Acicalado

By on noviembre 19, 2020

B.P.R.

El canto de los pájaros anunciaba la mañana.

No recordaba el último pensamiento antes de dormir. La boca me sabía a caño; era una sensación en el paladar que me recordaba a las cantinas del mercado. Lo único que quería era seguir durmiendo.

Llevaba dos días seguidos agarrando la jarra, había olvidado asearme. El escuadrón de la muerte había dado un buen golpe y me invitaron a su fiesta. La acidez en el estómago me levantó a regañadientes. La cabeza la tenía a reventar.

Recordé un comentario que escuché en el camión que tomaba hacia el trabajo. Un joven adulto, de aspecto formal y pasible, le decía a su colega: “¡No hay nada mejor que cure una cruda que un buen mañanero encima de tu mujer!”. Agregó algo sobre las sustancias que segregan el cerebro al tener un orgasmo y su efecto analgésico.

Bueno, yo tenía mi mano derecha y un internet algo decente. Metí la mano entre la ropa interior y comencé a darle cariño a aquello, bombeaba de arriba abajo, mientras mi mente se concentraba en alguna aventura, pero no funcionaba. Entré a una APP desde el Smartphone: era increíble el catálogo de imágenes, interminables fotos de señoritas mostrando sus buenos atributos, tetas y culos. Los tiempos de la “revista H” habían acabado; en la palma de mi mano tenia producto local y gratuito.

Siguió sin funcionar. Lo único que llamaba mi atención era la soga de la cual colgaba mi ropa.

Decidí ducharme y bajé del apartamento que rentaba.

—¿Crudo, Chucha? —preguntó don Olegario, con mirada seca y voz vieja.

—¿Se nota? —respondí.

—Dejaste las llaves pegadas a la cerradura de la entrada anoche —refunfuñó don Olegario.

—No volverá a pasar —contesté.

Aquel señor de cabello grisáceo, con la mirada ácida, tenía una convicción imponente: escondía una lágrima sonriente en su voz carrasposa. Era el casero del lugar. No tuve otra opción más que disculparme.

Tomé la calle por la esquina de la 50. Caminando hacia el paradero, tuve la ligera sensación de que me tambaleaba al caminar, esa sensación de vértigo debido a la resaca que te hace sentir como el espectador de lo que tus sentidos perciben.

La avenida estaba llena de locatarios, las hormigas salían a hacer sus compras matutinas. Todos los días era lo mismo; como si reiniciaran la mente de las personas antes de ir a dormir, como avatares que día a día solo cumplen órdenes. Tomé el primer camión con destino al Centro.

El transporte público es una odisea entre aromas de sudor y perfume barato; gente ebria y sucia, Godínez de buen aspecto y peinados relamidos, estudiantes, ancianos, y algún payaso que asaltaba la lástima de los pasajeros. Me senté en la parte trasera de aquel circo.

Los asientos lucían extraños; estaban separados por un paño de plástico en forma de arco, con dos extremos bífidos, uno que se sujetaba del techo y otro de la base metálica adherida al piso del camión, en la que mi extasiada cordura iba sentada. Por un momento recordé la cortina de los cuartos fríos de las carnicerías del supermercado, me sentí como un trozo más de carne. El camión no era más que el gancho de donde cuelga y se transporta el lomo de la vida.

Bajé del camión cerca del mercado y subí por la calle 65 hasta colindar con la 60. No había nada mejor que llegar al parque principal de la ciudad y sentarse en alguna de sus bancas rústicas. Los cuadros de la ciudad eran un chiste: unas cuadras más al norte, o unas cuadras más al sur, eran suficientes para sentirse en territorios distintos; lo único que tenían en común eran los indigentes: estaban por donde sea.

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La plaza de la ciudad de Mérida parecía el encuentro orgiástico de la cultura, el orgasmo vomitado del encuentro social. Árboles grandes y frondosos, acompañados de una buena cantidad de palomas, y cagadas, que se embelesan con un palacio de gobierno verde y pulcro, adjunto a un palacio municipal de paredes manchadas y un gran reloj rústico, la casa del colono de la ciudad convertida en banco y en museo, y una catedral bastante robusta, como un palacio dórico que refleja la devoción de un pueblo, además de ser el encuentro de moralidades e inmoralidades. Mucha gente conecta por ahí, personas de todo tipo. Por un lado, pasean los turistas, mientras el obrero enérgico se dirige hacia la friega, otros vagabundean, y un menor se acerca a venderle alguna rosa o artesanía a alguien.

Ahí estaba, sentado, disfrutando el paisaje y fumándome un cigarrillo. A lo lejos se acercaba Pepina.

—¿Tienes otro, viejo? —dijo Pepina viendo mi cigarro

Saqué la cajetilla, se la di.

—¿Cómo está el jale? —pregunté mientras le encendía el cigarro

—Ahí la llevo. Cada vez es más difícil engañar a la gente para que te compre algo; los gringos son los buenos, tienen los dólares. Al final, toma lo que puedas y no te arrepientas de nada, que el dinero solo estorba lo necesario.

—¿Tú cómo vas? —me dijo, mientras estiraba los brazos alrededor de la banca, tiraba la cabeza hacia atrás, y se ponía cómodo.

—Pues bien, supongo, no pienso en eso ahora.

—Creo que tan solo no quiero que acabe mi cabeza en la misma soga donde pongo a secar mi ropa.

—¡JA JA JA! ¡JA JA JA! —escupió Pepina mientras se llevaba las manos al estómago. Le costaba trabajo reincorporarse, cesaba y sonreía con los ojos llenos de lágrimas.

—Cada cabeza es un mundo; y la tuya ya cuelga sobre el pedestal de los suicidas. Pierde cuidado: aún no está en la soga de lavado —dijo.

Su sonrisa dejaba ver tres muelas de hueso y un canino de oro. Era lo único que tenía. Vendía artesanías, que conseguía de mano de obra barata, a los turistas. La lengua de serpiente que seduce el oído de los dólares era su segundo apodo.

—Payasos, mozos y trapecistas, eso somos —dijo cuando se levantó y se mezcló entre el gentío.

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Las personas caminaban con la gran elocuencia que su indiferencia les permitía. Daba lo mismo el enfermo con retraso mental tomado de la mano de una anciana, orando las mismas frases caritativas, que el bullicio en la puerta del palacio. Un guía de turistas explicaba a los extranjeros la historia de los edificios, paseándolos por ese gran museo llamado zócalo. Fotografías en las letras grandes y de colores, emblema de la ciudad, para luego subirlas a un centro de aprobación digital. Todos estábamos igual de felices que nuestras mentiras. Era un clima superfluo y nauseabundo. Me dirigí al bar más cercano.

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“El Mictlán” era un lugar algo decente. Ofrecía a los conocedores cerveza obscura y de barril que podías acompañar con una buena botana. Un tipo tocando el saxofón desde el escenario hacía que a través del cuchicheo de las mesas asomara la naturaleza de las sonrisas. Caras, ojos, labios, y carcajadas viviendo a través de una pantalla. Fotos y videos guardados en una memoria artificial. Estaba claro que nadie recordaría por cuenta propia la eternidad del ambiente en la melodía del momento. Nadie tenía fondo.

—Te lleno el tarro —dijo el cantinero, como si lo sugiriera.

—Hasta que rebose —contesté.

La jaqueca se iba disipando junto a cada gota que empañaba al tarro frío. Sentí que mi presencia era como la de un florero en una oficina, uno de esos indigentes en el zócalo: siempre pasaba desapercibido. Las mujeres eran guapas, pero no me atrevía a hablarles. Dudé si un diálogo prefabricado valía la pena para llevarlas a la cama. La mayoría hablaba de banalidades tontas para ruborizar sus mejillas, al igual que casi todas las personas.

Pasar desapercibido me sentaba bien.

Tomé el tarro por el culo, le di hasta el fondo y me largué.

Había sido un día demasiado estruendoso. Decidí caminar a casa.

La calle se hacía larga, la luna estaba puesta.

Pensaba en la soga de lavado en la que colgaba mi ropa.

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