Azote de los trópicos

By on febrero 25, 2021

José Juan Cervera

El peligro de las enfermedades que se propagan con rapidez en las poblaciones humanas sea por contagio o por la acción directa de agentes diversos, conocidos o sospechados, ha constituido una preocupación constante a lo largo de la Historia. Cada país registra sucesos de esta índole que abaten conciencias y debilitan organismos, despiertan temor y auspician luto y desasosiego.

                En 1964 se declaró erradicada oficialmente la fiebre amarilla en México. Con tal motivo, el titular de la Secretaría de Salubridad y Asistencia le encargó a Salvador Novo un libro para conmemorar ese acontecimiento a partir de un recuento histórico de los daños que había causado y de las ideas que se desarrollaron acerca del temido mal.

                      Éste fue el origen de Breve historia y antología sobre la fiebre amarilla, editada ese mismo año y de la cual el mismo escritor daba algunos avances en las crónicas con que colaboraba para la revista Hoy; en ellas, alrededor de marzo, comentó sus apuntes y la bibliografía que iba reuniendo, y a principios de agosto hizo saber que el entonces presidente Adolfo López Mateos recibió el primer ejemplar de la obra.

                    En ceñidos capítulos, Novo expone alusiones remotas de la fiebre amarilla espigadas del Popol Vuh y de los libros de Chilam Balam. Apoyándose en los cronistas de Indias, refiere los graves efectos de la enfermedad entre los conquistadores europeos, e indica que en la época colonial aquélla fue confundida con el paludismo. Del siglo XIX destaca las consecuencias del también llamado vómito negro entre las tropas estadunidenses y francesas que intervinieron en México, en tanto que al abordar la centuria siguiente pone de relieve los logros sanitarios alcanzados gracias a la aplicación de medidas derivadas de los descubrimientos del médico cubano Carlos J. Finlay.

                    La antología que compila Novo y que representa la segunda parte del libro está compuesta de testimonios de viajeros extranjeros que llegaron al país en calidad de científicos, exploradores, aventureros y diplomáticos, muchos de los cuales citan al barón Alejandro de Humboldt para reforzar los datos que ofrecen en sus respectivos escritos. Los pasajes extraídos de la obra del sabio alemán, en referencia a la fiebre amarilla, dan inicio a la selección reunida.

                    Estos autores sitúan en Veracruz el escenario principal de sus recuerdos, lo cual es comprensible por haber sido puerto de entrada a México. Y si bien los brotes epidémicos de esta enfermedad se extendieron a otros puntos del estado y a otras entidades federativas, durante el siglo XIX la fiebre amarilla no causó tanta mortalidad entre la población veracruzana como la viruela, sólo que aquella era particularmente letal para los forasteros, y es por tal motivo que éstos se refieren a ella de manera preferente.

                    Puede causar sorpresa que Novo haya incluido a Lorenzo de Zavala entre los viajeros que dieron fe de su paso por Veracruz, quien a propósito de la mortífera dolencia se jactaba: “Yo, como nacido en Yucatán, no tenía que temer la fiebre amarilla.” De igual modo insertó otros extractos de su libro Viaje a los Estados Unidos del Norte de América, en los que el controvertido federalista brinda sus impresiones acerca de los esfuerzos emprendidos en Nueva Orleans con el propósito de combatirla.

                    No es de extrañar que el reconocido cronista dejara fuera de sus notas al obispo yucateco Crescencio Carrillo y Ancona, autor de una Carta sobre la historia primitiva de la fiebre amarilla (1892), sea por no haber tenido noticia de ella o por el simple hecho de que el ilustre religioso no era un extranjero que anduviese de visita en territorio mexicano, como sí lo fueron Stephens, Chevalier, Charnay y los demás que figuran en sus páginas.

                    Y aunque varios de los visitantes señalaron a los mosquitos como una molestia constante, ninguno de ellos relacionó directamente al Aedes aegypti con la enfermedad, vínculo que el doctor Finlay reveló en sus estudios de 1881, y a quien de alguna forma Salvador Novo rinde homenaje con su espléndida pluma.

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