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José Juan Cervera
Poco importa la noche que agobia descansos precarios si en ella fluye el aliento de la diosa que preside santuarios floridos, muy lejos del bullicio, como prueba de sus dones.
A cobijo del impulso creador, el heraldo de dichas compartidas rastrea orígenes, mitigando el peso de sus ataduras; así advierte que los colores y las superficies se funden en el núcleo lumínico que los hábitos sepultan.
Tal como llega para enseñorearse en las comarcas remotas de su reino, la dadora de luz planta besos de despedida que anuncian visitas próximas o ausencias definitivas.
En parajes remotos, visos de intimidad anidan en regazos propicios antes de revelar un rostro de plena complacencia.
De noche, cuando llegan las musas para satisfacer insistentes llamados, interrumpen su paso tropezando en la oscuridad con sus oficiantes más aprensivos.
Un gesto espontáneo y una mirada serena encienden la llama con que la conciencia ilumina el recinto que resguarda caudales, justo antes de prodigarlos en formas cuajadas de expresión.
Tras una estela de aromas que se disipan en la ribera, los cauces que conducen un haz de reverberaciones delatan la ausencia de deidades ocultas y ritos propiciatorios, hasta mostrar lazos múltiples que crecen avasallando hilos de esfuerzo consciente.
En giro de fortuna, signos de deterioro empañan los juegos de espejo con que la fatuidad, agazapada en oropeles, aturde expectativas primerizas; así se pule la lozanía de voluntades que dejan de perseguir fórmulas, para dar solidez a la fuente que en germen traza el sustento de su propio encumbramiento.
Vibraciones afines suman fuerzas para pregonar cosechas moldeadas en el fondo que sostiene el pulso de su asiento feraz.
La luz y el eco, el tacto flexible, y el equilibrio que modula palpitaciones en la atmósfera sellan su encuentro en matices de un perfil que evoca ritmos de persuasión.





























