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D.R. Carmen Mendoza
Cabecitas cubiertas de nieve.
Caritas de amor sin final.
Pliegues que el tiempo dejó en su piel
como huellas de amor inmortal.
Tienen un corazón generoso,
que nunca aprendió a rechazar.
Dulces, juegos, caprichos sin frenos.
Siempre dispuestos a dar.
Leían cuentos fantásticos,
deseando que no acabaran.
Y entre sus brazos tibios y firmes,
mis sueños siempre habitaban.
Sabios consejos me dieron,
del mal me supieron alejar.
Con su andar por la vida
me enseñaron a no tropezar.
Pasan los años y ahora
sus ojos no logran mirar,
pero escuchan mi voz con el alma,
y eso nos hace vibrar.
Se desborda el amor en mi pecho,
sin barreras, sin condición.
El amor de mis viejos lo llevo
palpitando en mi corazón.
¡Ay, mis cabecitas blancas,
detengan el paso del sol!
Porque si el tiempo avanza,
temo perder su calor…





























