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Octavio Novaro
Tenía yo entonces quince años;
ella dieciocho lucidos
y un nombre, ya de mujer,
que sonaba como vidrio.
Me sedujo por señora;
yo le gustaba por niño
y por el parvo homenaje
de mi azoro y desatino:
¡Ella a vestirse de azul
y yo a cargarle los libros!
¡Ella a subirse la falda
y yo a perder el sentido!
No era muy hermosa, no,
ni muchos sus atractivos:
algo las piernas corvadas,
algo como los hombros caídos,
¡pero los senos bien altos,
muy dadivosos y tibios!
Labios pulposos y largos
apenas ensombrecidos
por la sutil enramada
del vello agraz y ladino.
Los ojos eran caricias
de terciopelo encendido
que las orejas cercaban
como dos mares de mirtos.
¡Y un dardo rojo y punzante
la lengua de fuego vivo!
La escuela se hacía torrente
apenas dadas las cinco,
que la vecindad cascada
reventaba de bullicio.
Juntado el corro anhelante
en el patio anochecido,
ella siempre consolidaba
jugar a los “escondidos”.
Buscábamos por parejas
algún rincón escondido
o nos plantábamos mustios
bajo la sombra del higo.
Yo le recitaba entera
mi fontana de adjetivos
y ella pagaba el regalo
con excitantes mordiscos.
También mis manos jugaban
ocultas en su corpiño
mientras en fiel simulacro
nos besábamos caídos.
Nos entregábamos roncos
cuando éramos sorprendidos.
Cuando quinientos luceros
Iban a picar los higos.
¡Ay, los misterios lejanos!
¡Ay, los presentes suspiros!
Por cima de las estrellas
y horadando los olvidos
viene un nombre de mujer
a perfumar mis sentidos
a patio de vecindad
y a campanitas de vidrio.
Diario del Sureste. Mérida, segunda sección, 6 de octubre de 1936, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























