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La nostalgia de los buenos tiempos

“Había buenos doctores en Colonia en ese tiempo. El doctor Daniel Ríos operó a mi esposa que se había lesionado el brazo y debían curarla; la atendió muy bien. El IMSS se inauguró en 1963.”
“Otra anécdota, aparte de la de Roo, que recuerdo y que se comentó muy poco en la Colonia en ese tiempo, es la de un obrero que medio hablaba español. Era más bien mayero que aprendió a hablar español ya grande; confundía las palabras. No decía ‘mí’, decía ‘tú’. Cuando quería expresar ciertas cosas en español, hablaba casi pura maya. Casado con una mestiza, pues este señor fue una tarde a hablar con su jefe para pedirle permiso de faltar unos días al trabajo. Dicen que su jefe le estaba poniendo los cuernos con su mujer. ‘¿Para qué lo quieres?’ le preguntó. ‘Es que va a nacer Tu hijo,’ le respondió en su medio español, en vez de decir correctamente va a nacer MI hijo. ‘Uta madreee,’ pensó preocupado el jefe, ‘ya nos pescó este cabrón’.”
“‘Maderera del Trópico’ cerró un sábado de marzo de 1975. Las colas de los trabajadores de las cuatro empresas que la conformaban cuando fueron a cobrar su salario temprano en la mañana, como de costumbre, y vieron que estaba cerrado todo: Maderera del Trópico, el Aserradero, Triplay y Lignúm. Ese día nadie de la empresa se presentó a pagar; dieron las once de la mañana y fueron a ver a Manlio Sauri que era el pagador. Le preguntaron qué estaba pasando, por qué no están pagando; no había nadie más que él de la empresa, todos los demás se fueron y no avisaron. Nadie cobró ese día, paró la fábrica y al final se vendió la compañía ‘Maderera del Trópico’.”
“Como al mes, entraron al quite los Perló, que la compraron ahora con la razón social ‘Empresa Maderera S.A’. (EMSA), dicen que en diez millones de pesos de la época. Muchos emigraron cuando eso. Yo trabajé en Lignúm como cuatro meses con la nueva administración de los Perló, pero me di cuenta de que como había sido miembro activo del sindicato pues… También emigré.”
“En la Colonia pasé toda mi juventud, me fue muy bien. Allá tenía los chiqueros que están a la salida al Cuyo, los atendía con mis hijos Luis, Adalberto y Carlos, cuando nos quitamos se lo vendí al maistro Solís (Fernando Solís). También tenía yo abejas y era socio del rancho ganadero las ‘Cruces’ en Teapa. Cuando nos quitamos el 17 de julio de 1975, terminando la fiesta de la Colonia, ya había vendido todo. Mi casa se la vendí a Juan Dzib, el hijo de Ninus; don Pedro Arias nos trajo en su coche a Cozumel. Ya tengo cincuenta años viviendo acá, aquí viven mis hijos, nietos, tataranietos.”
“Vine a la isla por medio de Manuel Bates, que era mi concuño; era taxista y ahora con su familia tiene su restaurante de carnitas llamada ‘Don Chilis’. Se fue primero a Isla mujeres en los 70s porque ahí vivía su hermano Guilo, que fue yerno del capitán Canto. A Manuel no le fue muy bien en la Isla, vino a Cozumel y aquí se estableció.
“Cuando recién llegué, acá conseguí chamba en la Coca cola, cinco años estuve, era una agencia privada. Luego trabajé casi veinte años en el Hotel Cantarell, era de un Yucateco. De ahí me quité y me fui a las villas ‘Iguanas Ranas’. Sé hablar inglés, maya y español, siete años estuve encerrado en el km. Trece, atendiendo a turistas. Puro gringo iba allá, está un poco retirado de la isla, ahí conocí a una persona que me ofreció empleo y me fui a Toronto, Canadá, a trabajar. Tres años hice allá y regresé a la isla el veintisiete de noviembre del 2002.
“Hace años que me pensioné, cumpliendo los 65 años me jubilé. Igual mi hijo Miguel ya está pensionado, su hermano Javier compró su casa en Colonia, la que era de don Delio Rosado, y luego la adquirió Anselmo Pat, que se la vendió a mi hijo. Siempre voy a la Colonia, debo ir para marzo a limpiar la casa. Este Galo – me dice refiriéndose a Gabriel Osorio, quien me llevó en moto a su casa para esta entrevista– cada vez que pasa por aquí nos saluda. Wilo Núñez es mi yerno, se casó con mi hija Leidy, la más grande de mis hijas; acaban de cumplir sus bodas de oro. Mis otras hijas son son Heidy, Elena, Bety, Ruti y Mariela.”
“Ahora creo sólo quedan de esa época en Colonia Ramón Tello, Jenaro Mazún y yo, jajajaja. Tengo casi noventa años, soy del treinta y siete. No padezco de nada. Fíjate,” me comenta entre risas, “que después de veinte años fui a consultar de nuevo al IMSS y se asombró el doctor que me atendió. ‘Hace veinte años que no viene usted a consultar,’ me dijo. En el ochenta y cuatro fue la última vez que fui, en que regresé en el dos mil cuatro. Por estrés fui a consultar, no por otra cosa.
Yo no dejo de trabajar, Ariel,” me dice, “porque si lo dejo me caigo. Tengo mi bicicleta, tres kilómetros pedaleo al centro cuando voy, y dos cuando voy a mi terreno a alimentar a mis gallinas. Hago chapeo y eso lo hago cada dos días. Aunque tengo mi coche, procuro ir en bicicleta para estar más activo.”
“De la importancia que tuvo Colonia Yucatán en su tiempo, ¿cuáles personajes conoció usted?” le pregunto.
“Mira, sé que fueron Miguel Alemán, que dicen era muy amigo del Ing. Alfredo Medina, también fue Adolfo Ruiz Cortines, y al que sí vi fue al general Lázaro Cárdenas del Rio. Creo venia de Moctezuma, pasar hizo con su comitiva; no entró a la fábrica. Yo estaba en la puerta de la nevería cuando pasaron las camionetas, era el general y su comitiva. Le avisaron a los de la empresa, a Zamudio y a Carlos Hernández, y se fueron de inmediato a tratar de alcanzarlos, pero se fueron por otro lado. Pensaron que el General Cárdenas y su comitiva se fueron a Tizimín, pero se dirigieron por Kantunilkin, en el kilómetro cuatro, por donde vivía Dino Matú. Un poco más de su casa había un álamo grande, limpiaron un pedazo de terreno bajo la mata y en la sombra se pusieron a lonchear.”
“¿Qué me dejó Colonia Yucatán?” Sin pensarlo mucho responde: “Alla aprendí a trabajar, ahí me hice porque no estudié en mi pueblo. Allá me dieron la oportunidad porque era yo muy trabajador: chapeaba, pintaba. Dos veces Juan Couoh y yo pintamos las calderas, las chimeneas, que eran de ochenta metros, son veinte y sesenta, con dos puentes y seis sensores. Sin embargo, fue una vida muy tranquila, de trabajo. No había diversión, mi mamá dependía de nosotros. Somos tres hermanos nomás: Socorro, Gaspar y yo, y nos cayó de perlas venir a Colonia.”
“¿Y esas fotos para qué?”, me pregunta un poco desconfiado y serio al final de la charla. “Son para ilustrar el texto,” le respondí. “Ah” fue su respuesta, un tanto incómodo tal vez porque en su juventud no era común que le tomaran fotos, como le sucedió a mi papá.
“¿Mi número de celular?”, vuelve a la carga y pregunta un tanto desconcertado cuando le solicité su número para aclarar dudas o proporcionar más datos para esta nota. “¡En mi ching…aa vida he manejado un celular!, ¡no me gusta!, no tengo. Pero te puedo dar un número para que me hables por si tienes dudas, a mí me gusta hablar de la Colonia. Háblame cuando quieras,” así se despidió este hombre que de verdad no aparenta su edad, tal vez por su carácter bonachón o por el agua destilada que tomó en Colonia.
L.C.C. V. Ariel López Tejero




























