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Alegría y Nostalgia, Semblanza de mi barrio XVI

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LOS ALREDEDORES DEL PARQUE

Con ayuda de mi informante Juan José Hijuelos Urcelay, trataré de reconstruir el vecindario más cercano al parque de Santiago, incluyendo los comercios, a mediados de los años 50 de la anterior centuria.

Por la calle 72, de sur a norte: la Farmacia El Oasis, el cine Rialto, el estanquillo Paquín, atendido por la familia Fitzmaurice, la casa de huéspedes de los Cicero, la Farmacia Francesa, tres casas particulares y la cantina El Chemulpo.

En la calle 57, de poniente a oriente, estaban la Farmacia de Santiago, el cine Rex, el Café Ideal, sumamente concurrido en sus buenos tiempos. Posteriormente, en ese local se estableció el Teatro Variedades. Seguía la casa de la familia Vázquez, la tienda de abarrotes de don Egidio Solís, llamada Casa Solís, que hasta la fecha sigue en funciones; la residencia de los Hijuelos Urcelay; la casa de don Luis Arceo, dueño de la cantina El Chemulpo; y la sala de fiestas Caribe.

Por allá de 1957 ó 1958, en el predio que ocupaba don Luis Arceo, se asentó un clan familiar cuyos jefes eran don Juan Lara y su esposa de origen tabasqueño doña Orlanda Moreno. En una pieza de la casa, con acceso desde la calle 57, esa familia abrió un comercio con el nombre de Farmacia Lara Moreno. En realidad no se trataba de una verdadera farmacia, pues sus anaqueles tenían escasos productos medicinales que daban a uno la sensación de estar en las carpas de tiro al blanco que se establecían durante la feria. El negocio de don Juan producía terror entre los chicuelos del barrio. El hombre era sumamente hábil para aplicar inyecciones y ése era su modus vivendi, su manera de ganarse la vida. Infinidad de glúteos santiagueros se sometieron al tormento de ser pinchados por don Juan Lara. Afortunadamente mis padres nunca recurrieron a él y, cuando yo tenía necesidad de caminar por la calle 57, procuraba hacerlo en la acera de enfrente, por el lado del mercado. Como dice el refrán: El miedo no anda en burro.

Los vecinos en la calle 70, de norte a sur, eran: el Hotel Coliseo; un expendio de forrajes de los señores García, el café La Flor de Santiago; la agencia de Coca Cola de doña Raquel Ceballos; la casa de los Gorocica, que más tarde se transformó en la ferretería que lleva el nombre de esa familia, esta negociación hoy es atendida por los descendientes de los propietarios originales y hasta la fecha conserva el apelativo Gorocica. Seguía el salón cerveza Balalaika, la tlapalería La Alegría, de don Uxo Gamboa, que era la más antigua de su ramo, la agencia de cervezas de la familia Vallado y la tienda de abarrotes de don Fernando Cárdenas Zavala.

De oriente a poniente, en la calle 59 se establecieron: la Autorrefaccionaria Torre, un galerón utilizado como depósito de la Pepsi Cola, la Farmacia La Mejor, el local del kínder anexo a la escuela primaria y, a continuación, el propio colegio Nicolás Bravo.

De la cantina El Chemulpo y el salón cerveza Balalaika me abstengo de hablar, pues por mi corta edad en ese entonces no tuve entonces ningún interés en ellos, y ya mayorcito tampoco. Ambos centros de consumo de bebidas espirituosas, de aspecto nada atractivo, han desaparecido.

Casi nada recuerdo del Café Ideal, muy celebrado por mi padre, quien era asiduo parroquiano. Si acaso, alguna vez advertí una puerta de acceso a una pequeña lonchería, donde una muchacha daba cuenta de un breve refrigerio, aunque don Juan José Hijuelos me informa que el local era bastante amplio, con dos puertas de acceso y numerosas mesas y sillas, así como meseros para la atención del público.

Como una anécdota, mi papá me refirió que, siendo él un muchacho, a fines de los años 30 de la centuria anterior, en ese restaurante conoció al actor mexicano del cine mudo Ramón Novarro, quien hizo el papel de Ben Hur en la primera película de ese nombre filmada en Hollywood. Novarro y joven acompañante se hallaban de vacaciones en estos rumbos.

A modo de ejemplo de que el cine es una fábrica de ilusiones, mi progenitor me contó que el renombrado artista del celuloide que personificara al viril héroe cinematográfico era de una homosexualidad manifiesta, que años más tarde le costó la vida al ser asesinado durante una fiesta privada con varios jovenzuelos. Sin embargo, la asistencia del célebre actor al Café Ideal nos demuestra la categoría que tenía ese sitio en su mejor época.

Cuando el Café Ideal cerró sus puertas, el Teatro Plaza, que funcionaba en la calle 61, frente a la Catedral, cesó su actividad. El barrio de Santiago entró entonces al quite por el teatro regional y en el sitio abandonado por el antiguo restaurante se estableció un modesto teatro con amplio panorama de espectáculos: obritas sencillas que aquí llamamos tandas, con duración de una hora; músicos y cantantes, cómicos, magos, payasos y demás. Por este motivo el empresario llamó a su negocio Teatro Variedades.

Ahí tuvieron su hogar los actores y actrices locales como Fernando y Mario Herrera, más conocidos como Cheto y Sakuja, personajes de un típico yucateco y un sirio-libanés, que interpretaban magistralmente los formidables actores vernáculos.

Otros integrantes de la farándula del Teatro Variedades eran Adolfo González; Pancho Pech, quien, además de ser aceptable actor de comedias, tocaba como nadie el serrucho de costilla; Lupita Cabrera, simpática actriz cómica, entonces esposa de Cheto; don Chinto Méndez y Néstor Urcelay, ambos muy propios en el escenario; “La Chichí”, Aída Ayora, con sus largos parlamentos salpicados de graciosos regionalismos; la entonces joven vedette Alicia “La China” Arizpe; Narda Acevedo, “Chonita” quien con su bella figura era un atractivo para los adolescentes de la época, y otros forjadores del modesto teatro peninsular. La hábil batuta del Chato Barrón dirigía la orquesta.

El hombre-novena de este espectáculo, ya que era gerente, promotor, publicista, repartidor de volantes y demás, era el polifacético santiaguero Don José Pablo García Ceballos, a quien casi nadie conocía con ese nombre. Pero nuestro protagonista gozaba de enorme popularidad como Happy García, que era su nombre de batalla cuando encabezaba las funciones de Boxeo en el Circo Teatro Yucateco. Más adelante el pintoresco personaje desempeñó varias posiciones en el equipo de béisbol representativo del barrio.

El Teatro Variedades duró alrededor de una década y no acostumbraba anunciarse en la prensa diaria. Por el contrario, a la entrada del local se ponía una cartelera en forma de tijera, con la programación de las tandas y los nombres de los artistas que integraban la variedad.

Una muestra del ingenio local fue la tanda que presencié en el Teatro Variedades pocos días después de que los rusos enviaron un satélite artificial al espacio. Según el libreto que interpretaban los hermanos Herrera, los restos de ese objeto espacial cayeron en el cercano poblado de Hunucmá, donde nuestros humildes uiros no sabían qué hacer con el artefacto.

Al levantarse el telón, en una mesa había dos extraños objetos, al parecer cascos de navegantes interplanetarios y el público escuchaba al mozo que limpiaba los trebejos decir al otro que lo auxiliaba en esos menesteres: “No se te vaya a caer, porque tenemos que devolvérselos a Margot Ham.” Las risas de los espectadores no se hacían esperar, pues los supuestos cascos espaciales eran en realidad grandes secadoras de cabello, empleadas en el salón de belleza de la mencionada dama.

Uno de los comercios que permanece en su sitio desde que yo lo conozco es el estanquillo El Cairo, que estableció un señor apellidado García en un local del mercado de Santiago, a pocos pasos de los helados Polito. El Cairo continúa vendiendo ilusiones mediante los billetes de la Lotería Nacional y los Pronósticos Deportivos que se expenden en ese lugar.

Párrafo aparte merece La Alegría, propiedad de don Uxo Gamboa, uno de los negocios emblemáticos del barrio. En esta tlapalería (voz de origen náhual que al parecer significa lugar donde se preparan pinturas) podía uno adquirir diversos productos como pinturas, solventes, brochas, pinceles, cita aislante, pegamentos y demás enseres para construcciones y reparaciones de casas. Este comercio ya estaba en funciones desde los años veinte del siglo recién fenecido. Así lo hace constar don Francisco D. Montejo Baqueiro, quien señala como entonces dueño del expendio al señor José D. Lope.

La Alegría conserva numerosa y fiel clientela. Su actual propietario es Gerardo Gamboa Montalvo, nieto de don Uxo. No hace falta decir que La Alegría sigue siendo mi tlapalería favorita.

[Continuará la semana próxima…]

Felipe Andrés Escalante Ceballos

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