Inicio Cultura Alegría y Nostalgia

Alegría y Nostalgia

16
0

Visitas: 10

Calle 72 X 59, esquina del “Oasis” en el parque de Santiago en Mérida, Yucatán.

            ALFONSO HIRAM GARCÍA ACOSTA

La pandemia y el “Quédate en casa” me hicieron reflexionar sobre mi pasado y escudriñar en mi PC algunos trabajos antiguos que presenté en la Sala de Arte del antiguo Teatro “Mérida”, ahora “Armando Manzanero”.

La nostalgia me hizo leer mis apuntes para la presentación del libro “Alegría y Nostalgia”. Volví entonces a recordar esa época juvenil en el barrio santiaguero, a mis compañeros de juventud. Ahora no sé quiénes quedan; hasta el café de “Moncho” que frecuentaba y asistíamos para conversar, tomar café, cerró sus puertas.

Escribir para mí es pasión, no ruta de escape. Tomar pedacitos de la historia vivida me hace recordar episodios gratos y nostálgicos de un barrio impar y con historia. He aquí la presentación de un libro que evoca una época posterior a la de mi generación universitaria, pero que consolida la historia de nuestra ciudad y su costumbrismo muy a la yucateca.

 

Presentación del Libro del Abogado

FELIPE ANDRÉS ESCALANTE CEBALLOS

“SANTIAGO, Semblanza de mi Barrio”

 

Alfonso Hiram García Acosta

“Charlas de Café” A.C.

 

Teatro “Mérida”, Sala de Arte.

Enero 15 del 2010

Mérida, Yucatán, México.

 

Este libro que hoy presentamos constituye un grupo de vivencias y recuerdos relacionados al barrio de Santiago, uno de los suburbios de mayor tradición en nuestra ciudad capital salido de la pluma del Abogado y Escritor Felipe Escalante Ceballos. Como dice en la contraportada de su libro: Los santiagueros cuentan ahora con un testimonio de calidad sobre este rincón de Mérida tan lleno de recuerdos”.

Iniciaré con algo no frecuente. En este libro están grabadas las historias de tres personajes de la misma familia que me han dispensado su amistad: Felipe Escalante Ruz, Químico Farmacéutico y periodista de profesión, maestro de la crónica deportiva, ameno, irónico y objetivo, que firmaba sus escritos con el seudónimo de “Juan Brea”, padre del autor; su hijo, el abogado autor de este libro, Felipe Escalante Ceballos, a quién cariñosamente llamamos “Pilo”; y su hijo, el antropólogo Felipe Escalante Tió, historiador, investigador y conferencista de buena factura.

Encontramos tres tipos de personalidades en pensamiento y forma de redacción. No había leído un libro en que nieto, padre y abuelo tuvieran una participación específica.

Escalante Ruz participa con el discurso pronunciado en 1987 como orador invitado a la sesión solemne del cabildo emeritense en el Aniversario 445 de la fundación de nuestra ciudad, siendo alcalde el Ing. Herbé Rodríguez Abraham, con una visión de una Mérida que despegaba para ser el cimiento de donde hoy vivimos, en un documento histórico que complementa el trabajo de su hijo.

Escalante Tió realiza la parte más difícil, al escribir a manera de prólogo “Alegrías, Nostalgias y Tres Ciudades”. Con el ingenio genético familiar sale adelante. Sus ascendentes deben estar orgullosos por su capacidad de entrar a terrenos analíticos, sin separar la parte filial y desarrollando un magnífico trabajo, dando ejemplo de su calidad de escritor de formación, de ordenamiento temático y de amenidad a sus letras.

Escalante Ceballos nos llena de amenidad y cariño, es un narrador y charlista excepcional. El contenido de su libro es similar a sus tertulias cafeteras, nos envuelve y nos lleva de la mano al Santiago que vivió. Es un texto testimonial de una época santiaguera.

Son 22 capítulos que toca “Pilo”. De cada uno podría hacer otros volúmenes, por lo que me adentraré a visualizar algunos pasajes en mi visión de dos lustros anteriores a la época que se narra.

Iniciaré con el Parque de Santiago. Coincido con él, pues viví su época: julio fue el mes de su famosa Feria Santiaguera, hasta que una orden municipal la mandó callar para siempre. Los que vivimos sus distintas épocas no la podremos olvidar.

Hago memoria de la alegría que contagiaba jugar Lotería con Don Benito Sosa, sus bailes populares, la corrida en el Circo Teatro Yucateco. Lo mejor de todo eran las “Tandas”, eso mismo: las tandas. Espectáculos teatrales regionales     para toda la familia. Chicos y grandes disfrutaban la hora y media de un espectáculo cómico, culminando con el fin de fiesta con toda la compañía.

Santiago en la historia. Cine teatro “Apolo” en lo que ahora es el cine “Rex”.

En el año de 1960 –Felipe contaba con 5 años– se instalaron cinco carpas-teatro. Instalaciones temporales con ese techo característico de carpa, lo que le dio nombre a la instalación, sillas de plegar de madera y un escenario de tablones.

Había una carpa detrás de la Iglesia en la que se presentaban dos grandes del teatro regional: Doña Adela Medina y Don Gregorio Méndez “Don Chinto”, con un elenco de primera.  En el cine Rialto estaba otra compañía muy grande encabezada por dos cómicos: Xix Castillo y Chúcuru Sánchez.

En la Casa del Anciano se improvisó otro grupo, este proveniente del Distrito Federal, con un actor cómico que vi varias veces en el Folies y el Blanquita llamado Colocho.

En el Teatro Variedades estaban los hermanos Herrera, con Lupita Cabrera, Adolfo González, Rafael de Sevilla, Chabela Correa, Jesús Ceballos, Ivanoha, Violeta Lara, “Kalúa”, y el Show del momento: Los Cocheros.

Finalmente, en el cine Rex daba función una compañía muy grande con “Chela y Ponso”, Guillermo Lepe, Betty Sabido, Enrique Albor, Dalia Reyna, Iván Arjona, Paco Ríos “Zapote”, y como plato fuerte Manolo Muñoz, con “Los Aragón”.

En ese tipo de manifestaciones culturales no podía faltar el trabajo de un promotor cultural en su propio barrio, vecino de la famosa “Jardinera” y del Lic. Escalante: el Contador Público Luis Alvarado Alonzo, que en el teatro “Variedades” produjo la obra “Barrionetas” con dos grandes directores de teatro de Yucatán: Rubén Chacón y Tomás Ceballos. Así también se marca en paso del teatro de mensaje con títeres en Santiago.

En el parque también se ponía la “Fotofónica”, de “UXUL” publicista, mago y proyeccionista de películas en la calle intermedia entre la iglesia y el mercado que cerró el alcalde Guido Espadas Cantón, cambiando la fisonomía antigua para dar paso a un modernismo de estacionamiento de vehículos y una balaustrada frente al atrio eclesiástico.

Para no alejarnos mucho del parque, iremos al Circo Teatro Yucateco, donde la promoción se hacía en un camión de mudanzas de tres pedales y encendido de chispa de la Mejorada, abierto en su parte trasera donde el maestro trombonista de apellido Cool –no recuerdo el nombre- con sus cuatro hijos tocaba por las calles mientras tiraban en forma de saeta los programas de las funciones de Boxeo o de Lucha Libre, de unos 15 X 40 cm, casi siempre impresos en color verde, azul y rojo.

El Circo Teatro Yucateco en un apunte de sábado por la noche.

El recuerdo me traslada a mis días juveniles como actuante de boxeo y lucha libre en ese centro de entretenimiento y variados espectáculos.

Recuerdo la mejor segunda temporada de boxeo amateur, el mejor semillero del boxeo profesional, cuando se convocó a escuelas de enseñanza media y superior a participar. Representando a la Agustín Vadillo los jóvenes Luis Nájera Solís y Lefty Sánchez; por la Cisneros Cámara el que escribe, Alfonso Hiram García Acosta, y Jorge Omar “El Pelón” Fajardo; por la Universidad Nacional del Sureste (ahora UADY) participaron Omar Eljure “El Moro”, Efraín Rosado “El Sheik” y Wilberth Castillo Galaz “El Champion”. Además, los representantes de los barrios de Santiago, San Sebastián, San Juan, Santana y Mejorada de donde salieron peleadores que pasaron al profesionalismo como “El Chamaco Cetina”, Black Nieves, Joe Berzunza, los hermanos Quijano. Estos eventos no se hubieran efectuado sin la participación de otro gran santiaguero: Gonzalo “El Fayo” Solís, vecino de la tienda de “La Regalía” (70 X 61) que junto con Alberto Eljure han sido los mejores promotores de Box y Lucha de Yucatán. Fayo fue esposo de la maestra Obdulia Cervantes, educadora eminente que nos dejó una huella y basamento cultural con su actitud y ejemplo. Nos abrió las puertas de su casa y todos seguimos siendo sus hijos hasta la fecha (pasó a un nuevo plano astral hace algunos años), inolvidable maestra, amiga y asesora de vidas.

Antes de nuestra generación salieron otros boxeadores como José María “El Cheche” Escalante, “El Pirulín” Martínez, y Jesús “Cholain” Rivero, manejador y entrenador profesional       de campeones del mundo, además de literato y deportivamente dedicado al boxeo, su cultura sobre socialismo y ensayos políticos y sociales es sobresaliente.

En estas líneas debo dejar constancia que el boxeo no se hizo para mí: subí una vez al cuadrilátero y perdí. Mi padre me dijo: ‘Este deporte no es para ti, el gancho al hígado te lo mandan frecuentemente y no lo ves por tu miopía en los ojos, especialmente el ojo derecho.’ Nunca subí a un ring a boxear, pero me aficioné a la lucha libre. Me entrenaba Eduardo Pinkus y fui el primer campeón de lucha libre profesional del estado, y dos años después campeón del Sureste en Villahermosa, Tabasco. Los cinco primeros luchadores profesionales yucatecos fuimos Eduardo Pinkus “El Duende”, Moisés Carrillo “El dandy”, Jorge García “El Águila Blanca”, Manolo Mérida, Manuel Bravo y el que escribe, Hiram García “Lugui Shima”, que además era arte-marcialista. Debutamos en el Circo teatro Yucateco, siendo los pioneros de este deporte espectáculo; trabajábamos como preliminarisitas de los consagrados del momento en grandes arenas como El Santo, Blue Demon, Médico Asesino, Cavernario Galindo, Huracán Ramírez, Sheik Maralá, Tonina Jackson, y tantos más. En algunas ocasiones participamos con los maestros en batallas campales, como parte del espectáculo en los encordados.

Hiram García, “Lugui Shima”, cuando ganó el campeonato del Estado a “El Gran Dalí”, en el Circo Teatro Yucateco; réferi Manolo Mérida.

En las páginas dedicadas al Circo Teatro se ilustra con una fotografía de una lucha de campeonato estatal entre Hiram García, “Lugui Shima” y “El Gran Dalí” siendo el réferi de la misma Manuel “La Loca” Bravo (+). En ocasiones, los entrenamientos de lucha y boxeo eran en el gimnasio de la Universidad. El libro dice que los pancracistas locales eran liderados por un servidor, pero la realidad es que quién nos enseñó y preparó es Eduardo Pinkus Leal “El Pachul”. Solo Eduardo Pinkus y yo luchamos en la Ciudad de México, yo en la Coliseo, Escandón, Tacubaya y 18 de marzo y Pinkus, en la México, Coliseo, y en Los Ángeles, California. Después se estableció y tuvo un gimnasio de lucha, fue promotor del espectáculo, y falleció en el 2023. Fue un magnífico deportista, destacando no solo como luchador, también destacó como futbolista y portero en primera división local.

El Circo Teatro también me lleva a mi etapa de gimnasta, cuando en sus estadías anuales del Circo Unión viajaban con él los hermanos “Esqueda”, trapecistas internacionales que aceptaron ser nuestros mentores y entrenar a unos jóvenes universitarios y santiagueros: Diego “El Dado” Barbosa Alonzo, Armando Ávila Maury y quien les escribe, cuando el autor del libro venía a Santiago a ver jugar Fut Lata a mi cuñado Juan José Hijuelos Urcelay.

Entre las corridas de toros, recordábamos Luis Alvarado y yo en la que participaron los “Chavales Miranda” Víctor y Juan. Cuando Víctor, el más joven, pasó a banderillear al novillo en suerte y cayeron ambas banderillas a la arena, su disgusto fue mayor; recogió las banderillas del suelo y las quebró sobre el burladero. Al quedar astilladas, las golpeó, se forró las palmas de la mano y volvió a cuartear al astado. Con las banderillas cortas se las clavó en el testuz donde se hace el descabello, y el burel cayó como fulminado y muerto por dos puyazos sin poder llegar al tercer tercio. Pero su incipiente juventud y coraje lo aplaudió el público. No creo que hayan matado a ningún otro toro de ese modo.

Un tema que no se trata por la edad de los recuerdos del escritor son las cantinas de Santiago, pero esto podría dar material para otro volumen, ya que el barrio estaba plagado de estos centros etílicos.

Alrededor del parque sobresalían “El Balalaika”, “El Chemulpo” y el “Bar Pepsi Cola”. El “Chemulpo” tuvo sus épocas de gloria, pero terminó como refugio final de dipsómanos cuando las demás cantinas ya estaban cerradas. Un santiaguero, el Lic. Carlos Ceballos Traconis, “El Cheché”, durante su campaña en una de nuestras juntas dijo que el barrio necesitaba un centro cultural, se habló con el propietario y se destinaron algunos dineros de la campaña para remodelar ese edificio. Así, el día de su toma de posesión como Presidente Municipal de Mérida, fui nombrado Director General de Cultura y Turismo de la Ciudad, e inauguramos esa noche el Centro Cultural “Guadalupe Trigo” cortando el listón inaugural su esposa Viola Trigo. Asistió su hijo y su primera esposa, nieta de Felipe Carrillo Puerto, Lizelba Carrillo, todos ellos vecinos de Santiago. El “Chemulpo” funcionó algo más de tres años con talleres de pintura, música, danza y teatro, además de un programa semanal de entretenimiento cultural para el barrio y la ciudad.

En el “Balalaika”, de César Gamboa, uno de sus salones tenía pintadas sus paredes de color verde bandera y amarillo canario en diagonal. Mi amigo hasta la fecha Diego Barbosa Alonzo pintó su recámara de la misma forma, algo que nunca admitieron sus padres.

Cercano estaban el “Bar Malecón” 55 X 68; el “Indian´s Bar”; frente al Circo Teatro; el “León Negra”; “Las Quince Letras” (cuéntenlas: son 15 letras), “El Sudancito”, “La Chaparrita” en la 57 X 70; “El California” en la 74 X 59 del padre del campeón Cisnerista Jorge Omar “El Pelón” Fajardo; “El Cardenal” 70 X 63; “Los Leoncitos”; “La Cigarra”; “El Zopilote”, que posteriormente cambió su nombre a “Bar Principal” y “La Campana Grande” que atendía “El Relámpago” y posteriormente administró una amiga brasileña Francisleine Da Silva Vieyra; “El Chimés” 57 X 74; “David” que vendía cerveza disfrazado de restaurante de comida árabe; “El Foreing Club”, ubicado sobre la Avenida Reforma, tiene mención especial por ser donde el “Sapo Cancionero”, Don Víctor Burgos, aglutinó una selecta concurrencia ligada a la música, como los Drs. Armando y Carlos Tello, el Lic. Humberto “Manal” Gamboa, el Dr. Jorge Peniche, Enrique “Coqui” Navarro, Pastor Cervera, Ramón Triay, Milo Franco, y diletantes de la trova –como dicen en Cuba– a nivel de descarga musical. Hay un par más que no he podido registrar en mi memoria, y dejo en el tintero las que funcionaban en Los 4 Vientos –primera Zona de Tolerancia. Me vienen a la mente algunos personajes que sacaban borrachos que se ponían groseros, y a la vez defendían en cualquier circunstancia a los parroquianos conocidos del barrio. Todos eran buenos madreadores y algunos boxeadores profesionales como “El Chueco Solís”, el “Bombero” López; Mito Huecho, el “Zurdo González”, Manolo Aguilar, Rafael Aguiar “Acho”, “El Relámpago”, entre otros.

La sociedad católica de Santiago y sus gremios siguen siendo una tradición, aunque este barrio albergó a los liberales de este populoso lugar y de todo Mérida. Desde los albores del Siglo pasado, existieron dos Grandes Logias Masónicas del Rito Escocés Antiguo y Aceptado: “La Oriental” y la “Peninsular”, que se fundieron posteriormente para formar la Gran Logia Unida “La Oriental Peninsular” que en su inicio juzgaba a los Estados de Yucatán, Campeche, Quintana Roo y Belice. En la actualidad, trabajan bajo ese techo unas 5 o 6 Logias Simbólicas y una Filosófica, pero activa todos los días hábiles de la semana.

Mi memoria me lleva a evocar los primeros años de la década del 50, cuando parte del entretenimiento juvenil eran las bachatas que se organizaban en los domicilios particulares, con discos de pasta de 33 RPM, y un par de años después los de vinil de 45 RPM. Recuerdo que en el Parque nos sentamos en la balaustrada frente al atrio de la iglesia y decidimos hacer nuestra propia música. Creamos el “Son Carabalí” que dirigió el pianista Ángel Gorocica “El Goro”; Mario y Roger Velázquez, Luis López “El Chivo”, “Acha” (no recuerdo el nombre, pero trabajaba en el Oasis), José Celis, Wilberth Montañez “El Calamar” e Hiram García. La música también nos marcó la época con boleros, porros colombianos, guarachas y algo de son, con canciones como: Las Pilanderas, el Hombre Aparecido, Cocaleca, el Gallo Tuerto, Micaela, Santa Marta, San Fernando, la Múcura. Para abrazar a la pareja teníamos: Mucho Corazón, Solamente Una Vez, Amor, Prisionero del Mar, Tú y Yo, Bésame Mucho y otras más.

El parque de Santiago, lugar que cobijó nuestra juventud con música, baile y travesuras.

Cabe aclarar que mis recuerdos de Santiago no fueron por radicar en él, sino por mi relación familiar con mis primos Velázquez García y mi Tía Alicia García, que cada dos años cambiaba de casa, pero nunca de barrio. Pasaba los fines de semana en su casa, conviviendo no sólo con mis primos, sino con todos los vecinos como los ubicados en las esquinas de “La Honradez”, “El Imán”, “El Tecolote”, “El manguito”, “La Paloma”. Me es imposible saber cuántas otras, pues fue una constante en la vida de mis tíos cambiar de casa.

 En las referencias del libro sobre farmacias y médicos, deseo recordar a otro tío: el Dr. Marcelino Peniche “Macito”, médico de la Farmacia “El Oasis”; otro familiar fue el Dr. Luis Peniche Vallado que dirigió la Secundaria Agustín Vadillo.

Entre las familias que se quedaron en el tintero recuerdo a quienes traté: Ríos Meneses, Pinkus Meneses, Solís Cervantes, Barbosa Alonzo, Domínguez Rivero, Aguiar Ancona, Heredia Morales, Tenrreiro Cardeña, Ruz Navarrete, Peniche Claudón, Cortazar Navarrete, Chehuán Borge, Pavía González, y muchas más que desearían ser recordadas por el Lic. Escalante.

Para cerrar este recorrido en el tiempo de los años cincuenta, concluiré diciendo que en el año de 1906 llegó una familia de Tekit con Doña Juana Bautista Alonzo, que se estableció junto a lo que ahora es la Funeraria “Perches”, en ese entonces el hogar del Prócer Felipe Carrillo Puerto. Sus patios colindaban y esa señora se encargó de lavar y almidonar la ropa de la familia Carrillo. Doña Juanita –libro de Santiago Llanes– fue el tronco de la familia Alvarado Alonzo y, como el General Salvador Alvarado, vivió en la calle 59 con la que fue la primera Avenida Itzáes de Mérida. Podemos decir que Santiago también fue morada de dos grandes de nuestra historia yucateca. Existe la posibilidad de que algún Alvarado de los llegados del centro dieran la paternidad de la familia Alvarado Alonzo.

Si caminamos sobre la 59 A, todavía se encuentran dos o tres placas de nomenclatura de la ciudad que dicen: A Sisal.

Un libro escrito con pasión y limpieza de juicio, lleno de amenidad y remembranza de una época santiaguera que deberá estar para consulta en la Biblioteca de Apoyo al Estudio Histórico de Yucatán.

Feria en el barrio de Santiago, en los alrededores de la Iglesia de Santiago Apóstol.

Nota: Esta crónica la escribí hace 10 años. Muchos de los mencionados ahora ocupan un nuevo plano astral. El C.P. Luis Alvarado Alonzo y el Ing. Alfonso Hiram García Acosta, ambos con sus primeros 90 años a cuestas, seguimos enamorados de hacer cultura, dirigir el Diario del Sureste y continuar en las “Charlas de Café”.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.