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Apertura: Derivas estéticas de una generación

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Desde el 29 de enero de 2026, y hasta el 31 de Julio de 2026, se puede visitar la exposición Apertura: Derivas estéticas de una generación, en el Museo Casa del Risco, en el histórico pueblo de San Ángel, en la Ciudad de México.

En la hoja de sala de esta entrañable muestra, Ester Echeverría, su curadora, define la generación de la Apertura como aquella que surgió inmediatamente después de la Ruptura. Parece estar de acuerdo con el propio José Luis Cuevas cuando, en su estilo hiperbólico, declaraba lo siguiente, en el catálogo de la exposición del Carrillo Gil que, precisamente, dio su nombre a la Ruptura, en 1988:

 “Mi generación está constituida por brillantes artistas que, fastidiados del realismo de la escuela Mexicanista, optaron por el abstraccionismo. Me parece muy acertado llamar a esta generación a la que pertenezco de la “Ruptura”, porque efectivamente todos abrimos nuevos caminos para el arte en México. A partir de nosotros la plástica nacional sufrió un cambio y las generaciones más recientes mucho nos deben por ello.”

Por supuesto, al comparar los murales de Siqueiros, Rivera, Orozco y tutti quanti con obras abstractas de cariz geométrico, como las de Francisco Castro Leñero, o de impronta “informalista”, como las de Alfonso Mena, uno toma claramente la medida de lo que significó la Ruptura para la generación que aquí se bautiza como de la Apertura.

Lo mismo sucede con respecto a las obras semi figurativas o cuasi abstractas, como Hombre de palabras, de Magali Lara, donde se reconoce una figura humana en las expresivas pinceladas azules que contrastan con los amarillos y los grises, simbolizando de algún modo la intrusión sonora de la palabra en el campo sonoro; qué decir de Bouquet de Mauricio Sandoval, donde las formas que flotan como nubes en el cuadro podrían, en efecto, evocar un ramo de flores compuesto de luces y sombras; igualmente alejado de todo realismo se encuentra al autorretrato con la lengua de fuera de Boris Viskin, donde el rostro del artista no es sino una mancha blanca con un rectángulo descolgado, también blanco, a manera de lengua, sobre un petateado de madera de disposición irregular al centro del cual se destaca una cruz.

Por otro lado, en obras propiamente figurativas, como Serie Memorial del Agua. Descendamos que nuestra casa es el lodo, de Pablo Rulfo, o Amanecer, de José Castro Leñero, la distancia con los ideales del muralismo mexicano es igualmente abismal. Se trata de obras figurativas en que aparecen rostros, en un caso, y edificios, en el otro, cuyo subjetivismo se encuentra en oposición completa con los postulados nacionalistas y políticos de la escuela mexicana de pintura.

Como en toda exposición colectiva, de entre las más de cincuenta obras de los veintinueve artistas que conforman la muestra, cuya creación se escalona entre la década de los ochenta y el 2025, las más recientes, habrá algunas que interpelarán más o menos al visitante, según sus afinidades estéticas o psicológicas.

Así, por ejemplo, éste podrá reflexionar una vez más sobre el parentesco tan significativo que existe entre las obras de Irma Palacios y los paisajes luminosos de William Turner. En el lienzo Ríos III, de Ilse Gradwohl admirará, por otro lado, la sutileza del ambiente vaporoso, casi impresionista, que remite, a pesar de su abstracción, a un paisaje fluvial donde se asoma un lirio acuático.

Continuando con el recorrido, Plato Vacío, de Pablo Rulfo, nos presenta una atmósfera llena de misterio que fluctúa entre el decadentismo fin-de-siècle, el surrealismo y los claroscuros del tenebrismo español. Hay cierta afinidad entre esta obra y las creaciones que coquetean con el surrealismo de Roberto Parodi. Estos dos lienzos, por otro lado, están perfectamente acompañados por el artefacto La horma de tus zapatos, de Héctor de Anda, que en algo recuerda el periodo surrealista de Giacometti.

Sorprende, por otro lado, la abstracción afín a Mondrian de René Freire, mientras que, ante la pintura de Gilda Castillo, uno no puede dejar de pensar en Gunther Gerzso. Con José Castro Leñero cedemos un momento a la ilusión de estar ante una obra abstracta, hasta que percibimos, en la suerte de tiestos rotos que conforman su composición, figuras y rostros diversos y hasta un mapa de América del Sur. Algo similar sucede con Manuel Marín, cuya obra responde a una estética que podría pasar por abstracta, si bien nos sitúa frente a horizontes, umbrales y pasajes que todo tienen del simbolismo de la interioridad.

La abstracción sapientemente callejera, de Roberto Turnbull, nos acerca a las estéticas citadinas del street art, mientras que la abstracción lírica de las obras de Luis Argudín y de Miguel Ángel Alamilla presentan aquí cierta afinidad, lo cual no sucede frecuentemente entre estos dos artistas. En las obras aquí expuestas, ambos se apartan, en su estridencia afirmativa y rebelde, de los entramados regulares de Octavio Moctezuma.

Dentro de las obras escultóricas, las efigies verticales de Maribel Portela nos transportan al universo animista de los mares de Oceanía, mientras que el carromato de Kiyoto Ota no puede dejar de evocar los templos de madera de alguna religión afín al sintoísmo.

Germán Venegas esculpe en madera las figuras de un budismo sui generis cuya rama hipotética hubiese florecido en África, o en América, en vez de Asia. En cambio, los grabados de Nunik Sauret ofrecen el reposo contemplativo que asociamos naturalmente al Japón tradicional, si bien mediante la expresión de una sensibilidad irreductiblemente individual ante las formas que produce la psique cuando dialoga libremente con la naturaleza.

Contrastan con todas estas obras las referencias irónicas al cristianismo de los cuadros de Gustavo Monroy, casi tanto como la pura abstracción de las esculturas de Paul Nevin, de Alberto Castro Leñero, o de Gabriel Macotela, estos últimos de quienes se podrá también apreciar en la muestra el vaivén habitual que han establecido a lo largo de su carrera entre su actividad pictórica y escultórica.

Manuela Generali nos llena de nostalgia al evocar despedidas trasatlánticas. En contraparte, diría uno, Miguel Castro Leñero nos hace añorar, con sus casas evocadoras de la infancia, el regreso al hogar; mientras, en la abstracción de la serie Improvisación y delirio, de Yolanda Mora, reconocemos tejidos que arropan el alma con la delicadeza de una mantilla forjada, empero, como una cota de mallas diseñada para defenderse eficazmente de los embates del áspero entorno exterior.

ESTEBAN GARCÍA BROSSEAU

garciabrosseaue@gmail.com

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