Y nunca de su corazón (V)

By on enero 17, 2019

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EL MILAGRO

“Y entonces vinieron los dioses Escarabajos, los deshonestos, los que metieron el pecado entre nosotros, los que eran el lodo de la Tierra”

(Del “LIBRO DEL CHILAM BALAM DE CHUMAYEL)

Marijosefa se arrimó a su marido. Se embarró al hombre, adosándose a él y fue subiendo, chaparrita, empinándose sobre la punta de los pies, reptante hacia arriba, hasta llegarle con la boca a la oreja, como lo hacía cuando trataba de decirle algo importante.

–Tránsito, mi Tran, no quisiera decírtelo porque quién sabe si sea. Pero si es, es un milagro del santo.

–¿Milagro, Marijosefa? A no ser que ya hubieras encargado, mujer.

–Eso es lo que quiero decirte, Tran. Parece pero… ¿y si no es? ¿Tú que piensas, mi bien? Debía haberme venido hace quince días y no me ha venido. ¿Será que al fin? ¿Será?

Y recomenzó su movimiento reptante, esta vez haca abajo, resbalando adosada al costado de su marido, hasta quedar en su talla, acurrucada bajo el sobaco del hombre, en espera del consabido arrumaco.

La escena no era nueva. Una sospecha más. Una nueva esperanza. Tránsito inclinó la cabeza para mirar a su esposa, acobijada bajo su axila; la enlazó por el talle con ambos brazos y se quedó viéndola, con la boca abierta, en un inminente ¡ah! que se deshizo en un beso aspirado, ruidoso, silbante, sobre el cabello de su mujer.

–No hay que ilusionarse otra vez, así como así. A lo mejor es sólo un retraso.

Los ojos de Tránsito iban del vientre de su mujer a la campana de vidrio bajo la cual estaba el de los frustrados milagros, el del presunto milagro de ahora: el santo. Un San Isidro de bulto con detonantes rubores en las mejillas y resplandor de esmalte en las carnes sonrosadas y en la vestimenta en rojos y azules, con orlas y vivos dorados, como es común en la indumentaria de los santos. El San Isidro se apoyaba en su cayado, en actitud de dar un paso trabajosamente. Del hombro le colgaba un pequeño morral de henequén, abultado de exvotos y “promesas”, tejido con primor por la mano de Marijosefa.

Abrazados, marido y mujer caminaron hacia la imagen lentamente, con isócronos pasos ya otras veces ensayados en circunstancias parecidas. Tránsito llevaba entre sus brazos aquella cosa para él, otra vez, desde ahora, más frágil; con algo quizá inefable adentro, doblemente frágil, producto del milagro.

La pareja, ahora inmóvil, contemplaba la estatuilla del santo labrador y los labios de ambos, marido y mujer, se movieron en una plegaria de esperanza. Larga en verdad había sido la de aquel matrimonio, el de Tránsito Cortés, casado en segundas nupcias con María Josefa Esperón. La primera esposa, difunta, no le dio descendencia a Tránsito. Y ésta, Marijosefa, la segunda, después de siete años estériles, le salía, otra vez, con la sospechaba del “milagro”, la tercera desde que habían adquirido al bienaventurado.

–¿Verdad que mejor esperamos, Tran?

–Como quieras, linda, como quieras. Mejor esperamos, mi bien.

Los ojos de Tránsito permanecían fijos en San Isidro Labrador. Alguna relación tendría que haber entre el suceso –caso de ser cierta esta vez (¡quince días de retraso!) la sospecha de Marijosefa– y la devoción que los cónyuges sentían por el Santo Labriego. No fue en vano, entonces, el sacrificio de adquirirlo –porque cuando eso aún no eran ricos–, ni el de cuidarlo como cara reliquia bajo el capelo de fino cristal francés, ni los novenarios que Marijosefa le hacía al que ahora contemplaban como presunto intercesor ante Dios.

–¿Lo ves? ¡Qué tal si no le hacemos caso a tu compadre don Isidro! Y tú que no querías, que no tenías fe.

El marido la apretó más fuertemente entre sus obesos brazos, en señal de asentimiento pero fugazmente porque, asustado –¡quién quita que ahora sí! – con temor de su rudeza, la dejó libre, para darle otro beso más chupado y sonoro que el de antes, sobre el cabello.

–Tu “fuistes” el que no quería buscar el santo para comprármelo, continuó la mujer.

–Sí, y pues, yo fui. ¡Pero es que era muy difícil! No había de bulto como lo querías. ¿Te acuerdas?

Y se pusieron a reconstruir sus recuerdos. Lo buscaron largos meses, inútilmente. Tenía que ser de bulto. No valía –dijo el compadre don Isidro– que fuera una lámina de esas comunes y corrientes. Una simple litografía. Tendría que ser de bulto.

Y para obtenerlo así, Tránsito hizo viaje a Mérida. ¡Nada! Lo encargó a México a uno de esos viajantes que llevan y traen cosas: un “exprés”. Nada tampoco. El mensajero le informó que en su próximo viaje pasaría por Puebla y que, en caso de no hallarlo de bulto, lo mandaría tallar con un imaginero de la propia ciudad. Mientras tanto, le había traído un San Isidro en relieve, enmarcado, lo cual era posible que llenara los deseos –ya para entonces una obsesión– de doña Josefa, más ni a medias quedó satisfecha la señora. No obstante, lo hizo bendecir y lo instaló en su dormitorio.

–¿Te acuerdas, Tran? Tú no tenías fe. Fue cuando empezamos a mejorar. No lo olvides. Ese fue el primer milagro que nos hizo San Isidro. ¡Y eso que no era de bulto! ¿No te acuerdas de que al principio teníamos vergüenza de que nos viera hacer nuestra lucha para tener un hijo?

–¡Cómo que si me acuerdo! Era cuando decías eso de a Dios rogando y con el mazo dando–rieron los dos con una risa pudorosa al recrear la visión de sus amores frente a la imagen. Después Tránsito añadió:

–Sí, Marijosefa. ¡Pero tú hiciste muy mal en contárselo a todo el mundo!

–¿Eso? ¿Contarlo yo? ¡Qué te imaginas, Tran!

–No eso, linda. Eso no. Lo de que habíamos comenzado a mejorar te digo.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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