Arquitecturas de lo invisible – IX

By on julio 15, 2021

IX

ANTES DE IRSE A DORMIR

La diminuta tela roja, sostenida apenas con la punta de los dedos, cayó de súbito al piso. El último beat crujió como un golpe seco, el oscuro total se hizo sobre el escenario. Una ola cálida de gritillos y suspiros delatores se levantaron a coro. Era la voz de la espera y el aliento contenido, la de los ojos voraces y las manos ávidas. El hombre desapareció del escenario. Tras él también habían salido los pantalones entallados, el gorrito y la camisa de marinero, la tanga azul eléctrico. Ahí arriba permaneció la estela de su cuerpo, el hálito del vapor sutilmente posado sobre sus brazos, su mirada arqueada y la media sonrisa como un gesto travieso, triunfal. Este largo segundo tan lleno de impresiones por fin reventó en aplausos, risas, manoteos, miradas cómplices. El aire denso se aligeró, blanco y sensual, entre haces de luz y los reflejos coloridos del disco ball. La música se reanudó de inmediato,

Leaves me wanting, leaves me yearning, leaves me feeling for a taste.

Before the end of the night I wanna hold you so tight,

you know I want you so much and

I’m so tempted to touch!

mientras unos cuantos billetes continuaron ondeando en la punta del asta de unos brazos regordetes y tintineantes, llenos de ajorcas doradas. Las mujeres arremolinadas al pie de la pista volvieron a ocupar las sillas minimalistas que estoicamente contenían el ímpetu de sus caderas. Entre la algarabía de los chacoteos y el tañido del hielo en los vasos, permanecieron las impresiones del espectáculo

–¡¿Le viste el paquete?!

–Ay, no, estaban mejor sus nalgas.

–La verdad a mí me gusta más el vaquero.

–Pero es muy puerco.

–¡Por eso!

Aquí es donde uno sabe que todo lo demás ha valido la pena. Escuchar los gritos, los suspiros cuando quedas completamente desnudo es una sensación como, no sé, casi como un orgasmo. Todo queda oscuro y tú te conviertes en el hombre más deseado del mundo. Los aplausos son para ti y sólo para ti, lo sabes y eso te hace el más chingón de todos, que no.

La música vuelve con el resonar definitivo de un gong. Luces rojas se disparan sobre las paredes y el resplandor de espejo del piso. Una voz en off anuncia, con una especie de susurro exagerado y viril, la presencia de Fabrizio en la pista.

–¡Venga el aplauso!

Notas familiares de una canción pop romántica elevan los gritos de las mujeres que, una vez más, vuelven a revolotear a las faldas de la pista. Sus miradas se pierden entre los muslos del hombre fornido y moreno que menea las caderas al compás suave de la música. Nada en él delata desamor o rechazo, sin embargo, la letra de la canción seguida por sus labios torpes en playback, lo presentan como el hombre sensible, inseguro de la amada

Miedo de sentirme solo, teniéndote

miedo a no sentir tus manos sobre mi piel,

miedo a no saber si piensas si te hago falta,

ganas de tirar mi ego por la ventana

y me pregunto qué hago aquí sin ti.

Las mujeres, antes lascivas, se han transformado ya en coro fiel, como si miraran a Pepe Aguilar interpretar en vivo la misma balada. Fabrizio danza con una lentitud para saborearse, como abrazando el cuerpo inexistente del amor y la duda. Pese a la supuesta inseguridad de su interpretación, hay un dejo de vanidad luchando con el feeling, entonces abraza con determinación el tubo metálico ubicado al centro de la pista y exhibe sin mesura cada músculo tonificado, la piel cobriza perfecta, el muslo vigoroso. Si la danza implica seguir con sutileza los compases de la música, los dedos juguetones entre los bordes de la pequeña porción de licra cubriendo sus genitales no lo son tanto. Parte importante del show reside en sugerir las proporciones y cualidades de lo único que no queda al descubierto, así que sacudirla dentro de la diminuta prenda se vuelve un paso más de la coreografía.

Te das cuenta. Tú vas sintiendo a tu público y tienes que saber detectar cuándo hacer una cosa o no. Por ejemplo, si ves a las chavas prendidas desde el inicio, te la llevas lento para mantener la emoción, no puedes empezar arrojándoles todo de un golpe. La gente piensa todo lo contrario, pero ahí arriba debes cuidar cada movimiento, no te puedes permitir caer en lo vulgar o lo obvio.

El suspiro final se repite con cada intervención. Los chicos desfilan y presentan su número con una perfección de detalle hollywoodense que dispone de todas las piezas en una proporción justísima: la caída de las luces, la forma como éstas se reflejan en los espejos de las paredes, del techo y sobre la gente; la alternancia de una canción bailable y una balada; el orden de aparición de los strippers según su intensidad y dominio del público. De haber un programa de mano, todo se cumpliría en un orden impecable.

Una vez que han desfilado los chicos, hay un tiempo para reposar la vista y seguir sonriendo, para pedir otra cubeta o botella y quizás bailar un rato; subirse a la pista con las amigas y jugar alrededor del tubo, bajar las energías o mantenerlas en equilibrio, aprovechar las oscuridades y la cercanía obligatoria al hablar. La música de fondo no permanece tanto tiempo más sino que, aunque el receso ha sido demasiado breve, la atención se vuelve a concentrar en el escenario con unas notas muy populares de Britney Spears. Al fondo surge, iluminada por un intensísimo seguidor, la esbelta silueta de Valeria o Dayana o Giovana. Algunas mujeres suspiran de admiración, las más de envidia, y en todas ellas se atraviesa rápida la idea de sentirse un poco menos femeninas que la versión de Britney que tienen enfrente.

Es mucho más difícil con las chicas. ¡Es que todas son unas zorras! (Risas) No, lo que pasa es que una se cuida, no te creas, y también se fija en las miradas. No me puedes negar que hay sus envidias, y peor si saben que eres hombre. Bueno, pero así somos, verdad. El show es difícil porque cómo haces que dejen de pensar en sus traumas (que si están gordas, que si la celulitis, que el abdomen…) y aprecien el trabajo que estamos haciendo, o sea, no sabes lo que cuesta preparar un solo número: más allá de aprenderte la canción, que es lo más fácil, tienes que ser el personaje, maquillarte, moverte, expresarte, bailar, hacer todo como ella, y además salir a escena y entregarte por completo… Lo malo es que la gente no siempre lo aprecia. Muchos sólo te dicen: ¡Ay, eso es sólo putería! Lo que no saben es que hasta putear tiene su arte.

Dánae, Vanessa o Silvana se ha adueñado por completo de la pista. Sus estrechas pero firmes caderas equilibran unos giros impecables con los que se hacen al vuelo largos mechones de la peluca rubia. El top negro de cuero deja ver el nacimiento de unos senos moderados que sin embargo se asoman sugerentes, y las piernas largas, torneadas con líneas muy precisas, se deslizan con gran naturalidad sobre la punta de aguja de las botas negras.

I’m a slave for you, I cannot hide it…

Baby, don’t you wanna dance upon me…

Ella es la reina de la sensualidad y, sin embargo, el público permanece impasible. La primera impresión de su cuerpo ejemplar cae de inmediato a un segundo plano y el público en general aprovecha el «receso» para beber, ir al baño o dejar a la mano, discretamente, sus billetes. El ambiente baja y Camila o Estefanía lo resiente. Intenta contraatacar con un nuevo personaje y regresa, luego de una transición musical, caracterizando a Yuri. El fracaso es total, los ánimos no están para «malditas primaveras», así que a la mitad de la canción arroja un gesto ágil al técnico y desaparece sin que mucha gente advierta su intempestiva salida.

Es que, te digo, las chicas son muy difíciles. No es que yo no lo sea, pero cuando la mayoría de los que te vienen a ver son hombres gay, es otra cosa. Como que a ellos si les late el show drag, porque para muchos es una fantasía salir vestidas y ser las reinas, aunque sea un rato, o sea, quién no ha querido ser una diva en algún momento. Pero no te creas, también entre ellos es difícil a veces, que esté aquí todo el gremio tampoco es garantía de que la noche será tuya.

La desaparición de Yuri se olvida pronto. Un oscuro misterio se hace en escena y el juego de luces anuncia la proximidad de un cambio de tono en el espectáculo. Mientras, en diversos puntos del antro (el barandal del segundo nivel, sobre la barra, en una especie de cabina empotrada en la pared en alto) varios de los estríperes bailan sensualmente sin camisa, haciendo alarde de sus cuerpos definidos. Algunos llevan apenas un short de licra entallado, otros un pantalón de mezclilla estratégicamente agujereado por detrás, o un simple juego de luces y sombras.

Las miradas ansiosas se han enrojecido y cristalizado: multiplicidad de pares de ojos con el delineador y el rímel levemente difuminado entre las pestañas, se convierte en un claro indicio de que las horas pasan y no en vano. Por aquí y por allá, el rumor de la expectativa y el show multifocal se ve interrumpido por estruendosas carcajadas, uno que otro silbido y los aplausos esporádicos que muy pronto se convierten en un solo llamado. El espectáculo se reanuda con la misma voz en off, los nombres cambian, pero los chicos son los mismos, las canciones y coreografías similares. La idea es que hay que estar en sintonía con el ritmo etílico y ambiental, si no, uno se pierde y todo pareciera repetición sin sentido…

Y sin embargo no lo es. Allá arriba suceden los mismos pasos y miradas, pero abajo es otra cosa. Lejos de las mujeres tintineantes, exhibicionistas y dispuestas al despilfarro, hay un área sobre la cual no caen las luces del escenario, donde el espacio idóneo adquiere forma de rincón y está sellado con el anonimato. Esos lugarcitos de penumbra se extienden todavía más lejos y más arriba, se desplazan por las escaleras hacia un segundo nivel desde donde la vista goza de los privilegios de la altura, aunque no de los del tacto. Allá entre las sombras y el área reservada se encuentran las parejas de hombres que, si bien no participan del ritual del coqueteo al pie de la pista, sí se saben dueños de otras ventajas que no tienen por qué suceder frente a los demás. Mientras los estríperes bailan alrededor del tubo, ellos se mantienen en la retaguardia, intercambiando besos y caricias ajenos por completo a la ostentación de las señoras que, a ciertas horas, llegan a rivalizar incluso para ver quién coloca el billete más grande en la tanga de los bailarines. En los chicos de las sombras hay, por el contrario, un sentido de la mesura, de lo público y lo privado, muy bien definido, además de que reconocen a los miembros del gremio a kilómetros de distancia y quizás sólo a uno en toda la nómina de estríperes le quepa la duda de no pertenecer a él. Por lo demás, siempre estarán los saloncitos privados de cortinas rojas en completa disposición toda la noche…

Pues tienes que estar abierto a todo, ¿no? O sea, tienes un cliente que te está poniendo los billetes cuando bailas, y si tienes que seguir en su mesa, pues vas. Las que mejor pagan son las viejas (risas). No, en serio, son esas señoronas encopetadas las que tienen más lana. La mayoría están divorciadas o están en la onda de sentirse muy open respecto a todo, ¿ya sabes?… y pues uno les sigue la corriente, para eso estamos. La idea es hacer dinero también, cuesta mucho mantenerse así y no es sólo el nutriólogo y el gym, ¿cuánto crees que cuesta este tono de piel? Ni te imaginas, hay weyes que hasta se exfolian los glúteos. Bueno, la cosa también es estar a nivel, al cliente no le gusta ver imperfecciones y si alguna vez fue cierta esa frase de que el cliente siempre tiene la razón, seguro que fue aquí.

El antro está cercano al cierre. Se le nota en la paulatina desaparición de la gente, el cambio de música y luces, los meseros asistiendo ya no con botellas sino con pequeñas notas para saldar cuentas. Aún los hombres en el escenario resienten la falta de público y el desgaste de tener que girar más veces en el tubo para tener efectos similares a los de antes. Hay en la presentación de sus cuerpos una exigencia de espectacularidad que, sin embargo, se queda sólo en eso, en un progresivo descenso en la energía del espectáculo mismo.

La invitación del ambiente parece que apunta a las despedidas, pero allá en las sombras suceden otras cosas. Los chicos que hemos visto desnudarse en el escenario, ahora recorren las mesas, se sientan a las piernas de hombres y mujeres por igual, reparten tarjetas de presentación ofreciendo servicios

FIESTAS PRIVADAS,

DESPEDIDAS DE SOLTERA,

SHOW, CONCURSOS, STRIPPERS, DRAGS

ACCESORIOS FIESTAS TEMÁTICAS

Los grupos de chicas celebrando cumpleaños o despedidas de soltera son los primeros en desaparecer. En ellas no hay mayor pretensión que pasar un buen rato, recrearse la vista y volver a casa con la inocencia de los fines de semana en casa con el novio de hace ocho años y la familia.

Pues se quedan los otros. Los que saben que después del show los ánimos están para otras cosas. O sea, tú ya hiciste tu trabajo allá arriba, ya no los tienes que convencer desde el escenario, sino bajar a convivir y coquetear con la cincuentona, con el empresario panzón o el treintañero de clóset. Es como fichar, pues, pero más nice. Si te invitan un trago, qué más, le entras un rato, eso no significa que vaya a haber sexo.

Los chicos de las sombras ahora se exponen a las luces a medias del primer nivel, han abandonado la escalera, la cercanía con el privado y las mesas del centro para festejar más en corto. La música se ha despojado del estruendo, sigue siendo festiva, pero sin hacer foco sólo en ella, puesto que tiene el deber de aparentar que la noche no ha terminado aún. La interacción con los estríperes es ahora contundente, definitiva, sin disimulos; el pacto se toma al vuelo o se pierde por completo: quién dice que el comercio con la piel sea más sencillo.

La experiencia dice sin embargo que mientras más viejos, más plata. Así que, de cuarenta para arriba, la tanga se llena. Yo sé que nadie me cree cuando lo digo, pero ser estríper no es fácil. La opinión generalizada es de que sólo es cuestión de quitarse la ropa y ya. Pero no es cierto. Hay una filosofía en todo ello. Uno tiene que sentir y estar dispuesto a conservar su cuerpo, o sea es tu herramienta de trabajo. También está la competencia con los demás, desde luego que a veces hay rivalidades entre nosotros, no sólo por ver quién es el mejor sino a veces también se da por algunos clientes. Hay gente que viene a ver a uno en particular, porque ya tiene su fama y tú tienes que ver cómo le das alcance, cómo te haces tu personaje para que te identifiquen, para hacerte de tu propio público, pues. Si sólo fuera salir a quitarse la ropa, lo haría cualquiera y mira a cuántos estríperes conoces que la muevan así (risas).

Es sólo hasta el final que se acerca Juliana a una de las pocas mesas que siguen entre las sombras. En su rostro hay un dejo de derrota apenas disimulado con el maquillaje casual. Desde hace rato que las muestras de amor se intercambian sin mirar alrededor, las parejas de chicos se sienten cómodas, como si no hubiera nadie ahí para juzgarlos, como si estuvieran en un espacio íntimo, propio. Las señoras se obstinan en abrazarse torpemente a Fabrizio o El Vaquero o Mariano; sus lenguas se tropiezan a cada palabra que viene siempre encadenada a una risa estrepitosa. Los chicos se desprenden con la sutileza y el cariño que han aprendido a fingir con los clientes, mientras los billetes se esconden entre sus dedos expertos. La última llamada para abandonar por completo el lugar son las luces blancas y la voz de Shakira

Una loba en el armario

tiene ganas de salir

deja que se coma el barrio

antes de irse a dormir…

Ante la abierta invitación, todos se disponen a salir del antro no sin cierta reticencia. En las miradas cristalinas se divisan múltiples destinos: salir a la madrugada en pleno periférico y despedirse de las fantasías hechas realidad durante la noche; salir y convertirse en loba–lobo devorador y pagar por un amor de cabaret; salir de una vez y para siempre del clóset; o sólo salir sonriendo, llena la mirada de asombro, ante la capacidad de transformación que nos pueden dotar nuestros deseos.

Karla Marrufo

FIN.

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