A la Abuela

By on enero 10, 2019

Abuela_1

Aída López

Algo adorable en ella era verla desenredar sus trenzas que alcanzaban a tocar su cintura.

Sentada frente al espejo, con sus dedos iba separando sus cabellos. Era el ritual nocturno desde la muerte del abuelo.

Cuando lograba soltarlo por completo, comenzaba a peinarlo; lo hacía cien veces. Ella decía que ese era el secreto para llegar a los setenta y dos años con una cabellera espesa y una que otra cana.

Por si algún parásito intentaba hacer nido, usaba peine de marfil y agua de rosas para hidratarlo. Aseguraba que dos trenzas bastaban para abrazar un sueño.

A la semana de la muerte de la abuela, mamá me entregó una caja alargada de cartón. Adentro estaban cuidadosamente acomodadas las trenzas, como recién hechas. Mi abuela pidió que se las cortaran y me las dieran.

Han pasado más de treinta años…

A veces en las noches creo escuchar el chasquido del peine de marfil, y siento el olor a agua de rosas.

Entonces saco las trenzas y las deshago para dejar libre el espíritu de la abuela.

Siento su mirada desde el espejo cuando quiere que la devuelva a sus trenzas.

Es así como como comienzo a tejer sus cabellos y sus sueños hasta el amanecer, mientras el Claro de Luna de Debussy acompasa mis manos y el aroma a rosas escapa por la ventana.

Déjenos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.