Y Ahí Se Mojaban Los Pulmones

By on diciembre 1, 2017

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II

Hace días que no secan mis pantalones, que el viento chifla entre las ventanas y que deseo ir al borbotón dulce en el ojo marino.

Abuelo dice con suavidad que no me desespere. Desde aquí oigo el golpeteo de la lluvia en la vencida lámina; el agua danza como niña exigente y furiosa, y Abuelo me habla igual que lo hiciera cuando “Gilberto” y “Roxana”, pero sus palabras esta vez caen como alfileres en el encierro.

Viene el recuerdo de Arturo: desaparecido. El año pasado quiso comprobar de qué manera sobrevivían los flamingos a los huracanes. Antes de irse, dijo que en junio no llueve; pero, según esto, el agua llega cuando quiere. Ayer su fuerza inclinó el faro y yo, desde entonces, tengo miedo; miedo por el primo Jorge que se quedó en la Isla, por mi padre que no logró salir de la Plataforma, y por Abuelo que habla sobre la mesa para que lo escuche.

Lo oigo tan cansado. Él también tiene miedo, no sabe si el ropero podrá aguantarme más tiempo, ni cómo detener el golpe de la lluvia en mis oídos, ni mi llanto, ni mis gritos porque regresen a buscarnos…

–La flor brota entre los caracoles de tus manos, mi niño: los fantasmas se quedan entre los manglares pétreos. Mañana verás que escucharemos al cenzontle imitando a los cardenales… 

Melba Alfaro

Próxima semana: “En diminutivo”

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