lo llamaron Xaan. Y así fue como dice la leyenda que comenzó la armonía entre los mayas.

Han pasado muchos siglos desde aquel entonces. Todavía existe en los pequeños pueblos y rancherías el acuerdo: quien necesite construir su casa de palmas recibirá ayuda de todos, sin pago alguno, como signo de amistad y armonía.

[Continuará la semana próxima…]

RUBÉN ESTRADA CÁMARA

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XAAN

THE LITTLE HOUSE OF PALMS

No one plants it and no one waters it. The birds scatter its seeds and it grows wild in the woods and savannahs of the land of the Mayab.

It’s called xa’an by the Maya, huano or palma in Spanish, and palm in English.

They say that, in ancient times, there were two natives in love. She was called Musulkay because she sang so beautifully, and he was named Xa’an. He was a soldier. Their misfortune was to have been born into rival tribes. They were never allowed to see each other.

When she left the house to fetch water from the well, he would watch her from high on a pochote tree, and sent her signs of his love with flowers the winds carried to her. She would pick them up and give them water to quench their thirst; then she would run home quickly, fearful of being discovered.

The enemy tribes were always fighting. They lived in small and badly-constructed huts of poles and grass that they called paseles (shelters). This was not the time of study and planting. There was no harmony among the Maya.

Musulkay and Xa’an would see each other on moonless nights. They felt that a new era of peace might come soon, so they decided to run away, to seek their own destiny.

The stars guided them by several paths; they saw rivers and waterfalls and, finally, the sea. They traveled far, but could not seem to find a good place to live. Return? Musulkay wasn’t in favor if this, so they decided to wait longer.

That was a bad summer. The trees were dry and fruitless. Predators roamed everywhere. The couple had to sleep in treetops because of the danger. For these reasons, they decided to return home and not to worry about what might happen upon their arrival.

The way back was long and the rains impending. They were still far from home when the rains began. Paths became impenetrable. They could not find food. One night, the rain turned into a storm. Waters rose above the usual level and they could not find shelter. So they climbed up on a tree trunk and let the current carry them downstream; many hours later, they stopped at the bank of the river under a strange tree. The rain kept falling, but under the tree no rain was felt: its long and wide leaves prevented it. They passed the night under its protection.

At dawn, the place looked different. Vegetation was luxuriant. Trees here bore fruit and there were many birds and animals. They decided to stay and build a house, even though they were still far from home. Xa’an began to build their house with poles and vines but, to protect themselves from the rain and sun, he would have to find something better than grass for the roof. He remembered that the night of the rain they slept under the leaves of that strange tree and they had stayed dry.

Nearby in the fields, he found many such trees and took their leaves for his roof. With dirt and grass, he covered the circular frame of the house, and the doors he made of vines and palms.

Winter arrived. They had to find protection from the cold.

With smaller palms, Musulkay wove a mat that kept them warm. During these months, Musulkay also learned how to make long, wide strips to braid their hair, and her skillful hands fashioned a crude straw hat to protect her from the sun.

Spring arrived. Flowers bloomed everywhere. But then came the hot, dry summer, and water became scarce. Storage jars were empty. Porters traveled long distances in search of water. On one of these trips, Xa’an was found by his tribe and, since he was the chief’s son, they forced him and his loved one, Musulkay, to return with them. Would they be punished? No, the old chiefs pardoned him and accepted Musulkay as one of their own.

Sometime later, Xa’an talked to them about his trip and the tree that had protected them from the elements. He planted the seeds he had brought with him, and in a short time the leaves from this tree were used to cover the first Maya house.

Word spread to the other tribes. Ambassadors came and made peace pacts with the condition that they be given some seeds and taught how to build their houses. Xa’an agreed. So did the chiefs of his tribe.

And so the natives received the seed, and the tree was called xaan. And that was how harmony began among the Maya, according to the legend.

Many centuries have passed since then, but in the villages and ranches there still exists the custom of helping each other build a house of palm, with no pay whatsoever, as a sign of friendship and harmony.

[To be continued next week…]

RUBÉN ESTRADA CÁMARA

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