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Bibliografía de Salvador Novo

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Salvador Novo

Ermilo Abreu Gómez

El público no sabe –o casi no sabe– que la Biblioteca Nacional no sólo guarda libros y más libros, antiguos y modernos, para uso y recreo del público que acude a sus salas de lectura, sino que también se dedica a preparar y a publicar valiosas y curiosas obras de interés cultural. Por ejemplo, ha publicado la Crónica de la Merced de México, por Cristóbal de Aldana; la Continuación del cuadro histórico de la Revolución Mexicana (tomos I, II y III) por Carlos María de Bustamante; y bibliografías de José Vasconcelos y de otros autores.

Su más reciente publicación es la que tenemos sobre la mesa; se titula así: Nómina bibliográfica de Salvador Novo por David N. Arce (México, 1963, 37 páginas, en cuarto). Para enriquecer este trabajo bibliográfico Arce reproduce algunos pensamientos del autor “sobre la poesía, sobre el teatro y sobre la prosa”. Sobre la prosa dice –textualmente–: “No veo mérito en dominar la prosa. Su ejercicio profesional en ensayos, relatos, crónicas, equivale a la locuacidad del solitario que narra con la pluma lo que calla su lengua. Escribir pues mal o pobremente, es pensar de igual modo. Hacerlo bien traduce el equilibrio interno que se vierte a una prosa elocuente. Y ese equilibrio (con que se nace) se enriquece: pasa de estático a dinámico, con la cultura, que no es más que el trato amoroso con vivos y muertos –y la germinación de su influencia en nuestro espíritu, y por ende, en nuestra prosa.”

La bibliografía de Novo la clasifica el señor Arce en estas secciones: “Adaptaciones”, “Compilaciones”, “Obras originales” (donde se mezclan poesía, teatro y otras formas); producción recogida en antologías, etc.; “Prólogos”, etc., “Traducciones” y en “Publicaciones periódicas”.

Es realmente notable la riqueza y la variedad de la obra de Salvador Novo. Al examinar estas fichas se da uno cuenta, en primer lugar, de la pasión por la obra que anima al autor, pues no pasa año sin que haya ofrecido algunos de sus trabajos. Por otro lado, también llama la atención su preferencia por ciertos géneros (la poesía y el teatro) que se aviene (así lo entendemos) a la calidad de su espíritu creador. La crítica no abunda y la narración es escasa. Los trabajos en cierta medida (entre íntimos y públicos) contenidos en sus “diarios” son más bien una conversación con alguien que oye y que, por cortesía, no contesta.

Ojalá que David N. Arce, tan docto en estos menesteres bibliográficos, amplíe más y más su radio de acción y forme otras bibliografías de autores mexicanos.

Una labor de esta especie, por modesta que sea y por modesta que parezca a los lectores, es de suma importancia al historiador de nuestras letras. ¿Cómo se hubieran escrito en Inglaterra, Francia o en Italia las excelentes historias de sus literaturas, si los autores no hubieran tenido a mano copiosas y exhaustivas bibliografías bien sea de escritores, de escuelas o de épocas? Sólo así el historiador o el crítico pueden prestar atención a los temas básicos de su obra. Tal ha sido la tragedia en nuestro medio. Nuestros historiadores de la literatura han tenido que ser, al mismo tiempo, canteros, peones, albañiles, ingenieros y arquitectos para medio realizar la obra que nos han ofrecido. Salvo excepción notable, la mayoría de los trabajos concluidos adolecen de innumerables defectos. Pero no debemos censurarlos con ira porque ¡pobrecitos! hicieron lo que pudieron y casi, casi hicieron más de lo que debían de hacer.

La edición de esta Bibliografía es (está por demás decirlo) pulcra en todo sentido: buen papel, apropiado tipo, adecuada distribución de las líneas, discretísima “caja”, de modo que las páginas lucen elegantes como conviene al crédito de la Biblioteca Nacional, del autor David N. Arce y del escritor de quien se hizo la bibliografía: Salvador Novo.

Para completar la bibliografía de los autores mexicanos debía emprender David N. Arce una bibliografía acerca de los mismos autores. Y decimos “debía” porque le estimamos mucho y sabemos que en ella pondría no sólo grave y constante diligencia sino también amor y discreción para deslindar los campos propicios para levantar el edificio de una personalidad. La bibliografía acerca de un autor ofrece gravísimas dificultades porque en ella se trenzan materiales sólidos y deleznables y a unos y a otros es preciso acudir. A veces una bibliografía de esta índole pinta mejor al sujeto que se ocupa del autor que el autor mismo. Cuando recuerdo, por ejemplo, las tonterías que dijo Clarín sobre Rubén Darío, o las que escribió Menéndez Pelayo sobre Julián del Casal, tiemblo sobre la responsabilidad del autor que se encargó de formar las bibliografías de Clarín y de Menéndez Pelayo.

 

Diario del Sureste. Mérida, 3 de julio de 1963, pp. 3, 6.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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