Xcuclín

By on octubre 12, 2017

Compilacion_2

XXXIII

 

AUTOR:

JOSÉ JESÚS SÁNCHEZ MEDRANO

MUNICIPIO:

BUCTZOTZ, YUCATÁN

XCUCLÍN

“Hijo, en mi próximo viaje a Xcuclín te voy a llevar conmigo” – me dijo mi abuelo Don Jesús Sánchez Lizama esa tarde invernal de fines del año de 1954. Nos encontrábamos en el paraje Yohdzonot, en su casona colonial del siglo XVI, o principios del XVII, construida por los franciscanos. En ese lugar criaba él un número regular de bovinos.

Esa fue la mejor noticia que recibí ese año. Recién cumplidos los diez años de edad, la única vida que conocía era la del campo, siempre relacionada con caballos, vacas y labores agrícolas. Para todo muchacho de nuestro aislado pueblo significaba una aventura adentrarse en esa región inhóspita, situada al oriente de Buctzotz, nuestro pueblo, de donde habíamos escuchado relatos de enormes tigres que podían comerse a un ser humano y que diezmaban el ganado que habitaba en los pocos ranchos que en ese tiempo ahí existían.

Xcuclín, estancia agrícola y ganadera, propiedad de mi abuelo en aquel entonces, se ubica a diez leguas –cuarenta kilómetros– de la que en ese tiempo era nuestra pequeña comunidad, al oriente de ésta, por el rumbo de Yalsihón.  En aquellos tiempos se decía que estaba en la “montaña”, llamada así por lo alto y tupido del monte.

Como es lógico, teníamos que hacer el viaje a lomo de bestia, por la distancia y lo escabroso del camino. Un problema teníamos que resolver: mis piernas resultaban cortas para los estribos de las monturas normales, esto, en recorridos no muy largos se podía pasar por alto, mas no en un viaje que durara de ocho a diez horas.

–“Consigue un fuste no muy grande y hacemos una montura a tu medida” –me dijo.

Afortunadamente obtuve uno adecuado y se lo llevé a Yohdzonot, a donde diariamente acudía desde el mediodía a ayudarlo en el manejo del ganado. Él, hábil talabartero, contaba con una gran cantidad de cuero curtido de bovino y de venado, y de las herramientas necesarias, pues confeccionaba prendas y artículos de piel y sosquil. Dominaba también el arte del corchado de la fibra.

Recuerdo esa época como una de las mejores de mi vida. Mientras hacíamos nuestra labor de talabartería, a través de la enorme ventana de la planta alta del vetusto edificio, que miraba al norte, donde estaban los corrales, veíamos al ganado que apacible rumiaba su alimento. El ambiente y los sonidos rezumaban sosiego y armonía.

Mi abuelo trazaba y realizaba los cortes, y yo con una lima metálica me encargaba de adornar los arreos. Lo hacía de la siguiente manera: pegaba en el cuero la parte superior de la lima que remataba en un pequeño triángulo equilátero, y en el otro extremo la golpeaba despacio con un martillo. Así se grababa o imprimía el triángulo en la superficie del cuero. Cuatro triángulos formaban un trébol; después de finalizar una o más líneas de tréboles teníamos una pieza vistosamente ornada. Por fin, después de varios días de paciente labor, terminamos nuestra obra. Ahora solo nos quedaba esperar con impaciencia el soñado viaje.

Y este se dio en enero de 1955. Desde la una de esa fría madrugada iniciamos los preparativos. Mi abuelo iría en el “Castaño”, un robusto capón, y yo montaría a un joven potrillo del mismo pelaje al que mi hermano le puso el nombre de “Hércules”, en honor al semi dios de la mitología romana. Nuestro equipaje lo conformaban una hamaca, un cobertor y algunas mudas de ropa para cada uno, así como galletas, café, azúcar, sal, tortillas, frijol molido deshidratado, y carne de res salada y seca.

Entre las dos y las tres de esa mañana emprendimos la marcha. En la plaza del pueblo ya se notaba cierta actividad. Los operarios de las “guaguas” que daban el servicio de pasaje entre Buctzotz y Temax ya alistaban sus unidades. En esta última población, situada a 17 kilómetros, pasaba el tren que venía de Tizimín y Espita y continuaba para Mérida. Para alcanzar al coloso de hierro tenían que salir de Buctzotz muy temprano, aún noche.

Por fin nos encontramos ya en las afueras de la población. La penumbra nos envolvía con su manto y, ante la poca visibilidad, teníamos que confiar en los caballos. El suave aleteo del pájaro pu’ujuy y a veces el graznido de un ave agorera rompían el silencio, al igual que el eco de los cascos recién herrados al aporrear las pulidas y resbaladizas lajas, que provocaban uno que otro traspiés, por lo que había que sujetar con firmeza las bridas de los corceles. Así continuamos, al paso y al trote, mas no al galope, para no cansar a nuestras cabalgaduras.

Cuando los tímidos fulgores dorados besaron las copas de los árboles impregnadas del rocío mañanero, los plumados habitantes iniciaron la algarabía saludando con sus trinos el alborear de un nuevo día, y entonces el monte cobró vida. En las aguadas, las “parlanchinas” chachalacas con su habitual escandalera alegraban el ambiente, y en lontananza el melancólico mugido de vacas se unía en ocasiones al concierto.

Ya bien entrada la mañana paramos a desayunar en un hermoso cenote rodeado de alta, frondosa arboleda y exuberante vegetación. Estábamos en el umbral de la “montaña”. Ese fue un día esplendoroso e increíble. Después de estirar las piernas y darles de beber a los caballos, reiniciamos nuestro viaje.

Poco después nos topamos con manadas de monos y de pizotes2 que cruzaban el camino; para mi decepción, no vimos ningún tigre3. Por cierto, mi abuelo llevaba asegurada a su silla de montar su escopeta de dos cañones, calibre doce milímetros. Grandes árboles nos flanqueaban, y al filtrarse entre la frondosidad de los áureos destellos formaban figuras caprichosas y nos provocaban un calorcillo reconfortante. Estimulaban también la secreción sudorípara de las nobles bestias, y sus empapados lomos despedían un leve olor acre que invadía nuestro olfato.

No puedo precisar el momento de nuestra llegada al rancho, creo que se habrá dado entre las once y las doce del día, ya que no portábamos reloj y calculábamos la hora en relación a la posición del sol. Nos recibió el encargado, Sr. Don Pascual Castillo, hombre robusto y amable, quien estaba acompañado por sus dos hijos adolescentes. Ellos pasaban temporadas muy largas sin bajar al pueblo, y cuando lo hacían se abastecían de gran cantidad de víveres, así como de artículos de labranza, prendas de vestir, municiones, pólvora, cartuchos para sus rifles, carburo para sus lámparas de cacería, y tabaco, que después de masticarlo les servía de repelente contra las garrapatas; en fin, de todo lo que pudieran necesitar en su larga estadía en la “montaña”.

En Xcuclín contaban con suficiente alimento, pues criaban pavos, gallinas y cerdos, además en esos tiempos abundaban en esa región los venados, pavos de monte, tepezcuintles, que en esta tierra llaman jaleb, y jabalíes, entre otra fauna. La milpa era también gran proveedora de nutrientes. El maíz, el frijol, los huevos de las aves que criaban y los cárnicos constituían la base de su alimentación. Para conservar la carne la salaban y ponían a secar al sol durante varios días; ya deshidratada, la guardaban en recipientes herméticos, por lo común, latas de galletas. Quedaba tan suave que se podía comer sin cocerla, sin embargo, se recomendaba hacerlo por los agentes patógenos (bacterias) o “microbios”, como les decían, que seguramente se les habría adherido durante el tiempo que estuvo expuesta a la intemperie.

La acogedora y espaciosa casa de paja con sus paredes de bajareque y embarro, un lebrillo4 y un banquillo. En la cocina anexa, en medio, se encontraba un fogón de tres piedras, con su tripié de palos, con gancho en su parte alta que servía para colgar las ollas sobre la candela mientras se cocían las viandas, y su banqueta. Por las noches, al amparo del calor de fuego, bebíamos el aromático café de olla, acompañado de algunas galletas o tostadas, a la luz de una vela incrustada en el k’oos5, útil candelero de madera rústica de una pieza, de poco más de un metro de altura y de pies curvos; en su vértice sobresalía un palo de pocos centímetros, en cuyo remate tenían un agujero donde se metía la base de la vela.

Muy temprano, oscuro todavía, iniciábamos las actividades, que consistían en hacer recorridos de inspección por la extensa heredad, o ir por el ganado que en ese tiempo, en su mayoría, andaba suelto por el monte; en los corrales, delimitados por albarradas, nuestras labores eran curar al ganado llagado, algunos ya con gusanera en sus heridas. Se hacía de la siguiente manera: se buscaba el excremento seco de los caballos, se machacaba con las manos y se le agregaba creolina; con esta mezcla se taponeaba la herida del animal y, santo remedio, morían los gusanos.

Contra la garrapata, con un trapo se les untaba en el cuerpo a los bovinos petróleo diáfano o “gas morado” mezclado con grasa mineral (lubricante). Con esta medida moría el parásito. Otra ocupación muy importante era herrar al ganado que carecía de marca, es decir, marcarlo en sus ancas con un hierro candente con las letras JS, iniciales del nombre de mi abuelo, y en la espalda se les ponía el número y el bozal, que era el distintivo del rancho.

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2.- Pizote: tejón, coatí.

3.- Jaguar, mamífero félido de gran tamaño, es el felino más grande de América. Puede alcanzar los dos metros y medio de largo, incluyendo la cola y pesar hasta 115 kilos. Es común en esta región confundirlo con el tigre, el cual es más grande y no habita en América. Chac Mo’ol es su nombre en maya, lo deificaban nuestros antepasados autóctonos. También se le conoce en esta tierra como “balam

4.- Lebrillo: Especie de batea de madera pequeña, de una sola pieza. Se usaba como recipiente de agua para baño, y también para dar de beber a los animales.

5.- K’oos: Palabra maya que significaba criado, mozo, sirviente.

Continuará la próxima semana…

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