Vendí mi yegua y… me fui a una nueva vida

By on junio 15, 2017

Vivencias Ejemplares. Apuntes de un Maestro Rural.

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XXXIII

 Vendí mi yegua y… me fui a una nueva vida

Mis amigos la fueron a ver.

– “Mire, Profe. Cuatro dedos del casco al tobillo. Esta va a ser una campeona,” dijo don Aurelio Domínguez. Todos compartían mi felicidad.

Cuando íbamos al agua, y a que comieran pastito, y la yegüita se alejaba un poco retozando, la Acerina la llamaba represiva: “Mmm, mj, mj, mj,mj.”

Y la Primavera –así le puse– corría a meterse entre sus patas.

El pasto comenzó a escasear, y por ahí de mayo me dieron la terrible noticia:

– “Profe: la seca está muy dura y ya no hay tasole. Ya todos estamos llevando el ganado al agostadero. ¿Qué va a hacer?”

Imposible volverla a llevar: hubiera sido volver a empezar y terminar ya no con una, sino con dos yeguas salvajes.

Ni modos: escribí una notita a mi compadre Hilario Martínez a El Ahijadero, y a la vuelta del camión me contestó que se la llevara.

¿Podría alguien imaginarse mi tristeza?

Fui a buscar a Pascual del Real para pedirle que me prestara a su precioso “güero” para llevar a la Acerina a El Ahijadero.

– “Aah, profe, qué caray. Pos claro que se lo doy, pero qué lástima ¿no?”

Y el sábado siguiente, antes del amanecer, partimos.

Siguiendo la ruta del camión de Simón Zamarripa, pero bordeando los poblados para evitar perros y curiosos, y siempre con el cerro de La Daga como mi faro, llegamos a la casa de mi compadre. Verlo, como a su familia, después de casi dos años, fue una alegría inmensa. Naturalmente, conversamos ampliamente.

Algunas horas después, antes de que oscureciera, me despedí. Lazaron al “güero” y lo sacaron del corral. Al estarle poniendo la silla, de pronto oímos el grito de mi comadre: “Marcos, ¡cuidado!”

Apenas estuvimos a tiempo para hacernos a un lado –a mí me empujó el enorme brazo de mi compadre – pues cayó entre nosotros la Acerina que, sin espacio para tomar vuelo, había saltado la alta verja del corral y se apretó contra el “güero”.

Lástima que no tuve una cámara fotográfica para captar el estupor de los presentes: no podían dar crédito a lo que vieron. Los volvieron a lazar y a meter al corral; amarraron a la Acerina y sacaron de nuevo al “güero”, lo ensillaron y emprendí el regreso sin voltear hacia mis tesoros a los que jamás volví a ver.

Pronto recibí un recado de mi compadre en el que me informaba que la Primavera había sido mordida por una serpiente y había muerto…

Mientras viva seguiré llorando por ellas. Y por no haberme quedado para siempre con mis amigos, los campesinos zacatecanos, pues entre ellos viví los días más felices de mi vida.

Por cierto, un día me encontré con Raymundo Cárdenas, senador por el PRD a quien no conocí en Zacatecas, y me dijo: “¡Juan Alberto Bermejo, hijo adoptivo de Zacatecas!”

No sabe cuánto le agradecí tan hermosa flor.

Raúl, debo terminar.

Ya no tuve tiempo para platicar sobre tantos hechos de mi vida como maestro rural.

A algunos artículos los hubiera titulado: ATENDIENDO UNA PARTURIENTA, CONSEJO A UN NOVIO, MI DOLOROSA DESPEDIDA, etc.

Y es que, a finales de junio, el inspector Lozano Ceniceros me dijo que quería darme mi cambio a la ciudad.

Llegar a Fresnillo era el sueño de todos los maestros rurales y a mí me lo ofrecían.

Acepté.

A un amigo yucateco de nombre Herbé Lizama le vendí mi yegua, que era lo único que tenía de valor, y me fui a una nueva vida. Pobre de mí: ya nunca más volvería a dormir mis noches completas.

Pero no pienses mal: en realidad, fui recibido bien y tuve alumnos inolvidables como Gerardo Santamaría, Javier Pérez Nungaray, Ignacia Pasillas, Esther Barba, María Luisa Medina, etc., etc., y ni hablar de amigos maestros como Gloria Barbosa. Fue solo que la vida me llevó a enfrentar al poder público y…

Yo pensaba que la revista –VOCES Y LETRAS– sería eterna, y realmente mi vida como maestro rural era solo la introducción de una historia en la que un iluso y bien intencionado joven maestro se convierte en un luchador social, que vio incluso caer a hermanos de lucha ante la persecución priista, calumniados como guerrilleros y otras mentiras.

Cuando menos, con los más de treinta artículos que logré escribir, rindo homenaje emocionado al pueblo zacatecano, sobre todo a los campesinos, entre los cuales me hubiera gustado morir.

Hubiera querido platicar cómo un día aquel maestro llamado Antonio Mireles Avalor, a quien mencioné en varios artículos, se convirtió en mi aliado en la lucha grandiosa contra el cacique estatal Valente Lozano Ceniceros; sobre mi encuentro con los columnistas José Dolores López Domínguez, –legendario revolucionario zacatecano–, Emilio Alcalá, J. Encarnación Castro –otra leyenda–, Isidoro Acosta y otros; sobre mi encuentro con Ramón Danzós Palomino y Othón Salazar, el economista Sergio Corichi –quien fuera esposo de la hoy gobernadora de Zacatecas, Amalia García–, y más.

Pero, ni modos.

Con un abrazo y mis mejores deseos para tu futuro y el de tu linda familia.

Juan Alberto

 

FIN

MTRO. JUAN ALBERTO BERMEJO SUASTE

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