¿ALV?

By on abril 11, 2019

Perspectiva

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Dice la Real Academia Española que, en términos marítimos, “verga” viene del latín virga, queriendo decir “vara”, y también que es una expresión marina para aludir a una “percha labrada a la que se asegura el grátil de una vela”, indicando también que se usa para denominar al pene. En el Diccionario del español en México, dice que es primeramente una grosería, presentando cuatro diferentes acepciones de uso, y luego presenta la misma referencia marítima de la RAE. El título de esta aportación es la muy socorrida abreviatura que actualmente usan las jóvenes generaciones para decir “a la verga”, como expresión de asombro, enojo, y lo que ustedes quieran, en vez de escribirla completa como lo hice yo.

Cursaba mi primer semestre de carrera y asistía por las tardes a clases al Instituto Tecnológico de Mérida. Hacía apenas tres meses había cumplido la mayoría de edad. Era una shinga encontrar un camión que viniera de Chuburná hacia el Tec, y que tuviera suficiente cupo para que pudiéramos subirnos todos los que salíamos de clases.

Como es natural en todo alumno que ya terminó sus clases, el resto de la jornada nos venía valiendo sorbete: estábamos felices por haber acabado un día más y retirarnos a casa. Al subir con algunos de mis compañeros de Ingeniería, nos fuimos al fondo del camión y, sorprendentemente, había lugares en los que nos sentamos. Sentados, con algunas bancas de separación entre algunos de nosotros, no teníamos empacho en decirnos de cosas, bromear acompañando algunos comentarios con palabrotas e insultos, reírnos a carcajada batiente, y celebrar nuestra juventud de esa manera.

Recuerdo perfectamente el momento: acababa de salir de mis labios un insulto y, de repente, me pareció que que no había sido yo quien lo había dicho, por lo crudo y vulgar que me pareció. En ese momento presté atención a lo que había proferido, al lugar en el que me encontraba, y me sentí avergonzado, muy avergonzado, porque había otros pasajeros en el camión que seguramente no encontraban ni graciosos ni chistosos mis comentarios, ni tampoco apreciaban el tono y volumen en que lo había hecho, mucho menos escuchar insultos de alguien como yo. A partir de ese momento, me prometí ser cuidadoso en cuanto a lo que decía y en dónde lo decía.

La experiencia me había resultado no solo reveladora, sino sumamente humillante. ¿Por qué? Porque provengo de una familia en la que sí soltamos insultos y palabras altisonantes frecuentemente, pero la mayoría de ellas en la intimidad y el refugio de la familia aunque había lugares y ocasiones vedadas; por ejemplo, nunca diríamos una mala palabra en casa de mi Chichí, o enfrente de mis tías paternas, y serían contadas las ocasiones en las que lo hiciéramos en casa de mi familia materna, aunque a algunos de mis tíos y tías se les escaparan con alegría de vez en cuando, pero ellos las proferían siempre para hacer más colorido lo que estuvieran relatando. Éramos los “chicos” y solo a los “adultos” le estaba permitido hablar así.

Si el “proferente” era mujer, razón de más para escandalizarse: no era de jóvenes decentes y de buena educación insultar. Antes del episodio que relaté, cuando cursaba el 3er año de primaria (a mis 9 años), había atestiguado cómo nuestra maestra Edith había hecho embuchar agua de detergente a una compañera de clases que era muy malhablada, y a la que le había advertido en varias ocasiones que le iba a “lavar la boca con detergente por decir cochinadas”. Era de las peores humillaciones públicas que alguien de nuestra edad pudiera recibir, junto con ser expulsado de la escuela por mala conducta y, entre las manifestaciones de esa mala conducta, proferir insultos estaba claramente estipulada. No: mi compañera de salón no fue expulsada, pero el recuerdo de esa tarde la acompañó por todos lados mientras estuvo en la escuela con nosotros.

Disculpen el largo paseo por mis recuerdos, pero era necesario para introducir el tema que deseo exponer hoy: el comportamiento y uso tan flagrante y desagradable de malas palabras e insultos por las nuevas y cada vez más jóvenes generaciones.

Acaso algunos de ustedes fueron crecidos dentro de los límites en los que fui crecido, y mis palabras hagan eco en sus recuerdos y familias. Algunos acaso pensarán que lo que escribo “ya no aplica” o, peor aún, que ya pertenezco a la ancianidad, que cada uno es libre de hablar como se le pegue la gana, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Creo que no está de más un recordatorio acerca de la importancia de definir los límites, para evitar que esa libertad se convierta en libertinaje, con consecuencias que todos hemos de lamentar.

En el mundo actual en el que nuestros hijos y nosotros vivimos, la violencia verbal y física van tomadas de la mano. Un factor incidente es, a mi juicio, que hemos trivializado el uso indiscriminado de los insultos al incorporarlos a nuestras pláticas diarias, con lo cual hemos contribuido al problema. En cuanto a nuestros hijos, penosamente, fuimos nosotros los que les permitimos hablar así, en vez de corregirlos a tiempo.

¿Cuántos de ustedes escuchan a sus hijos proferir palabras e insultos que en nuestros años mozos nos hubieran costado desde una severa reprimenda hasta un castigo extenso, y eligen no hacer nada y, en ocasiones, hasta se ríen, reforzando de esta manera una conducta que no debiéramos permitir? ¿Cuántos de ustedes que tiene hijas han escuchado la manera en que platican entre ellas, y en grupos mixtos, y han escuchado esas mismas malas palabras, invirtiendo algo de tiempo en reconvenirlos por el uso de ese lenguaje? Y los que tenemos hijos varones, ¿les reconvenimos para que respeten la presencia femenina siempre, y no usen lenguaje procaz y soez? ¿Y les hemos hecho alguna observación sobre que eviten hablar así en presencia de gente mayor?

Sin duda, volver a meter al gato del lenguaje soez y procaz al saco de la ortolalia costará mucho trabajo y esfuerzo. Sin embargo, con la atmósfera de violencia que ahora viven los jóvenes, con la rampante escalada de feminicidios, ¿no vale la pena intentarlo, por el bien de todos? Vayamos nuevamente fomentando el respeto intergeneracional y también el respeto a los mayores.

Desde esta perspectiva, con pequeñas y constantes acciones podemos revertir esta fea costumbre de decir y escribir “ALV” con todas sus letras, así como todos sus sinónimos y derivaciones, en casi todo comentario que viene de nuestros hijos e hijas, y particularmente en los nuestros.

Hagámoslo antes de que, ahora sí, todos vayamos a dar a tan impopular lugar.

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

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