Y aún nos siguen saqueando…

By on noviembre 17, 2017

Editorial

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Es una constante histórica que los enfrentamientos entre grupos humanos repartidos en los distintos continentes han tenido como uno de sus principales objetivos el sometimiento de los vencidos, su explotación como fuerza de trabajo, el despojo de sus bienes, y el establecimiento de situaciones y condiciones penosas para los vencidos, sujetos al abuso, los ultrajes, las torturas, la esclavitud e incluso la muerte por medios salvajes como la lapidación, el degüello o la mutilación paulatina, los latigazos y empalamientos, la hoguera, etc. Quedaba entendido que la pretensión era la anulación o desaparición de los contrarios, despojarlos de sus bienes, espacios, mujeres y riquezas acumuladas.

Europa, Asia, África y Oceanía, no fueron excepciones de estas costumbres bestiales del predominio absoluto del más fuerte.

América era, hasta la llegada de los conquistadores viajeros castellanos, una tierra donde los espacios aún se compartían, y diversas culturas se asentaban en territorios firmes, donde se daban enfrentamientos desde luego, pero eran por deseos de prevalencia territorial de sus culturas y modos de vida, con sus estructuras sociales, dioses diversos y formas de vivir avanzadas.

Pero fueron llegando más españoles: Unos con apetitos territoriales, y los más en busca de piedras preciosas, oro y plata, productos que no eran esenciales para la vida de las comunidades indígenas, abocadas a producir en sus territorios, o utilizar los bienes de la naturaleza, con gratitud a sus dioses, a los cuales enaltecían. Tenían lenguajes propios, sabían leer, escribir y dibujar, estudiaron por miles de años el firmamento y aprovecharon las experiencias acumuladas, no sin sobresaltos y pugnas eventuales, pero sabiendo cómo vivir, alimentarse, curarse, procrear en el medio en que habitaban.

Sin ser una vida perfecta, su sencillez no incluye el ansia de despojar a nadie cuando su alimentación era producto de su propio trabajo, al igual que su vivienda y supervivencia. Así se formaron tradiciones y costumbres. Pero llegaron los aventureros españoles en busca de riquezas, y tras ellos los bucaneros, piratas y corsarios, para despojar a los despojadores, quitárselos a ellos y los gobiernos interesados en explotar, además de la fuerza de trabajo nativa, las riquezas que podían extraer de los territorios ocupados, usando la explotación de la mano de obra cautiva, cuando la esclavitud se impuso como comercio lucrativo, en un exceso censurable.

Se abusó de los abusos y de la sobreexplotación, y por ello surgen movimientos reivindicadores, e independencias parciales que los ya enquistados invasores simulan aceptar, con tal de continuar sangrando territorios y exprimiendo a bajo costo la mano de obra local.

Y eso, que es historia, continúa siendo una realidad lacerante.

Países extranjeros y sus consorcios se llevan el petróleo que “es nuestro”. En el mar, y ahora sobre los espacios territoriales, utilizan técnicas como el “fracking” para extraerlo, usando grandes explosiones subterráneas, en un país asentado sobre placas tectónicas peligrosas. Nuestros mares son espacios abiertos a la pesca extranjera. Las salinas proveen las mesas foráneas e industrias extranjeras. Nuestra mano de obra continúa en explotación continua. Cuando se pudo lograr la formación de agrupaciones sindicales, se estaba abriendo espacio para nuevos caciques que viven ahora de los representados del campo y las ciudades.

El empresariado tranquiliza su conciencia creando a diario asociaciones benéficas para paliar la dolorosa situación de enfermos, clases marginadas, pobres en situación extrema, desahuciados en fase terminal.

También para atender la infancia desvalida, las señoras esposas de los magnates se fotografían en sus reuniones fastuosas luciendo galas importadas o alhajas millonarias, con el fin de aparecer en las páginas de colores del periodismo que vive de las famas efímeras en lo social y lo político. Las opiniones, comentarios, elogios y críticas moderadas tienen precio en el creciente mercado de la infamia, escrita o televisada. Ni mencionar salarios dignos y horarios de trabajo y prestaciones decorosas. Para nada…

Ese es, en resumen, el sistema vigente, donde la cereza del pastel son los políticos amátridas que llevan el producto de sus saqueos a los paraísos extranjeros establecidos para este tipo de fondos y depositantes.

¡Qué equivocado andaba aquel presidente de la República que, al descubrir los manipuleos bancarios de una élite, pronunció su frase: “YA NOS SAQUEARON, NO NOS VOLVERÁN A SAQUEAR”!

La única verdad, incontrovertible, es que al ciudadano mexicano lo siguen saqueando, como destino manifiesto de los saqueadores modernos, que siempre hallan formas nuevas para vivir a expensas de los humildes y sobreexplotados, que son sufridos hermanos nuestros.

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