Arquitecturas de lo invisible – III

By on junio 3, 2021

III

YO NO SÉ MAÑANA

Downtown

No recuerdo el nombre de la película, sólo conservo la imagen de dos mujeres sentadas en el pasillo oscuro de algún psiquiátrico estadounidense. Una de ellas, guitarra en mano, cantaba a la puerta de uno de los cuartos Downtown, al modo de Petula Clark. Del otro lado de la puerta, otra chica lloraba. Al escuchar los acordes, las voces desafinadas de sus amigas, y visualizar las imágenes sugeridas en la canción, dejaba a un lado las lágrimas y se embelesaba con sus simples palabras: The lights are much brighter there. You can forget all your troubles, forget all your cares and go Downtown…

El consejo de lanzarse al centro de la ciudad cuando uno está bordeando la depresión puede sonar absurdo de tan anodino. Sin embargo, la puesta en práctica en repetidas ocasiones ha reiterado su eficacia. Hay algo en las luces, la disposición de las calles y los árboles, el tráfico, las tiendas y olores mezclados arremolinándose en torno a uno confirmando que todo va a estar bien.

Escuché Downtown por segunda vez en la radio. Era una versión actualizada, con tintes más bien electrónicos, y por completo ajena a Petula Clark. Se trataba de una campaña de publicidad a propósito de la inauguración de un centro comercial aledaño a Disneyland en Anaheim, California, llamado precisamente Downtown. Mi felicidad ahí no fue plena y, ahora que lo recuerdo, ni siquiera estuve cercana a ella. No encontré el ritmo de una sutil bossa nova ni una mano amiga comprensiva. La noche llegó a su fin y no bailé ni hallé solaz alguno para mi desasosiego. Lo que sí entendí es que hay formas secretas de construir la noche y que el éxito o el fracaso de la misma tiene todo que ver con la luz.

Derrame cerebral

Siempre quise llegar a un bar, sentarme sin titubeos en la barra, pedir una cerveza y charlar con el barman. Tantos años de educación cinematográfica hollywoodense no pasan en vano y hay días en que los ánimos se disponen para hacer realidad esos sueños forjados desde la pantalla.

Recorrí el Paseo Montejo lentamente, como quien mira un paisaje fascinante por primera vez y quiere guardarlo milímetro a milímetro en la memoria, con cada detalle intacto. Los posibles sitios donde realizar mi sueño de complicidad etílica se multiplicaban en cada esquina y de paso me sumergían en una indecisión que me hizo recorrer todo Prolongación Montejo de ida y vuelta un par de veces. Rodeé la glorieta del Burger King y me entristecí un poco al pensar en la globalizada iconicidad de nuestros landmarks. También recordé cuando alguien (todavía no sé quién) tuvo la estupenda idea de musicalizar la glorieta, y cómo más de una persona (me incluyo en la estadística) se dedicó a dar vueltas y vueltas en su carro, con las ventanas abiertas, escuchando las canciones pop del momento y dejándose rociar el rostro con las finas gotas que se desprendían de la fuente central.

Después del episodio de nostalgia, emprendí el camino de vuelta hacia El remate. La noche estaba imposiblemente hermosa. No era clara (en realidad nunca he entendido cómo una noche puede ser clara), más bien era una noche oscurísima y poderosa, telón de fondo abismal. Nada tenía que ver con la negrura pretenciosa de las películas, esa que desnuda la vía láctea para los amantes o la que supone abarcar los misterios del universo o disponer del escenario para encuentros del undécimo tipo. Era una de esas oscuridades contundentes, pero afables; imponente, pero dispuesta a albergar en un rincón las luces de carros, neones, velas, faros y toda la fabulosa gama de colores artificiales. Ésa es mi luz favorita, la destinada a ocultar, la que juega a ser sombra y fascina con sus ambigüedades.

Pronto llegué al Monumento a la Patria. Su imponente luminosidad rosácea anticancerígena se me presentó entonces como una suerte de epifanía y yo, ferviente devota que soy de la sintaxis metafísica, me dejé atravesar por el nombre revelado, en una fracción de segundo, en comunión con el orden cósmico: Slavia.

Me miré al espejo antes de bajar del carro. Unos nervios fríos de colegiala me humedecían los dedos. Cerré los ojos, respiré profundo y tomé energía de las antorchas que ostentaban sus fuegos fatuos a sendos lados de la puerta de entrada.

Mi escasa práctica en este tipo de oficios me dejó desarmada al primer intento. Lo había olvidado: mi capacidad para dirigir conversaciones es literalmente nula, las palabras se me vuelven un batiburrillo de imprecisiones y titubeos en situaciones como esa. De entrada, había tergiversado el orden de mi sueño, no fui directa y seductoramente hacia la barra, ni tampoco el chico detrás de ella lo ameritaba. Mejor aventuré un tour por el lugar, fingiendo la búsqueda de mi inexistente acompañante. De inmediato me cautivó la música lounge, soberbia y sensual. Era como entrar de lleno en ese exotismo (tan estereotipado como fascinante) del mundo oriental empacado en cajitas, always «Made in China». De las bocinas ocultas entre cuadros, velas, cortinas y pilares, caían sonidos metálicos, evocaban las alhajas de Krishna, el gong místico que siempre he imaginado florecer al golpear la panza de Buda o el deslizarse preciso de una espada samurái al desenvainarla. La tapicería, en su mayor parte rojo vino, se dejaba ver apenas bajo la luz titubeante de las velas, los candelabros o el hálito ambarino de un foco cualquiera con la intensidad regulada al mínimo. A pesar de la pequeñez del lugar, en él cabía un perfecto laberinto de salas a ras de suelo, divanes, mesas convencionales, ventanas internas, una fuente de piedra, los respectivos servicios sanitarios, cocina y la añorada barra. Todo ello en plena correspondencia con los cuadros, adornos, lámparas de mesa, el relieve del Taj Mahal y un sinfín de chucherías incatalogables. Baudelaire tenía razón: esto era una especie de templo donde el eclecticismo participaba de una serie de correspondencias sonoras, visuales aromáticas, esbozado apenas por una luz tambaleante en su incitación.

Regresé a la barra, albergando una paz cuasi mística proveniente de aquella exploración sensorial. Pregunté por la música.

El dueño nos tiene prohibido hablar sobre ella.

–¿?

Le gusta mantener el secreto de la música para que en ningún otro sitio de Mérida la pongan.

El secreto del templo no debe ser revelado y, lo sé, hay grados de paranoia en los que es mejor no explorar. El chico me evadía la mirada, como si yo fuera una especie de inspector encubierto enviado para seducirlo y obtener la información más sangrienta de los malos manejos del bar. Su cabeza se mantenía hacia abajo y sus manos preparaban hábilmente los cocteles muestra que habrían de decorar la barra durante toda la noche. La luz transparente y de un verde límpido posada sobre la barra contrastaba con el resto del lugar y confería a los cocteles un hálito divino, casi destinado a la contrición. Miré cómo las copas y vasos de vidrio se llenaban de un fulgor policromo y me sumergí de lleno en sus espejismos. Otro de mis sueños ha sido ser barman; pero, más allá de los clásicos que no suelen guardar peculiaridad alguna en su aspecto (Piña Colada, Pato Lucas, Medias de Seda, Daiquiri, Ruso Blanco y Ruso Negro, Mojito…), mi ignorancia en materia de cocteles es absoluta.

–¿Y ése cómo se llama?

–Cielo en el Infierno.

–¿Y sabe como suena?

–Mejor.

–¿Y ese otro?

–Es un Semáforo.

–¿Y aquél?

Cosmopolitan.

El chico empezaba a impacientarse. Me miraba con recelo y desconfianza, pero no me importó mucho. Me detuve en la carta largo rato, evocando todos los nombres de bebidas que en ese momento podía recordar e imaginando pequeños paraísos dentro de mi vaso y un poco más allá: Conga, Brasil, Paloma, Charro Negro, Cucaracha, Manhattan, Toro Moro, Pichulotote, Tortuga Ninja, Vodka al Camarón, Beso Playero, Sangre de Diablo, Moulin Rouge, AK 47, Fire Cracker, Alfonso XIII, Amor de Diciembre, Lágrimas Azules, Esperma de Duende, Genifer 4 A.M., Agua de Amor, Delirio Nocturno, Escaleras al Cielo, Espuma Dorada, Sex on the beach, Orgasmo, Éxtasis…

Justo cuando empezaba a sonreír, el barman colocó una copa larga y diminuta frente a mi ensueño. Ahora temo que hubiera leído mis pensamientos, pues rápidamente llenó la mitad de la copita con un licor verde brillante y transparente idéntico a la luz de la barra, la otra mitad con crema irlandesa; con un fugaz y experto movimiento, dejó caer algunas gotas de granadina que quedaron flotando en el líquido verde como una buena porción de sesos anaranjados con una colita, y me dijo:

Le sugiero éste, se llama Derrame Cerebral.

Yo no sé mañana

Y la luz se hizo. El mundo surgió y desde entonces todos los mundos creados pertenecen al reino de la luz.

Aun los olfativos, táctiles, del gusto o auditivos adquieren sus justas dimensiones a partir de una metáfora luminosa que los hace asequibles y casi cercanos a la descripción.

Así como en aquella película la chica detrás de la puerta abandonaba el llanto para entregarse al mundo del Downtown, el Paseo y Prolongación Montejo se convierten en un centro alargado que atraviesa la ciudad y donde la única condición para acceder a él es la voluntad de perderse en la trivialidad de la luz y el espejismo. Hacia el atardecer, ciertas notas entrañables se van encendiendo en este paisaje urbano. Las simples barras de neón se transforman en logos, nombres, sugerencias, figuras intrigantes e invitaciones surgidas de entre los árboles. La semana aquí se viste de colores y promociones: Lunes de margaritas, Martes: 40% bebidas nacionales, Miércoles de Ladies, Jueves: 2×1, Viernes: barra libre, Sábado: Ellas 80 / Ellos 150, Domingo: Cervezas $20. Todos los días Happy Hour de 6 a 9 p.m.

Las opciones se multiplican y subdividen en géneros, clasificaciones, títulos que nunca encajan del todo, pero dan una idea general. Entre el lugar común del bar y el restaurante se desdobla toda una gama de posibilidades: lounge, antro, pub, disco bar, karaoke; luego las combinaciones de sustantivos y adjetivos: disco boutique, techno disco, sports & grill, ribs & beer grill, krok & pool… A partir de ahí, los híbridos y matices van de lo curioso a lo inexplicable: restaurante & litros bar, bistro pizza & bar, fun memories restaurante bar, mariscos & karaoke…

El universo del bar es quizás el más sencillo. La posibilidad de platicar entre amigos, tomarse algunas cervezas y picar botanas no aspira a más. No ostenta pretensiones de diversión extrema ni promete experiencias únicas, no apela a un exotismo improbable ni promueve campañas de intriga para atraer clientes. Tampoco demanda un código de vestido ni amenaza con la exposición humillante de quien no porte las últimas marcas de los aparadores. Más bien se erige como un lugar intimo donde la convivencia es hacia adentro del círculo de amigos o pareja, no hay exhibicionismos ni alardes. La luz en el bar suele estar ajustada a un punto medio, con la intensidad precisa para poder mirar el rostro y la risa de los otros, pero sin delatar de inmediato los síntomas paulatinos de la embriaguez. Es como estar en casa, entre la familia elegida, cómoda y tranquilamente. Los ruidos más allá de la mesa personal, y el mix generalmente pop, se quedan como una música de fondo acogedora, suficiente y adecuada para pasar un buen rato y reafirmarnos, una vez más, que no estamos solos.

El caso del antro es todo lo opuesto. Un colega me decía que sus alumnos lo habían invitado a unirse a la «ida al antro» numerosos fines de semana y que él hasta entonces no había aceptado. Ante la insistencia de los chicos, les pregunto un buen día:

Pero ¿cuál es el chiste? ¿Qué es lo que van a hacer ahí?

A gritar, maestro, ¿usted nunca grita?

La perplejidad se hizo en su rostro. Creo que todavía la conserva.

La luz en el antro es negra, ese invento estupendo capaz de imprimir una frialdad fosforescente a las cosas blancas. El contraste ahí depende por completo de la cantidad y el tipo de luz. A las primeras horas de la noche, todo permanece en la sutil atmósfera oscurecida por las luces blancas esporádicamente distribuidas a lo largo del lugar. La idea es entrar en ambiente, convencerse de que el anonimato es posible. Hacia la hora de la calabaza empieza el juego contundente de luces, colores y el intenso beat electrónico que habrá de permanecer retumbando en la cabeza hasta la mañana siguiente. Desde un lugar impreciso del techo surgen relámpagos blancos, brillantísimos, como provenientes de la mano de Zeus. De algún otro rincón misterioso, múltiples luces fosforescentes tipo láser o espada de Star Wars caen como lluvia horizontal o diagonal sobre los cuerpos que brincan y brincan al ritmo del beat. La lluvia se convierte luego en remolino y espirales giratorias de hipnótica intensidad. El volumen de la música se corresponde a la perfección con lo vertiginoso de las luces y, además, la gente insiste en platicar ahí dentro, mientras imitan con sus piernas la trayectoria de un resorte pretendiendo elevarse al cielo. Ahora entiendo por qué se puede y en efecto se va a gritar a un antro.

Me quedo con el bar y sus facetas. Si la complicidad de la luz nos acoge como en el hogar, no lo hacen menos los brazos del alcohol. Sin embargo, las formas de sentirse pleno y expresarse en el bar también se van modificando de formas peculiares a partir de la música. La más común se reduce al impacto pop, sus épocas, variantes y límites difusos con el rock. Hay sitios de perpetua noche retro donde impera la nostalgia ochentera o noventera; hay otros donde la selección musical es actualizada, pero sin pasar a ocupar un primer plano. Lo importante aquí es charlar y hacer breves pausas, recordando a través de una canción los años mozos, el amor perdido o imposible, la gran reconciliación.

El reino de la salsa es otra cosa. Desconozco si existe forma más festiva de celebrar o afrontar los desamores, engaños, traiciones, celos, indiferencias y venganzas. La salsa incita al baile, la lubricidad, el emparejamiento, la compenetración con el otro y el sudor cómplice en cada giro, y al mismo tiempo se encarga de contar las historias más trágicas o amorosamente desafortunadas. Escuchar salsa es imposibilidad de permanecer quieto, es un bailar la fatalidad de la vida con una sonrisa de satisfacción y una gran luz de esperanza en los ojos. Por muy terrible que sea la verdad expresada, tanto la salsa como la artificialidad del centro dicen lo mismo: «Todo va a estar bien».

El sitio donde se conjuga la intimidad del bar pop retro, la alegre decepción salsera y el desfogue de energías del antro, es el karaoke. Uno no pensaría que tener un micrófono entre las manos pudiera investirnos de tanto poder (Freud diría tantas cosas). Y no es sólo poseer el micro durante los breves minutos que dura la canción, sino elegir qué cantar, armarse de valor «haciendo fondo» a los vasos, dedicar la letra más punzante a aquel o aquella ingrata indigna de nuestro amor; es cortejo y declaración, exhibición de secretos, confrontación con el mundo y también después, a veces, arrepentimiento.

Poco a poco el ambiente se va adecuando a los ánimos musicales. Invariablemente, las rolas de la Guzmán vienen a ser interpretadas por una chica con leves rasgos de delirio de persecución: ¡Hey, güera! Si te acercas a él voy y te hago un escándalo. Viene otra con afanes exhibicionistas de independencia y liberación sexual: Hacer el amor con otro/ocho, no, no, no, no es la misma cosa, no hay estrellas de color rosa, hace falta dar el alma en cada beso… Los chicos se mantienen un poco más al margen, pero nunca se abstienen del todo. En ellos aflora una extraña masculinidad cuyos iconos más representativos suele estar encarnados en figuras como Miguel Bosé (Seré tu amante bandido…) o Ricky Martin (Fuego de nocheeee, nieve de díiia…).

Si bien las primeras horas de la noche se caracterizan por una energía contenida en las interpretaciones, conforme las horas avanzan cualquier rasgo de inhibición en la escena desaparece. Los amigos incitan desde la mesa con aplausos, gritos, silbidos que llenan de temeridad al intérprete. Ahora, el espectáculo en escena será movimiento y baile, improvisación en las letras o dedicatorias estilo Paquita la del Barrio (¿Me estás oyendo inútil?). Las piezas serán cantadas por dos o más amigos abrazados como verdaderos hermanos, gritando a todo pulmón: Pobre tonto, ingenuo charlatán, que fui paloma por querer ser gavilán… De ahí en adelante, habrá todo un bloque de infortunios encabezados por el Príncipe de la canción, a veces, intercalado con notas de José Alfredo y Chente. Muy pronto, la tristeza cansa, así que alguna chica tambaleante torcerá la boca aburrida e inconforme y nos traerá de vuelta la frivolidad más actual de Belanova (Solamente pienso en ti y en lo estúpida que fui…) o el dolor ligero de la Quinta Estación casi acompañado con coreografía (Hoy los buenos recuerdos se caen por las escaleras y tras varios tequilas las nubes se van, pero el sol no regresa…).

Lo mejor del espectáculo viene al final. Algunos cantantes han tropezado ya con los cables del micro o la tarima del escenario. Las jarras o yardas de cerveza circulan sin parar desde hace horas y los ojos rojos, entrecerrados felices, se rehúsan a abandonar la escena. Lo sabemos, son las últimas rolas, debemos aprovechar hasta donde sea posible cada instante de nuestro Mexican Idol improvisado. Ahora sí, vienen las clásicas de la salsa entonadas con el más genuino sentimiento de un alma sufriente: Sé que tú no quieres que yo a ti te quiera, siempre tú me esquivas de alguna manera… Llorarás y llorarás sin alguien que te consuele, así te darás cuenta que si te engañan duele. Es necesario racionar los deseos de venganza, por eso la siguiente estará protagonizada por una o dos chicas bailando, tan sensualmente como su estado etílico se los permita, tomándose una que otra licencia poética en la interpretación: Y yo que te deseo a morir qué importa esta es la última vez, el orgullo puede esperar, pero me arrepiento, en el piso, donde sea y toma, toma, toma… tómame.

Así se va agotando la noche. Las mesas se han ido despejando sin advertirlo. Los meseros (sólo hasta ahora nos fijamos en ellos) se ven hartos, cansados y con el único, evidente deseo de que se vaya hasta el último cliente. La primera llamada es el cambio de luces, la ruptura del espejismo: nos miramos así, ebrios como estamos, sin los perfiles ficticios de ídolos. Un generalizado gruñido de rechazo se levanta de entre las mesas al encender las luces blancas: despertar repentino y amargo del mejor de los sueños. Por aquí y por allá se aventura uno que otro ¡Culeeeeroooo! Uno de los meseros da instrucción de apagar nuevamente la luz y los aplausos se hacen. «Sólo una más y ya,» advierte severo. Un hombre se levanta triunfal a interpretar la canción que cerrará la noche y, en más de un sentido, resume la continuidad incierta pero alegre de estos días de regocijo en la simplicidad del ruido, las luces, la fiesta y de dejar las lágrimas detrás de la puerta:

Esta vida es igual a un libro, cada página es un día vivido. No tratemos de correr antes de andar, esta noche estamos vivos. Sólo este momento es realidad… Esta vida es una ruleta que gira sin parar. Yo no sé si tú, no sé si yo. Cómo será el final, puede ser peor o puede ser mejor… Yo no sé mañana si estaremos juntos, si se acaba el mundo. Yo no sé si soy para ti, si serás para mí, si lleguemos a amarnos o a odiarnos. Yo no sé mañana quién va a estar aquí…

Karla Marrufo

Continuará la próxima semana…

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